Un farolillo pasa

Las distancias en los libros no tienen autoridad. Las únicas a las que pudieran verse sometidos son las que separan las manos de un lector de la estantería en la que se encontrasen. Ocurre lo mismo cuando se disponen a contarnos un tiempo: éste acaba difuminándose y el presente tiene las mismas luces que el pasado.

Al poeta Ángel Rupérez (Burgos, 1953) estas conexiones sensoriales, y más estacionales, siempre le han interesado y encontrado hogar en una obra que fluctúa entre la confesión íntima cernudiana y la exposición del misterio, abstracto en ocasiones, que es toda revelación. Morir en Hiroshima (Evohé), publicado en 2018, ahonda en su intento de construir una oración, larga —dividida en cinco partes—, tendida a un momento histórico concreto para poder comprender todo el sustrato sentimental que dejó y permanece, tanto para los autóctonos como para los extranjeros que, con ánimo y cabeza despejada, deciden acercarse e intentar entender. ‘Mi sensación fue: nostalgia, una hija de la memoria/ que atrapa el presente y se alimenta del pasado’, nos dice en el titulado Afluentes, ríos. ‘El milagro fue que la memoria anulara las distancias,/ santificara el tiempo’, en El milagro. ‘Ahora sólo quedan sombras en mis hojas y nombres en las/ Lápidas’, en Puntas de lanza.

Para Rupérez, misma importancia y voz tienen los jardines que han sobrevivido, las sonrisas sin explicación en los ancianos, los farolillos que navegan río abajo y los niños que vuelven a jugar, que las impresiones dadas por una serie de fotografías y objetos expuestos en museos dedicados a la catástrofe. Misma emoción dan los paisajes japoneses, de 1945 o actuales, que los que puedan retrotraerle a los suyos de infancia y juventud, como vemos en el titulado Viaje en tren a Kyoto. Hay vida en esa vida y en la que la muerte venció. Por ello, este breve poemario se cierra con un adiós, ‘Salvación en Kyoto’, que no quiere sino ofrecer una constatación de la paz conseguida, pues ya que todo es continuo retorno, qué mejor que una despedida cortés, con sanadora lluvia y frufrú de kimonos que se nos escapan.

Así Morir en Hiroshima compone esa oración mencionada, cercana al deseo de amor, ahuyentando el tenebrismo en el que es fácil caer a la hora de abordar esta temática, de la que mucho y bien se ha narrado y filmado. Sirva también este conjunto de poemas para homenajear a la Memoria, por intentar mantenerla con todas sus imágenes —o pese a ellas—, como dice su verso, ‘con la dócil alegría del verano que no iba a morir.’

Acerca de Luis Bravo

Madrileño. Me gusta pasear y leer libros.
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