Contar el verano

Suele ser la estación en que se suceden las mayores revelaciones vitales, donde el dolor va esperando ocupar el lugar de la alegría y viceversa, eternamente bajo un aire feriado. Ya lo dijo Pavese: ‘En aquellos tiempos siempre era fiesta’.

La novela Los otros son más felices (Tres Hermanas), de Laura Freixas, se suma al largo estante de historias ocurridas bajo aquellos meses de calor, refulgente sol y avidez por descubrir quién es uno mismo, mientras el aburrimiento se extiende como la sal por la piel tras un baño. Áurea, por vez primera en su corta existencia, viajará hasta la costa catalana a visitar a unos parientes y pasar unas semanas con ellos. Los Soley, tan enigmáticos como entronizados dentro de su familia, especialmente por las palabras maternas. Cambiará el paisaje estival habitual, un pueblo manchego, por la visión del mar y lo que espera como un ambiente más refinado, burgués, totalmente alejado de lo que ella ha entendido hasta entonces como familia. Los Soley serán el reverso: campechanía por intelectualidad, llaneza por omisión.

Que la protagonista se encuentre en edad adolescente, aparte de más que posibles visos autobiográficos por parte de la autora, hace importante esa mella que los parientes catalanes dejarán desde entonces hasta la actualidad, hasta la Áurea adulta que ha decidido hablar. Ser adolescente no es sino empezar a fijarse en los pétalos que ya han marchitado, en por qué esa pérdida, esa sequedad. Darse cuenta de quiénes nos rodean y el rol, la importancia, que se tiene entre ellos. La impronta de los Soley en Áurea estaba contraída, y un interlocutor —que no habrá de desvelarse, pues es uno de los intereses de la historia— le permitirá desplegar aquel abanico de días, encuentros posteriores y sensaciones que consiguieron perdurar a través de los años, pese a las naturales bifurcaciones y olvidos. La importancia del interlocutor dará a Áurea la oportunidad de saldar cuentas consigo misma también, pues la fascinación creada antes del señalado verano acabó por arrojar luz al resto de su trayectoria, y a veces resulta necesario tapar, crear espacios de sombra para que uno pueda recapitular y decidir qué ha cambiado o lastrado la vida.

En Los otros son más felices, Freixas aprovecha el material apoyándose en una narración oralizada. La protagonista habla y habla y los recuerdos son grandes párrafos, escenas donde se focalizan las obsesiones de la escritora. Se interrumpe a veces en demoras, presentes o más actuales; otros problemas familiares, más secundarios, que no palidecen el conjunto. Se interrumpe porque no deja de ser una conversación entre personas conocidas, y no quiere malgastar la ocasión. Traen a la memoria estos recursos otras obras de Márai, sustentadas también de principio a final en el aliento verbal que ha de exhalarse antes de un temido y definitivo acabose. No es el caso aquí tal dramatismo, pero sí es interesante cómo, volviendo a las mencionadas, de corrido, obsesiones, Freixas pone sobre la mesa lo complicado de las relaciones familiares, de los favores que han de hacerse y se esperan —con el ejemplo de quienes servían en las casas, del cambio que les suponía, de sus pocas virtudes y mayores penurias—, en una especie de reciprocidad inoculada en la masa de la sangre; de las madres e hijas, lo complicado que concierne entender cuándo la ternura puede volverse leve sadismo; de lo que se aparenta y lo que se sufre por no ser correspondido una vez se ha intentado ser como los demás se esperan, pero también de poder superar esto último.

Desconozco el recorrido que tuvo la novela en su fecha original, 2011, pero es grata noticia —sobre todo en estos momentos de gloria e incertidumbre literaria, una más efímera que la otra— que nuevas editoriales sepan rescatar proyectos que puedan merecer de segundas oportunidades, nuevos públicos, diferentes atenciones.

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
Enlace para bookmark : Enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Límite de tiempo se agote. Por favor, recargar el CAPTCHA por favor.