Negativo original — Jesús Ferrero

En uno de sus poemas, dice así: ‘Prefiero no saber/ qué sentido tienen/ esos jardines en mi mente’. ¿Pueden el miedo, lo desconocido, tocarnos? ¿Pueden enmarañarnos la mente como jardines descuidados, que todo sentido han perdido y nosotros con ellos? En su última narración, Jesús Ferrero (Zamora, 1952), averigua los límites de esa irresolución, que llevada lejos no produce más que caos. Las abismales, ganadora del último Premio Café Gijón de Novela, es una novela donde se siente el calor, de los cuerpos, de la ciudad trémula bajo la tormenta, del galope que no sabemos si nos arrollará o saltará sobre nuestras cabezas. La realidad contada como un mito.

 

Las palabras

 

—Jesús, ¿cuál fue la idea, la obsesión, que te ayudó a sacar del abismo esta novela?

Bueno, en principio me había planteado hacer una narración sobre esa idea con la que Canetti empieza Masa y poder: ‘Nada teme más el hombre que ser tocado por lo desconocido’. Pero, partiendo del hecho de que yo dudaba que esa reflexión fuese acertada, siempre dudé de la verdad de esa afirmación, y lo digo en mi ensayo Las experiencias del deseo. Eros y Misos, porque tan importante como el miedo a lo desconocido es el miedo a lo que ya conocemos, a lo que está consignado por la Historia. Y repetir cualquiera de las atrocidades consignadas por la Historia me parecería tan terrorífico como, de pronto, sentirte tocado por lo desconocido o sentirte bajo la influencia de algo desconocido.

Parto además del hecho de que el hombre se está continuamente enfrentando a situaciones desconocidas; si no a seres, a situaciones desconocidas. Por ejemplo, ahora mismo, la humanidad se está enfrentando a la era digital y a todo el dolor cultural que ello implica. Ya decía McLuhan que toda nueva experiencia de la cultura produce mucho dolor cultural. ¿Por qué? Porque las cosas desaparecen, y llegan otras que no tenemos claro y provocan mucha incertidumbre. Eso se nota. Está sucumbiendo la galaxia Gutenberg: los escritores están sufriendo, los editores exactamente igual, la prensa… Todo lo que dependía del papel impreso está sufriendo. Y otros, en cambio, están ganando. Están modificando nuestras costumbres sexuales, la pareja humana, etc., etc. Enfrentarse a lo desconocido no es tan inhabitual. Y era jugar con ambos conceptos, pero pensando que no iba hacer, para nada, una novela filosófica. No. Una novela plenamente narrativa, un tejido de emociones que trasladara, en la misma acción, estas ideas.

—Desde hace un tiempo, tu producción literaria venía mostrando tu personal interés o visión de la novela negra. ¿Estaba agotándose y Las abismales ha supuesto otra vuelta de tuerca, o es una línea ajena a la que llevabas?

No, no. Yo creo que todas mis novelas están mucho más vinculadas de lo que dice la crítica, básicamente porque todas tienen la unidad de mi estilo. Y el estilo en un autor lo es todo. La cadencia, la forma de adjetivar, la forma de configurar la realidad. Y eso da igual que sea en una novela negra o de anticipación o plenamente realista. Da igual. El estilo, la cadencia, van a ser siempre el mismo, o muy parecidos.

No, con lo de Ágata Blanc es simplemente que son novelas que las distancio mucho en el tiempo, y ahora no me apetecía regresar a ese personaje. No lo veo agotado pero sólo acudo a él cuando me llama, y en este momento me apetece más explorar otras dimensiones de la narración. No sólo la dimensión de lo extraño, como ya he dicho a veces, sino también ese tipo de narraciones en las que cabrían perfectamente dos lecturas diferentes que podrían convivir y que si se juntan en el mismo lector crearían una impresión enormemente resbaladiza. Y ahora me dirás ‘Las abismales puede tener dos lecturas’… Puede tener cuatro o cinco, pero fundamentalmente dos, y además, opuestas. Y el tejido textual está configurado ya para que eso sea posible.

—Es un libro eminentemente madrileño. ¿Tenías claro, percibías, que al ser de índole coral, los espacios también debían multiplicarse para dar pábulo a las voces de los protagonistas?

