Las caídas de Alejandría

Durante una celebración navideña, en mitad del esplendor que ese tipo de fiestas provoca, aunque no sean muy del agrado del autor como otras veces ha señalado, se encontraba acompañado de un joven amante, divirtiéndose, pasando el rato, sin olvidar la soledad y el final que siempre acechan los puntos álgidos de la alegría, pero tampoco ese otro punto de chifladura o excentricidad. Más guiados por esto último, abrieron una ventana y, después de finiquitar el trago, una copa fue lanzada a la calle, esperándola el asfalto y los mil añicos.

Esta escena bien podría resumir el espíritu que recorre el tercer tomo de las memorias de Luis Antonio de Villena (Madrid, 1951), culminación de un trabajo iniciado en 2015.  Las caídas de Alejandría (Pre-Textos), seguida del subtítulo (Los bárbaros y yo) (1997-2018), recoge los años más recientes del multidisciplinar autor, trazando su personal senda en la que se van entremezclando vivencias con semblanzas, lances y experiencias, ligeros ajustes con muchas, muchas despedidas. Y en esto último es en lo que más repara uno del tercer tomo: lo caedizo, la sensación de mano alzada invocando un continuo adiós, alejándose, repasando nombres y nombres antes de que se disuelvan en el humo que se va. 

En Las caídas de Alejandría, Villena ahonda en un tono que ha venido reiterándose, desde sus artículos o entrevistas o publicaciones casi diarias en el blog de su página web, desde los últimos tiempos, y ése es el de cierta desesperanza, el de sentir que un mundo va acabándose y que se presenta el final y surgimiento de otro nuevo, estando por ver si mejor o peor que el antecedente. El pesimismo, por tanto, es evidente. Comprensible, también, hasta cierto punto. No puedo negar que lleve su parte de razón, pues, ciñéndome tan solo a lo cultural, España en estos momentos tiene un nivel bajo, tendente incluso a ir disminuyendo, precario en el hacer y en su consumo, desde hace varios años. Por suerte y al contrario, creo que gozamos de una salud creativa en excelentes condiciones. No todo iba a ser terrible. 

Por ciertas reseñas o comentarios de quienes han terminado el libro antes de que esto fuera redactado, y que tuve a bien consultar, tanto por curiosidad como por saber las primeras anónimas opiniones, supe que esta manera de pensar no cae muy en gracia de los lectores (algunos). Ello hace preguntarme: ¿qué quieren, entonces? ¿Complacencia, rebajamiento? El texto es del que lo escribe, y si éste es autobiográfico, así la vida y opiniones que destile, sean de bonanza o negrura total. Nada podemos hacer. El pesimismo, a veces fatalista, de Villena es suyo, y su única labor es dejarlo lo mejor redactado posible, sacar claridad de esas ausencias de las que habla. Sí resulta chocante en comparación con los anteriores tomos, El fin de los palacios de invierno y Dorados días de sol y noche; el primero, un gran ejercicio de melancolía y evocación de la infancia, el segundo, una radiante galería de los veranos y soles desengañados, de cuerpos relucientes y primeras grietas en el mármol. Las caídas de Alejandría, sin embargo, tampoco es que llame a engaño. Ahí el título de primera muestra. Mucho ha cambiado todo desde las anteriores páginas citadas, 2015 y 2017; las noches y sus lugares de encuentros, las compañías. Todo, bajo la pátina del Tiempo, se hace fugitivo y permanece y dura, aunque no siempre de forma agradable. 

Pero en estas Alejandrías villenescas siempre hay espacio para el agradecimiento, para el comedido júbilo, aun sin haberse espantado del todo el cansancio. Para sonreír ante las inclemencias, y mis disculpas por la cursilería. La amistad es el gran bastión de este libro, donde se refugian las palabras más cálidas y que ejercen de contrapunto a todo lo que pudiera arrastrar, desaparecer, si acaso es que ya ha sido así. La amistad con los viejos y los nuevos rostros, esperando que todos continúen, esperando que resistan al resto que, como en el verso de Guillén, ‘es selva’. Destaco las líneas dedicadas a Pablo García Baena, a las últimas veces que se vieron, que hablaron por teléfono, de una sinceridad conmovedora. También las menciones a Francisco Brines, algo más apenadas, pero deudoras de la buena amistad que se transmite que ha sido y es. 

La sensualidad tiene su mayor, y más largo exponente, en el episodio colombiano, casi una nouvelle. Refrescante, con alternancia en los humores, algo decadente incluso, pero feliz. De pasión y vida nada fatigado. 

He escrito antes que nada podemos hacer. Quisiera enmendar esto. Las caídas de Alejandría cierra un ciclo —uno que espero quede por encima del pasto memorialístico que sólo es estudiado, relegando su verdadera utilidad, su lectura— de memorias puras, como el poeta viene a denominarlo. Memorias puras que son producto del reflejo en papel de lo que ha quedado o ha podido irse recuperando, sin ayudas, sin diarios paralelos que cotejen la información, dispuestas a olvidar voluntaria e involuntariamente y rescatar lo que en otra ocasión pareció incierto. El riesgo está, según se vive, según se recuerda, en ir perdiendo por el camino aquello que nos realiza, que nos da el aliento suficiente cada día para entender el porqué de nuestra estancia en la vida, a veces páramo yermo y otras ‘jardín y amigos’, como decía Epicuro. Uno puede ser pesimista por naturaleza, porque muy ligado está con ser realista también, pero convendría no excederse. No siempre. En el caso de Luis Antonio de Villena, pese a la primera apariencia de desolación producida por la llegada de los bárbaros, si es que no arribaron hace tiempo, se mantienen firmes las rocas a las que ha amarrado su vida: los libros y la Belleza. Que aguanten, lo espero, y motivos tiene, ya que es mejor, de vez en cuando, dejándonos caer la máscara, optar por un sano intermedio de tranquilidad, dejando apartadas un rato las quimeras. Nunca ha sido tan correcta una decisión así, un consejo, como quiera llamársele, antes de sentirnos en caída libre, próximamente añicos. 

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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