Treinta

La mañana en que estas líneas empezaban a desperezarse también ha sido dueña de la grandeza de los días de invierno. El cielo era una perla aplastada, con las nubes sin definir, sin saber dónde moría una y la siguiente empezaba, con grises de tormenta que va alejándose. A veces, un sol pálido y una esquina de cielo asomándose, como tranquilizándonos de que siguen por aquí.

Estas consideraciones de tipo meteorológico, muy dadas a aparecer en cualquier diario que se precie, siempre he pensado que son transcripciones del estado anímico del autor. Con la lectura de muchos y variados, he entendido que si alguien ha visto necesario, por puro aburrimiento o pasión momentánea, contarnos cómo un amanecer ha bañado los tejados de un oro como de Tiziano es porque se ha sentido afortunado de verlo y no desea que esa ínfima escena, unos pocos segundos, se pierda.

No ha llegado a tal punto de belleza la que uno ha contemplado, pero sí la consecución de escena mañanera y reflejo diarista me han llevado a pensar en uno de mis favoritos, leído hace ya dos años y que este 2020 está de aniversario.

El gato encerrado (Pre-Textos, 1990) es el primero de los veintidós volúmenes que componen el llamado Salón de Pasos Perdidos (Una novela en marcha), un proyecto de largo aliento que empezó en dicho comienzo de década, más bien como una tímida expiración, sin saber dónde llegaría, si movería algunas hojas o intereses lectores. Era una segunda carta de presentación de su prosa, después de una novela, publicada dos años antes, cuatro libros de poesía y muchas colaboraciones en televisión primero y más continuadamente en prensa. Un diario publicado en vida. No era el único ni el primero, pero tenía igualmente la atractiva temeridad que da el hablar del entorno, relaciones, fobias y placeres de uno cuando se está en directo contacto con los mismos.

No es la finalidad de uno en este artículo el análisis exhaustivo ni de tendencia filológica, eso lo dejo a los profesionales. Es la de homenajear, supongo; agradecer una lectura que llegó inesperada, sin saber apenas ni qué contaría ni si sería de mi agrado, y lo fue con creces.

El día de la presentación pareció imitar al contenido del libro y de los siguientes, y por supuesto se volcó a esas páginas y publicó más tarde. Fue en la desaparecida Mirto, según Trapiello, ‘la librería de viejo más bonita que ha habido nunca en Madrid’. Situada en la calle Espalter, daban sus ocho balcones al Prado y al jardín Botánico. Era llevada por Herminia Muguruza, quien llegado el mediodía, sacaba unas copitas de jerez y algo de picar para la tertulia que solía formarse allí. Trapiello acudió por la mañana a llevar los ejemplares para el posterior acontecimiento, y se encontró con Julio Caro Baroja, ya conocidos ambos, y vecino éste de la librería y amigo de su propietaria. Ésta le comentó que esa misma tarde se presentaba El gato… Caro Baroja preguntó quiénes acudirían. Trapiello le dijo que algunos amigos y un par de periodistas, pues la finalidad era darlo a conocer y que una u otra reseña o columna dejase constancia del hecho. Mirto era pequeña, para unas quince o veinte personas no más. Avisado de la presencia de estos, Caro Baroja dijo que no iría. Y no fue. Tampoco aparecieron los periodistas, y todo quedó en una especie de reunión coja de amigos y conocidos, sin saber si vendrían quienes se esperaba. Lo presentaron Soledad Puértolas y Juan Manuel Bonet. La reacción en prensa, vista la estampa, fue mínima, claro.

A Trapiello uno se lo imagina aquel día, por lo contado y leído, con la sonrisa puesta del que se va a divertir con la faena, atento a los matices y algo mareado, sabiendo que saldrá adelante como mejor pueda, tan a gusto como poco esperanzado. Bueno. En aquella época, como Puértolas comentó durante el acto, él era un escritor conocido pero no reconocido. Frase, por cierto, que trajo de cabeza al autor, calladamente, durante la presentación. Con todo, es posible que fuera el inicio más adecuado para un libro de este calibre.

El gato encerrado me llegó de una librería de segunda mano, la edición última que era ya de mayor tamaño, para más adelante hacerme con un par de ejemplares de la primera, con su fondo azul, y en todas el collage de Picasso. Leídas otras entregas, sé que en esta primera se encuentran las claves para entender mejor la literatura trapiellana, y con esto quiero decir el mundo de un autor, el que vive y el que va a dar al lector para que decida si se quiere subir al carro o dejarlo correr.