Sí, sí, por supuesto. Desde que me fui a vivir a la sierra, percibí que el tejido urbano no acababa nunca, y que si te planteabas una novela en Madrid, y esto ya me ocurre desde hace tiempo, tenías que tener en cuenta ese tejido de gran amplitud. Que ya no servía una novela sobre la Gran Vía, donde ya no vive nadie, o sobre la Milla de Oro o el Madrid de los Austrias. En la época de Baroja, incluso en el periodo de posguerra, igual bastaba con ese Madrid perfectamente configurado, pero ahora ha estallado. En ese sentido yo siempre procuro dar también voz a personajes que están totalmente vinculados con la capital pero que no viven en ella. O sea, dar plena presencia a todas esas periferias, que además enriquecen muchísimo más el espacio y dan la idea de lo que es ahora una ciudad.

Ahora mismo, hay ciudades como Pekín y Shanghái, que sencillamente no acaban nunca. Te invitan a un restaurante y tienes que recorrer cuarenta kilómetros, ¡pero cuarenta kilómetros de denso tejido urbano, eh! En Madrid no digo que sea eso, pero se llegará sin la menor duda.

—Son muy poderosos los parques, los jardines. Como en aquella frase de Djuna Barnes, y teniendo en cuenta el miedo irracional que se va extendiendo  en la historia, ¿son lugares en los que poder elevar nuestros pensamientos gracias a la altura del lugar?

Sí y no. Creo que cualquier lugar es bueno para el pensamiento, hasta los no-lugares. A mí a veces en gasolineras y en aparcamientos se me han ocurrido grandes ideas, justamente por lo hostil y lo inhóspito del lugar. Eso me provocaba pensamientos interesantes. La búsqueda de los parques es, más que nada, por la dimensión de bosque que adquieren sobre todo por la noche. Necesitaba para parte de la historia la Casa de Campo, y para eso tenía que buscar que algún personaje viviese en Somosaguas. Todo esto eran necesidades geográficas para la novela, pero tampoco quería un espacio propicio para el miedo o el terror, porque tenía que crear una atmósfera donde cualquier lugar de la ciudad lo fuese para sentir miedo.

—Para mí, la novela está cargada de grandes simbolismos, referencias a nuestro tiempo, algunos muy claros. El personaje de Serafina, esa suerte de oráculo o Casandra, podría encarnar el espíritu de las redes sociales, de altavoz desmedido de miedos y pánicos irracionales.

Bueno, aunque Serafina está conectada a Internet y en un momento la vemos escuchado una canción en YouTube, una que tiene mucho que ver con su propia vida y la del caballo perdido, la veo más próxima a Casandra, como tú has dicho. Es una Casandra adolescente con todas las características de ella. Para empezar, que no la creen o que no saben lo que dice, viene a ser lo mismo. Es un personaje que apareció al final y ahora la novela sin ella me parecería totalmente coja porque es la que abre y cierra la novela. Las redes sociales dan función a la novela en algunos momentos, como la televisión, pero como ecos, más bien, de la mentira, como tú dices, de la exageración, de la posverdad, y todo esto.

Ahora te quería hacer una precisión, porque hay muchos lectores y muchos críticos que ciertamente están leyendo la novela de forma literal. Yo no desprecio esa lectura porque me parece perfectamente válida, pero hay una cosa que quiero decir. Fíjate que la novela tiene ocho protagonistas: David, Berenice, Melisa, Serafina, Samuel, Tobías, Wolfango y Turmalín, el caballo. Curiosamente, estos ocho que van dando verdadero cuerpo a la novela y que salen periódicamente, ninguno se ha sentido tocado por lo desconocido. Sólo Tobías parece haber sentido algo pero lo explica de una forma muy difusa. Todos los que se han sentido tocados por lo desconocido estaban drogados, y las drogas favorecen mucho las alucinaciones táctiles y de toda índole. Me vas a decir ‘Parece que David no, porque David se siente transportado por la entidad que parece que lo lleva hasta el monte Abantos donde se despierta en una pradera llena de  azucenas invocando el viaje de San Juan de la Cruz’. Sí, pero justamente cuando acaba ese transporte, su nueva novia, Melisa, parece indicarle que ha estado soñando. El narrador, ni lo niega ni lo afirma, pero deja al lector la posibilidad de que haya sido un sueño.

Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Y si todo fuese una histeria colectiva, o una locura colectiva, que sabemos que no hay nada más contagioso que la locura o la histeria o el miedo? Ahí estaríamos ante otro tipo de lectura. Podría resultar que la entidad que ha poseído la ciudad, como indica un personaje, es la locura. Se ve a la primera. ¿Qué fue el nazismo? Un país absolutamente poseído por la locura. ¿Qué fue nuestra Guerra Civil? Lo mismo. Por eso cuando escribí Las trece rosas, el primer capítulo, que es la visión del mundo de un loco, le estoy indicando al lector: Atención, vamos a entrar en un país, entre otra cosas, poseído por la locura.

