Suerte

Hoy ha sido mi último día de trabajo. Nuevamente, me quedo desempleada. Una vez más, y ya van tres en menos de tres años, me toca alistarme a las filas de las que, los que tenéis la suerte de poder trabajar (y no hablemos ya de los que podéis trabajar en lo que os gusta y para lo que habéis estudiado) consideráis lo peor, una patada de la vida en la boca del estómago. Lo es. Y el sentimiento de fracaso es absoluto tras dejarte las pestañas en un trabajo que, te gustase o no, tenías que hacer.

“Que tengas suerte”, “Mucha suerte”, “A ver si hay suerte”, es lo que suelo oír cada vez que no me renuevan un contrato. A continuación escucho que la suerte es para los mediocres, que no existe, que hay que buscarla y cultivarla mediante el trabajo, el esfuerzo, venderse bien, tener buena actitud y otras melonadas. Los hay que ni siquiera hablan del factor suerte cuando dan los 10 consejos top para tener éxito en el trabajo. Pero en cambio, reconocen “la suerte que tienen” de cotizar.

Y yo me pregunto si seguís creyendo que todos los que engrosamos esa lista del paro que las fiables encuestas dicen que baja por meses somos una especie en extinción que escupe al resto de seres vivos, vomita al ver una nómina, trae de cabeza al pobre sofá y chupa de la teta de la vaca. No valen los titulares: mientras los contratos temporales basura sean la moneda para pagar el pan, no se habrá acabado una crisis que se ha llevado por delante más de tres millones de empleos. Desde 2008, estar en el paro o ser basurero no es cosa de “no estudiar”. Por cierto, muy útil el “Estudia mucho, que llegarás lejos y podrás ser lo que quieras”. Lo tomé al pie de la letra. En serio, mil gracias. Conozco a personas tres veces menos cualificadas que yo que no saben cómo es el INEM por dentro. Suerte que tienen (sí, eso que no existe).

Este trabajo que acaba ha sido una experiencia dura. Me ha tocado de todo: aislamiento por parte de los compañeros, ni una sola invitación a tomar un mísero café, personalidades del todo complicadas que jamás tendrán suficiente, hagas lo que hagas, un volumen inabarcable de trabajo, malas caras, mala educación, pullas, dar los buenos días y el silencio por respuesta e incluso alguna que otra falta de respeto. Con independencia de que me hubiera gustado no tener que depender de la famosa suerte para despacharme a gusto ante este escenario, en seis meses he logrado ganarme la confianza de una superior estricta, fría, muy exigente y de permanente mal humor. Al final, ha intentado por todos los medios hacerme de plantilla. Mala suerte (sí, eso que está mal visto mencionar): se avecina otro ERE.

¿Sabéis cómo lo he logrado? A base de trabajar de 09.00 a 20.00. De morderme la lengua ante una compañera simplemente mala. A base de pasarme horas sin levantarme de la silla, comiendo ante el ordenador para hacer mi trabajo, recibir feedback de los jefes, limpiarlo, fijarlo y darle esplendor y, si tenía cinco minutos, revisar todo el trabajo de mis otras compañeras. Todo ello, sin perder la sonrisa, poniendo la oreja y callando la boca. Ya he trabajado en cuatro lugares distintos y, si bien éste ha sido donde menos cómoda he estado, es de donde más satisfecha salgo. Cero facilidades y aun así, han intentado quedarse conmigo. Igual que en los anteriores sitios en los que trabajé.

Pero no. No me he vendido bien. No he sabido aprovechar ninguna oportunidad. O será que no soy tan buena, que quizá mi futuro está en otra parte. Porque como al final siempre voy al paro… Me pregunto cuántas veces me habéis leído, me habéis escuchado en la radio o me habéis visto trabajar en algo que detesto y que saco adelante como si me gustara para juzgar si soy o no buena en lo que sea que me toque. El periodismo no tiene futuro, ve a una empresa privada. Voy a la empresa privada y me encuentro con que Día ha despedido a más de 2.000 personas y Vodafone, a 1.200. Y decido volver a lo mío, a lo que me apasiona. Al periodismo. Pero si lo hago, estoy loca. En el buzón abierto de sugerencias encuentro “Sigue buscando en lo corporativo porque quizá tu lugar no está en el periodismo”, mientras veo a jóvenes infinitamente menos preparados que yo abrirse camino porque serán buenos, pero también han contado con la políticamente incorrecta suerte.

Alguien dijo que ahora pita demostrar lo que sabes hacer y cómo lo haces, no tu CV. Quizá sería buena idea empezar a dejar que el parado de turno lo demuestre de forma continuada. Yo me voy al paro, sí, pero sabiendo que allá por donde paso doy la sensación de las cosas hechas, con diligencia y dejando mal sabor de boca a los que querrían contratarme y no lo han logrado. Mi abuela me regaña porque digo que tengo muy mala suerte en lo laboral. No es que lo diga yo, es un hecho que cada cierto tiempo, me enfrento de nuevo al vacío y estoy obligada a demostrar lo que sobradamente he demostrado ya. Todo para llegar a una nueva entrevista y que me digan que no tengo bastante experiencia.

Me lo tengo que comer porque es lo que toca, porque ahora las cosas están así para todo el que espera su turno para sellar su papelito. Pero eso no lo hace más justo, más normal o más indicado para un sector determinado de población. Ojalá tus oídos tengan suerte y no escuchen jamás… ¿Cómo era? Ah, sí: “Que tengas suerte”.

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