Pasar el tiempo

Abunda en verano, sobremanera. El tiempo, deseado durante el resto de meses desde la insatisfacción laboral o el propio aburrimiento, viene y se tumba y se balancea con nosotros, al son de las olas de calor y el sudor, de las terrazas que rara vez suelen quedar desiertas. Nos colapsa, pues no sabemos qué hacer con él. Habitual desengaño estival. O resultan breves las vacaciones, debido a la ingente cantidad de citas retrasadas con amigos, o las por venir con desconocidos, o muy generosas, hallándonos, de nuevo, aburridos, sin saber qué hacer. 

Y pasan los días, y las nubes, y en éstas es un placer fijarse siempre. También en el modo que han quedado en la solapa final y páginas de cortesía de Nido de pájaros (Dos Bigotes), debut literario del autor teatral y actor Luis Maura (Ciudad Real, 1983). Supone su novela una cuenta pendiente que debía saldarse, basada en una situación tan típica de la estación que se nos cuenta y coincide con el mes en que estas líneas se escriben: la estancia en los pueblos durante el verano. Sean quincenas o más, siempre ofrecen a quienes viven dichas experiencias anécdotas y vivencias que marcarán la vida de cada uno. En el caso de Mateo, su protagonista, con motivo del nacimiento de su sobrino, ha de enfrentarse a todos los que han revoloteado a su alrededor a lo largo de sus treinta y varios años, y su tarea será expurgarse sus propias alas para entender que su vuelo está todavía por alzarse. Algunos desajustes empañan un texto entretenido y con intenciones consejeras, tampoco necesarias, pues lo autobiográfico toma su propio camino, no necesitando adornos. 

El recuerdo continuo, que asedia desde el pasado, también lo he encontrado en su compañera de catálogo Fábula de un otoño romano (Dos Bigotes), de Bruno Ruiz-Nicoli (Madrid, 1971), historiador del Arte y colaborador en prensa, e igualmente percibo el sustrato de lo vivido, aunque más dolorosamente expuesto, como unos paños puestos a secar después de la cicatrización. Los aires se vuelven más otoñales, cambiamos la planicie manchega por la ciudad Capitolina, sus empedrados y ruinas sugerentes. El estudio y clasificación de los conjuntos escultóricos que adornaron los jardines en el Esquilino será el punto de partida para el retiro y descubrimiento de un historiador que se topará con su verdadera naturaleza. Aunque la piel no consigue del todo cerrarse cuando los sentimientos bullen debajo, hay espacio para el dulce tacto, para la comprensión y el impulso que invita a continuar, aunque no dejemos de recorrer las líneas de una fragilidad que apareció para quedarse. Quizá ese miedo se transcriba, en ocasiones, en un distanciamiento estilístico que pueda ser equivocado y entendido como frialdad. 

Buena compañía, en definitiva, han sido estas dos nouvelles, y mejor harán con quienes todavía no han llegado al segundo abismal en que perciben el no saber en qué ocupar su tiempo. Mis dos ejemplos como prueba de que leer, ahora y siempre, puede entretener a las manos inquietas, alimentar a las mentes famélicas de historias. Un último consejo: es conveniente, una vez se tengan los ejemplares en poder de uno, dedicarse a ellos en un rincón en el que el silencio sea notable. Lo calado de lo leído será más hondo. En mi caso tuve esa suerte, disfruté de estos libros en un apartado porche. Sólo algunas palmeras y pinos disturbaban, a veces con sonora fuerza, pero no pasaba el tiempo. Menos mal. 

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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