Extraña sutura

Leemos en el número XXIX: ‘Quiero escribir […] un libro irreconciliable, que cruja por dentro al leerlo’, y en el siguiente, el XXX: ‘Escuece, pero debe ser así. Cada palabra en carne viva’.

Sobre estos ejes, Jorge Villalobos articula su libro ganador del trigésimo tercero Premio de Poesía Hiperión en 2018, El desgarro. Título inequívoco de lo que uno, al escuchar dicha palabra y observar la imagen que decora su portada —una figura masculina, en plena caída, desmembrándose como una pieza de mármol—, va a encontrarse entre sus páginas.

Dividido en dos partes, Fotografías y Deshabitado, Villalobos hace un completo exorcismo de su habitual línea temática, según informan otras reseñas o críticas al respecto de su obra: el dolor. El cambio aquí está centrado en episodios familiares que cubren la lectura de principio a fin. No puede decirse que sean inspirados los poemas de El desgarro en dichos sucesos, pues contienen demasiada verdad. Son radiografías. Ofrecen al lector un repaso de traumas, padecimientos y curvas al corazón que la vida no siempre sabe superar. Fotografías, los cuarenta primeros, muestran el recorrido vital y sentimental respecto a la muerte y la enfermedad entre sus seres más cercanos. Deshabitado supone un largo último aliento, más íntimo, antes de cerrar un volumen que, aunque breve, condensa el malsano ambiente que sólo la degeneración mental y física de un cuerpo puede provocar en quienes son testigos de ello. Pese a todo, aparecen resquicios donde la voz del autor, su memoria roída, respira y se tranquiliza. Ejemplo de ello es el número XVIII, dedicado a un amigo de infancia: ‘Nada pudo con nosotros. Aún defendemos nuestra cabaña’. Símbolo de lo poco duradero entre la selva del vivir.

Jorge Villalobos posee una escritura notable, sabe dominar la cadencia y sentido de todo el poemario. El problema que plantea la lectura es si denominarlo propiamente ‘poemario’. Es prosa poética, indudablemente, pero fagocita la prosa todo intento poético. Está conseguido en la primera parte el efecto de álbum familiar desgarrado por las desgracias, el pasar de una imagen a otra —las habitaciones, la playa, la piscina—, pero se tiene la sensación de estar leyendo un relato fragmentado. No hay lirismo, salvo contadas excepciones. En la segunda parte, se intenta mediante la búsqueda de una revelación, pero el estilo vuelve a fallar. Poco ayuda el formato, condensados cada uno en un solo párrafo, excepto el número XXI. Los versos quedan desdibujados en su necesidad prosaica de continuidad, de otro texto que prosiga lo dicho. En vez de agrupar pequeños montones de arena, cada uno con su aspereza o suavidad, en El desgarro se opta por un solo trazo.

Otro problema, y más delicado, es su tema. Villalobos elige descubrir su dolor sin tapujos. Es directo y seco, y ahí, me temo, ha olvidado el factor lírico en su intención. Puede recordar a Carver por momentos, pero sobrevuela una rabia tan brusca, tan impúdica durante todos los poemas, que no invita a sentir. Según el acta del jurado, se destaca su empatía y solidaridad con las víctimas del sufrimiento. No lo creo. Aquí sufre uno, y el resto podemos caer en la peligrosa indiferencia debido a la aglutinación de males. No surge la empatía en el que lee, sino impaciencia por llegar a la resolución. No se entiende la sutura, si ésta resulta igual o más dolorosa que la propia causa de herida.

Es, en definitiva, El desgarro una buena colección de impresiones, pero no un libro lírico. La poesía no es un parte médico. Debería levantar más el vuelo, airear más los pasillos de esa casa-memoria de la que el autor habla, tan asfixiante como la entrada a la morgue.

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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