La piel suave y rota y dura

Puede ser presentado en un cuenco, a la luz de la mañana, a punto de ser masticado. Puede ser admirada su textura, si no se ha pelado antes; reluciente, de un color muy vivo. Puede ser vendido en forma de costillares, colgados de argollas, entre el ir y venir de clientes, entre el ir y venir de las máquinas que llevan a cabo su despiece. Puede ser una carta en la que se oye llover desde el patio, y también un grupo de bañistas que contienen en sus formas la razón del ser. 

Todas estas acepciones son posibles, encajan en la visión que Francisco Javier Navarro Prieto (Tomelloso, 1994) en su poemario El bello mundo (Hiperión) nos ofrece del mismo. Merecedor del XXII Premio de Poesía Joven “Antonio Carvajal”, ha obrado éste tal y como Jesús Munárriz, director de la colección, subrayó el día de su presentación en Madrid: como un premio honrado (si bien la mayoría de veces, en los de más renombre quizás, podría resultar hasta un oxímoron) que permite dar a conocer nuevas figuras, desconocidas, con potencial suficiente y sus obras para llegar a un mayor público sin perder fuerza de carga. 

¿Existe la Belleza en nuestro mundo? ¿Queda, es posible entre tanta burricie? Un título así es de una provocación que, viniendo de un autor joven, no debe ser recibida sino con los ojos muy abiertos, pues ya nos va advirtiendo que esas tres palabras, que al sonar dibujan un efecto naif, guardan una serie de estampas donde el mundo va a mostrársenos tal y como sólo puede ser: bellísimo y cruel, y por tanto, por esa suma de adjetivos, simplemente bello. Esa famosa coletilla, ‘Para estar guapo hay que sufrir’, lo aplica el mundo para quienes en él habitamos. 

Pero no se caracteriza El bello mundo por consignas estéticas superficiales, sino por la búsqueda del escondido sentido que tienen las diferentes estéticas que conocemos. En este caso, la de los pintores. El mundo de los lienzos y sus creadores y su óptica que atraviesa la voz de Navarro Prieto, dispuesto a empaparse de algunos nombres, de sobra conocidos, y su inquietud, pues el Arte siempre ha de dejar un temblor. He ahí el primer interés del libro, su apuesta por una lírica construida abiertamente sobre los cimientos de otros, que nace desde fuera para emprender un viaje inverso. Esto no son poemas, podríamos pensar à la Magritte, sino el reflejo que el autor entiende como poemas, visto en obras que ya lo son. Y entonces, reflexiona, lo estudia y descompone a su gusto, porque no le agrada su primera apariencia, quiere las capas de abajo (‘no son importantes las muecas/ no son importantes las formas/ la piel es sólo una convención de los espejos/ la cuestión es romper al yo’, del titulado Visionario de sí mismo). 

Leí que este libro era llamativo por contener una poesía no pegada al que la ha compuesto, despersonalizada. No es cierto. Entre las alusiones a Bacon, Cézanne, Schiele, está el poeta significándose como deudor de todos ellos y marcando su propio contorno con abundante tiza. Ha decidido, como muestra de intenciones que es todo primer libro, coincidirse con la materia que alza nuestra cultura, nuestra percepción y perspectiva del mundo. Así, la voz de Navarro Prieto puede dolerse con la mancha de sangre en el suelo de una habitación vacía (Sangre en el suelo, 1986), y unos versos más adelante todavía no haberse desprendido de ella, entroncando esos restos de rojo con los que pueden dejar actuales desgracias con las que todo ciudadano está familiarizado: la muerte de un repartidor, de una mujer a manos de su pareja o ex pareja, de la desaparición de especies animales… De la nuestra. 

El segundo interés es la estructura. Muchos poemas están formados por dos, separados por el tipo de letra normal y la cursiva, y también en el título que los teja. Hace interesante el diálogo que entre ambos se produce, muy complementado a veces, aunque funcionando por separado también, como los incluidos en la parte Telediario del mundo. Decir, como consejo lector, que es conveniente leerlos separado y la tercera del tirón. Decir, ya puestos, que estos juegos vanguardistas, aunque llamativos y aquí efectivos, envejecen tan rápido como deslumbrantes pueden parecer.

El tercer interés es Naturalezas vivas, tercera parte del libro —feliz coincidencia— y verdadero corazón. Se nos concede una pausa de los horrores y topamos con escritos de una sutil y prosaica hermosura, delicados, de una muy poderosa imaginación. ¿Quién no querría recibir, pasados los años y algunas edades, Las cartas perdidas de Schiele? Puede quedársenos la piel suave, rota, dura, pero lecturas así ejercen de inmejorables compañías, sanadoras y de una agradable y rara tristeza.

Al término de El bello mundo, como en el cuadro homónimo de Magritte, uno puede verse empapelado de un tono celeste, con dobleces en nuestros tejidos, rodeados de irreales nubes y una manzana. Al igual que en esa imagen, hay un trampantojo, y estos poemas también cumplen dicha función. Se parecen a nuestro mundo, pero no está más que pintado como tal para que nos parezca nuestro. Es bello, sí, pero nosotros estamos más cerca de parecernos a esa solitaria manzana, con miedo ante el azul infinito, ante la mordida ávida y un poco sangrante. 

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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