Wanted

Por favor, ayúdenme. Estoy preocupada. No encuentro a mi coraje. Ha desaparecido. No me atrevo a denunciar su desaparición, no vaya a estar escondido en cualquier sitio y aparezca cuando menos me lo espero. No sé si ha sido una desaparición voluntaria o es que alguien me lo ha secuestrado mientras dormía junto a mí. ¿Y si me lo han quitado? ¿O acaso estará con otra? Llevo una semana dando vueltas en la cama, tocando su lado de las sábanas en busca de una explicación lógica a su repentina marcha de mi vida.

La verdad es que llevábamos un tiempo sin ser los mismos. Mi coraje estaba un tanto flojo, en baja forma, de capa caída. Atrás quedaron aquellos tiempos en los que me acompañaba allá donde iba y juntos éramos capaces de lograrlo todo. Sin miedo a nada. Nos conocimos de niños, en el patio del colegio. Ese día me cogió de la mano y no me soltó nunca. Ni en la universidad, ni en mi vida fuera de casa, ni en mi vida adulta. Sólo sufrimos una crisis cuando yo caí a los pies de un estúpido. El coraje me dio un toque de atención, pero logré darme cuenta de que mi futuro estaba a su lado. A partir de entonces, fuimos uña y carne. Hasta ahora…

No dejo de preguntarme por las posibles razones de este cambio. Ni yo misma me había dado cuenta de que mi reflejo en los espejos ya no era el mismo, que un vacío me llenaba el estómago y me llenaba al esófago, que caminaba como un autómata por la calle, mirando las caras inexpresivas de quien paseaba por la vida como yo. ¿Entonces he sido yo quien no le ha cuidado? ¿Se ha sentido solo y desatendido? Mi sentimiento de culpabilidad crece cada día.

Cuando pregunto a los demás sobre su relación con su coraje, me doy cuenta de que ese amor está basado en la nada. Sólo en palabras. Sin promesas. Sin hechos. Sí, le cuido, le mimo, lo cultivo, le atiendo y fortalezco mi vínculo con él a diario. ¿Pero cuánto de verdad hay? Te amarás a ti mismo sobre todas las cosas, dice el coraje con un suave susurro en nuestro oído. Y ese mensaje conquistador de almas, poderoso, casi morboso, tiene efectos inmediatos. Fuerza de voluntad férrea, imbatible, fresca, oronda, capaz de todo, dispuesta a comerse el mundo. Pero esos preciosos ojos verdes de alma negra y podrida que nos mira y nos acaricia lo aparta de un manotazo.

En estas relaciones de amor (o amor-odio) se dice que no te das cuenta de lo que tienes y lo que lo necesitas hasta que lo pierdes. Quedase sin coraje es una inmensa faena. Y más cuando te das cuenta de que es el único ser que te amará siempre. Gracias al único al que tú siempre sentirás más amor por ti que por otra mirada. Ahora sin él me siento incapaz de todo. Incapaz de levantarme a la hora que debo. Incapaz de dejar plantado a quien me tiró por su retrete. Incapaz de resistirme a una tentación. Incapaz de afrontar los días más grises. Siempre que asomaban lágrimas en mis ojos, le buscaba a él. Y ahí estaba. Me secaba la cara y me pintaba una sonrisa. Su sonrisa. Todo eso es imposible sin él. Imposible.

Necesito encontrarle cuanto antes. Necesito que vuelva a mi vida. Prometo cuidarlo mejor, atenderlo, alimentarlo, mimarlo. Jamás le daré la espalda. Jamás volverá a sentirse ignorado. Haré todo con tal de que vuelva. Si alguien le ve, que se lo diga. Que vuelva conmigo.

Para consolarme, pienso que el coraje no te deja tirado porque sí. Siempre termina volviendo cuando la necesidad apremia. Quizás ahora no lo necesite tanto y prefiera ayudar a otros. Pero yo no puedo vivir sin él. No puedo terminar el año y empezar el siguiente sin mi coraje. Así que ofrezco recompensa al que me dé una pista de dónde puede estar escondido o de quién lo retiene a la fuerza. Cualquier cosa con tal de recuperarlo.

 

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