Así que, en ese sentido, sí, las dos lecturas son válidas. Lo ideal sería que en el lector se juntasen las dos, pero teniéndolas en cuenta. Yo soy muy devoto de Henry James y es rara la narración suya que no las permita. En ese sentido, aunque ha habido otras influencias de las que ya he hablado, es ésta una novela  que, entre otras cosas, acusa la influencia de Henry James. Pues al leer más de uno de sus relatos te tienes que preguntar: los fantasmas dónde estaban, ¿fuera o dentro? Parece que estaban dentro.

—¿Siguen presentes los mitos clásicos, Jesús? ¿Pueden seguir sirviendo como explicación, visto que las incertidumbres humanas son inmortales?

Los mitos clásicos están muy de actualidad. Tengo en El Norte de Castilla una sección que se llama ‘Mitologías’, un poco siguiendo a Barthes y a Umbral, en esa onda, donde voy dejando muy claro que incluso todos los superhéroes norteamericanos tienen un sustrato clásico. De hecho, todos son derivaciones de Hércules. Otros, de Teseo y tal, pero que los ves muy claramente. Y los mitos del siglo XIX que arrastramos, como el Vampiro, el Zombie, Frankenstein, etc., todos también tienen un sustrato clásico. Ya en diferentes mitos de la antigüedad vemos autómatas metálicos, pero también a personas totalmente dominadas por otra voz, como la misma Casandra. Los mitos clásicos están presentes en nosotros de alguna forma, muy viva. Transfigurados en personajes que, a la vez que los ocultan, los muestran. Luego, el mito del Apocalipsis no ha desaparecido nunca.

—Y siempre está muy cerca, además.

Sí, siempre lo está. Y además, su forma de diluvio, es totalmente universal. Yo que me dediqué a estudiar mitologías, sobre todo en París, Antropología, pero muy basada en la mitología internacional, de todos los pueblos, vi que el mito del diluvio es universal. Lo encuentras en los pueblos del Amazonas, etc… Mira cómo empieza la novela, con un desbordamiento. Una tormenta, un diluvio y un desbordamiento. Bien. ¿Eso era intencionado? Pues sí. Pero el lector no tiene por qué darse cuenta. Sin embargo, estaba pensando en la primera forma de Apocalipsis presente en todos los pueblos. Claro que con el Manzanares esto no…

—Sí, aquí difícil…

O me inventaba un pantano en la sierra…

—Ya quisiera el Manzanares haber sido diluviano…

Las citas o lecturas que mencionas, o en las que te apoyas, son varias, pero no ves desubicada la elección de la canción A horse with no name, de America.

Sí. Creo que le iba muy bien. Además, tiene un sonsonete que yo pienso a Serafina le puede gustar mucho, porque tiene algo de repetitivo y de infantil. Pensé que era una canción muy para ella, entonces traduje la primera parte, haciendo una buena traducción, porque en YouTube aparece tremendamente mal. Lo hacen con todas las canciones. No le dan ni la más mínima gracia. Son espantosamente literales. Y sí, la canción habla de un caballo perdido en el desierto. Aun con jinete, la ciudad para Turmalín puede ser un desierto y a la vez una jungla. Creía que se acoplaba bien como metáfora a ese momento de la novela.

—También valdría para todos los ciudadanos, ya que parece que todos se han caído del caballo y se sienten así de desubicados. Se sienten igualmente en un desierto.

Sí, de ese caballo, y de otros muchos (Risas).

—Como has mencionado en otras entrevistas, tus autores permanentes son aquellos que son capaces de explorar lo que se propongan pero, con tus propias palabras, ‘sin enturbiar las aguas’.

Sí, sí, sí. A mí me gusta el estilo limpio, la adjetivación precisa y cuidada, la cadencia rítmica, en la que me apoyo continuamente. Y eso va a ser en mí permanente.

 

El test

 

¿Cuál es tu palabra favorita? Abedul

¿Cuál es la palabra que menos te gusta? Guadaña

¿Qué es lo que más te causa placer? La receptividad

¿Qué es lo que más te desagrada? La mezquindad

¿Qué sonido o ruido te agrada más? El rumor de los árboles

¿Qué sonido aborreces escuchar? Los camiones

¿Cuál es tu palabrota preferida? Pedazo de cabrón

Aparte de tu profesión, ¿qué otra profesión te hubiese gustado hacer? Psiquiatría o Arqueología

¿Qué profesión nunca ejercerías? Verdugo

Si el Cielo existiera y te encontraras a Dios en la puerta, ¿qué te gustaría que te dijera al llegar? Bienvenido al Paraíso

 

Fotografía Carlos Miralles

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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