Como un daño remoto

La intimidad puede ser revelada o no en los escritos. Lo mismo puede suceder con la opinión, la verdad, la biografía de uno, todo ese material con el que se han tejido innumerables libros. El autor es libre de usarlos según crea conveniente, decantándose por unos o reservando otros para mejores fines, vitales o literarios.

Mario Vega (Oviedo, 1992), poeta y editor, apuesta por una fina intimidad en su último poemario, galardonado con el Premio “València Nova” de Poesía en Castellano 2019. En La mala conciencia (Hiperión), de sartreano título, esa línea-gota transparente recorrerá todo el cristal, como si hubiera dejado caerse deliberadamente para que observemos su trayecto, hasta la última página. Pero no está sustentada únicamente en el bravo espíritu del que es poeta, sino también en las tradiciones de la lírica española (Blas de Otero, Ortiz) y la actualidad (la cita de Acebal, ecos de García Montero), las circunstancias que afectan y malean. 

Estamos en un tiempo en el que es muy delgada la línea entre el perdón y el daño. Ambos son usados sin conocimiento y por ende corren el riesgo de perder significado. La sensibilidad de las jóvenes generaciones se ha ido caracterizando por usarla, respecto a los factores anteriores, como arma arrojadiza en ocasiones, escudo frente a la responsabilidad inevitable en otras, pero siempre con un destacado sentido definitorio. Y sin miedo, o sintiéndolo a pesar de ello, sin temor a lo ridículo que pueda resultar visto por ojos ajenos. Herir, sentirse herido —en su sentido abstracto, no se malentienda—, parecen lícitos siempre y cuando se reconozcan en quienes los cometen o padecen su sensibilidad, el no haber sabido dosificarla. En los poemas de Mario Vega, está la creencia de que la voz y la palabra han de ser pedidas para que nada de eso quede impune, para poder nacer de nuevo reforzados, más clementes, más humildes, pensativos si se quiere, y así reconocerse como seres sensibles, sí, pero dispuestos a perdonar y saber parar a tiempo las ensoñaciones, los comportamientos (aunque sean pensados sólo), los amores. 

Para Vega, somos incorregibles. Lo real nos es amargo pero forzoso, mientras que lo ensoñado es accesible aunque efímero. Podemos vivir en un mundo lleno de mentiras pero los poemas pueden estar llenos de éstas (Poeta de batalla), la vida no puede escribirse en forma de poema pero la vida ocurre en uno (Prólogo-epílogo al lector). 

Para Vega, la figura del poeta ha quedado diluida entre el imaginario que desprende y la realidad por la que se pasea, o deja caer. Me son muy interesantes los poemas en los que lo muestra como un guerrero entre manglares, como un adolescente siempre de vuelta al amanecer, con el estómago vacío para el desayuno, para otro día que costará sacar adelante; como poeta que no se puede considerar tal cosa, porque la vida diaria sigue ahí mientras él escribe, como un muro de carga; como un ‘libertino archisensible’, situándole más cerca del Casanova que huyó de Los Plomos que el que se paseaba por los palcos y salones (Los herederos, Fábula de un libertino archisensible, Generación perdida, etc.). 

Mención aparte merecen ciertos poemas, comenzando por Oración de Penélope, donde vemos al agradecido lector de los clásicos, con una composición que consigue transportarnos a esa súplica, solitaria, más incluso desde el tiempo remoto desde el que ese daño nos es llegado. Epitafio de un poeta no es sino la descripción, una vez más, del placer lector, del interés por lo que nos vayan a contar y nos han contado, aunque esto también nos resulte desconcertante. Homenaje es peculiar, y creo que el juego para entenderlo es percibir el guiño irónico, la intención deliberadamente kitsch que, unida al tono general del libro, no lo hace cojear (pues aunque no se note, hay en La mala conciencia una sutil capa de humor negro, sobre todo en la primera parte). No sucede lo mismo con Lamento del último jedi. El mejor, de todos —para mí—, es Los días en que ya no estemos, síntesis de todo lo anteriormente escrito en esta reseña y que no repetiré, pues cada uno ha de comprobarlo por sí mismo. 

La mala conciencia es un poemario escrito por quien ha decidido callar y escribir. Sabia decisión pues, sin abusar, es en el silencio contemplativo, hacia lo que nos envuelve, hacia nosotros mismos, hacia nuestras lecturas, donde mejor podemos hallar las palabras que nos sacien.

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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