El vaso estalla entre las manos

Ganador ex aequo —junto a Maribel Andrés Llamero— del XXXIV Premio Hiperión de Poesía, Los días hábiles, de Carlos Catena Cózar (Torres de Albánchez, 1995) es un poemario articulado en torno a las incertidumbres que la necesidad y precariedad laboral han extendido en las presentes generaciones. ¿Realmente?

No ha de llamar a engaño su título, la ilustración de la portada, esos cuadrados como teselas de calendario desmembrado, la incidencia de su autor en hablarnos de aspectos económicos, de trabajos en el extranjero, idas y vueltas por dicha causa… No. Es y al mismo tiempo nada más que la cobertura.

Los días hábiles es un libro sobre cierta tristeza. El autor ha querido llevar las cuentas de su spleen fijándose en determinados episodios vitales, marcados muchos, claro, por las vicisitudes de las condiciones laborales. Ahí el caso de los pensamientos que asedian a quien cruza en transporte público sus jornadas con una grisura que hace visibles los límites de su aguante, de enseñar un idioma que es propio y lejano por la distancia (En el metro paso dos horas al día), también de lo orillado que quedan los intentos literarios cuando el papel sobre el que derramar lo que a uno le bulle se estrecha tanto como los horarios entre semanas. Los días hábiles es un monumento a su abuela, Regalada Palacios, figura que se alude directa o indirectamente. Añorar el tacto de sus manos, la piel que ha trabajado, e intentar buscar los reflejos de esos esfuerzos en la de uno (Expuesto el dolor sobre las palmas de las manos). Una honda comparación, de la que no siempre está asegurado el no salir esquilmado.

Una actitud interesante y remarcable de este joven poeta —ya comentada en una entrevista— es la desconfianza ante un tema oculto, un significado real, en el poema. Como artefacto literario que es, no precisa de una vivencia o sensación previa para que su plasmación a lápiz, a ordenador o a letra de molde transmita al lector lo que desee. Es lícito inventarse una tragedia, una epifanía, etc., y para nada haber ocurrido. Y aun así, se consigue la conexión una vez el lector se encuentra con ese texto. De este modo, uno de los primeros, y digno de convertirse en una pieza que aparezca en futuras antologías, cavila acerca de la literatura que la vida puede darnos, cuando ésta desaparece, cuando —y de nuevo los límites— no hay motivos para escribir una sola línea (Si mi hermano saltara esta noche desde el puente de Brooklyn).

Levanta una duda este libro. ¿Es posible la poesía cuando la situación, la actitud, es desdeñosa con uno, en esta juventud? Volvemos al aspecto del trabajo. Se convierte en un arma que se nos arroja, en lo que atormenta y empaña el futuro. No por el hecho del traslado, sino la atmósfera que rodea ‘al que se va’, los comentarios, la posición que crea en una familia, la frustración. ¿Es posible, entonces? Sí, debería. Puede sin problemas. Un avión nos lleva hasta una estepa islandesa y una brisa nos hace recordar el aceite en la cocina durante el verano; el amigo de infancia, el desamor en lengua extranjera (Hay un incendio pero sólo yo puedo verlo), el consejo que pensamos darnos un día cuando la vista volviera inevitablemente hacia atrás (Cuando estés cansado, Quizás no te acuerdes ahora (Carlos)). Tienen razón los versos finales cuando afirman que lo realmente importante ocurre fuera de los días hábiles, donde el sexo es ausencia de futuro y los cuerpos abrazados un infinito presente, donde se puede empezar a construir una casa para las ilusiones perdidas y dedicar tiempo a quienes ya han desaparecido.

Conviene meditar su lectura, posar el libro a unos metros y, observando el color de su portada, rumiar todo lo que nos acaba de ser contado. Ese mundo que se ha ido desmoronando y del que él ha intentado recoger algunos pedazos, aun sabiendo que el vaso puede volver a estallar entre sus manos. En mi caso, contemplando su color, tan mate como pálido, me he acordado de una frase escuchada en una película de Ozu, cuando uno de los personajes alzaba la vista y decía: ‘El cielo es tan azul. Es triste’.

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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