Río arriba

Viene siendo habitual en las últimas décadas que los escritos de Luis Antonio de Villena (Madrid, 1951) aparezcan teñidos de una melancolía, que en realidad ha acompañado toda su obra —en cualquiera de sus acepciones—, con cierta tendencia al tono elegíaco. Elegía y sensualidad, quizá ambos incrementados.

Es conocida, si no es la primera incursión del lector entre las páginas de sus poemarios, novelas, cuentos o ensayos, su inclinación por retratar, inventar o rescatar a personajes marginales, en el límite de sus vidas y posibilidades, artísticas la mayoría de los casos. En El exilio del rey (Cabaret Voltaire) nos da la figura de Aníbal Turena, poeta exiliado, de un Madrid ‘donde mucho me faltó y falló también pero donde creí ser feliz o mejor dicho, poder serlo’, según aqueja a comienzos del libro. Desde esa España y su conflicto apenas nombrado, pasamos por Buenos Aires, Santa Fe, remontando así río arriba —el Paraná, presente como los fantasmas; fluido y refrescante, como los amores antes de perderse— hasta la disolución de su pista. No cometo la grave falta de desvelar misterios, pues desde el inicio Villena nos avisa de lo imposible en su quête por reconstruir los pasos finales de Turena, quedando al menos este muy interesante penúltimo.

El exilio del rey es un diario que se lee como novela, pues acaso todos los primeros acaben siendo lo segundo, involuntariamente o no. Enganchado tanto a su hastío como a sus ansias de vivir —más efímeras, se ha de admitir—, seguimos al desastrado poeta en sus últimos felices hallazgos y desconsuelos. Todo brilla y apesta. Aquí, la suciedad de los hoteles y burdeles, de los caminos polvorientos y los recuerdos, son compensados con las caricias y los momentos de amistad, con potentes secundarios como Witold Gombrowicz, las alusiones a Horacio Quiroga o Lucio Sansilvestre. Compañías que dejan el alma fuerte, como lo está un cuerpo en su plenitud. Se muestra con igualdad el sexo y la desdicha, pues los dos contienen la misma dosis de fragilidad.  Aníbal Turena, en estas ‘vagas páginas’, compone su último poema: él mismo hará de folio y letra de molde, aunque sienta su tinta ya evaporarse.

Como indica en un artículo David Pujante, Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad de Valladolid, Turena apareció como una de las ficciones del libro de relatos de Villena Para los dioses turcos, en el año 1980, para más tarde ocupar una novela, Majestad caída, en 2012, y más protagonismo con su único poemario, Coral de carne, en 2014, al cuidado de Villena. Este ‘raro muy raro’ ha vivido gracias al poeta madrileño una paulatina recuperación, culminando, no puede saberse si a modo de broche final, con este fluvial diario-novela. No obstante, su lectura es totalmente independiente de las anteriores mencionadas, aunque despierta en el lector la evidente curiosidad por los rastros de este rey sin trono. Es un personaje villenesco más, como gusta trazarlos: crepuscular en su mirada e incansable en la búsqueda de la Belleza. Veladamente, parece interrogarse el Villena-narrativo en el Turena-diarista como quien lo hace con un espejo: dos voces cansadas de la vida pero abiertas a la tibia esperanza. Tal es la similitud entre realidad y artificio que uno llega a pensar que tenemos entre manos una total creación, es decir, que el Turena de El exilio del rey haya salido de la pluma de Villena, fantaseando también la protohistoria, el hallazgo de dicho diario y trato con las escasas personas y datos que pueden atestiguarlo. Pero es una sospecha, personal y sin ningún motivo de agravio, que casa bien con esta historia de fuga.

Un acierto; su desarrollo, su prosa plagada de reflexiones líricas, muy elaborados, sin tiempo de decaer. Para todos aquellos ansiosos de vidas malditas, o envolventes atmósferas que se cuecen como lentas fiebres, El exilio del rey es la elección ideal para ocupar su mesilla de noche o pila de pendientes.

 

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
Enlace para bookmark : Enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Límite de tiempo se agote. Por favor, recargar el CAPTCHA por favor.