El Madrid de 1987. La Movida yacía sarmentosa en una cuneta, algunos coletazos podían quedar, pero todos siguieron sus rumbos y se pusieron en serio con sus labores: las fotos, las películas, los cuadros… Los libros, los de Trieste y los suyos, iban dejándose ver, con ese crecimiento lento como de hiedra. Eran años difíciles. La primera novela iba a llegar, pero también se fantaseaba entre el frío de los primeros minutos del año con la que podía hacerse, en tiempo récord: por la mañana escribirla, a mediodía revisarla y en la tarde dejar el manuscrito enviado al editor. En Las Viñas o en el piso de Conde de Xiquena, las lumbres de lo que estaba por hacerse. Mientras tanto, como ‘buen seductor con mala fortuna en la vida’ que reza la solapa, se había de acudir a llenar esos cuadernos de hule que se compraron en el Rastro por cuatro perras, porque el propósito en el fondo era llevar a cabo la novela, esa que no podía saberse cuándo llegaría, y puede que escribir un diario fuera un modo de acercarse, al menos un medio camino. Las novelas fueron llegando, y otros pequeños éxitos, pero la senda del diario también iba haciéndose hueco. Vino un segundo y un tercero y así hasta nuestros días. Volviendo a la solapa, Trapiello cuenta que tarde o temprano —pues esos cuadernos de hule han guardado años anteriores al que finalmente vio la luz— sabía que esos diarios se publicarían, y por tanto lo difícil de la empresa era disimular la pose para que pareciera natural, aunque se compusieran de manera natural, porque en un diario no se dicen más mentiras o verdades de las que se puedan decir en la vida real. Pasados el salón Pompeyano, el de Retratos y demás, podíamos empezar a regodearnos en este de Pasos perdidos, donde él abordaría la espera atenta al espejismo de haber encontrado algo.

La muerte de Brenan, los tés y las pavesas de cigarrillos que caían sobre su ropa; la mirada adolescente que no queda sino maldecir por su belleza al cruzársenos en la calle Zurbano; las noches del verano, con sus balcones abiertos y olorosas acacias; el Retiro vacío; las tristezas de cualquier amanecida si esta nos conduce al velatorio de un familiar, donde uno se da cuenta de que todo muerto se parece, su rictus, a Vallejo. Son algunos de los pasajes que más recuerdo de mi primer encuentro con El gato encerrado. Cualquier lector sensible con lo que tenga en sus manos sabe que hay ocasiones en las que es preferible cerrar las páginas y macerar lo que se acaba de saber, pues las impresiones llegan a ser fuertes y es mejor callar y revivirlas antes de proseguir. Es una manera de mostrar respeto a lo que va a quedarse en nosotros.

Dos en especial pueden elevarse sobre el resto, no por ser episodios de mayor importancia sino por muestra de lo adictivo que el diario tiene. Uno es la visita imprevista de Trapiello con un amigo a una biblioteca, en una casa junto a la plaza de las Salesas, habitada por jóvenes yonquis, ricos, vestidos como fantasmas que todavía no saben si han regresado de la farra. Allí fue testigo de la decadencia del lugar, entre el meublé refinado y las estanterías repletas de primeras ediciones de la Woolf, de James, de Pound, etc. Nada sacó de allí, más que la anécdota y la seguridad que a estas proposiciones hay que decir siempre sí. El otro es el viaje, en ‘días de lluvia y primeros días de frío’, a Venecia. Como esta ciudad no sólo es tal sino un estado mental también, es costoso no dejarse llevar por todo el barroquismo que suele arrastrar literariamente. ¿Cuántas páginas sobre sus palacios y canales y góndolas se han escrito? Infinitas, incluyendo las que están por ser redactadas. Trapiello dedica algunas, pero mantiene el tono cauto y profundo de todo lo recorrido anteriormente, advirtiendo precisamente que la trampa habitual del turista en Venecia es creer que va a recorrerla y descubrir rincones por nadie antes visitados, que su comportamiento les hará diferentes al resto de masas que se agolpan como las palomas de San Marcos. ‘Querer ser original en Venecia es el principal pecado de casi todos’. Y aun así, es divertido probar a ver. Callejear, orearse, mientras el agua choca contra los pali.

Con este diario, y la lista que le sucede, ocurre que leído uno se han de leer todos. En el prólogo del segundo se habla de algunas glosas amigas suscitadas por la lectura de El gato…, afeando la visión del autor respecto a sí mismo y quienes le rodean, con abundantes trazos gruesos y mordaces y tan poca empatía o dosis de salud que existen pero no han querido ser pasadas al papel. Con todo, hay humor, mucha ironía y, por supuesto, una melancolía destilada de las horas más solitarias, en las que después podemos darnos cuenta que no lo estamos tanto, pues la melancolía aprieta sin ahogo, nos llega incluso a divertir —en su justa cantidad— y aprovechar la creatividad que va cogiendo polvo mientras decidimos qué hacer con ella, pero no debemos acostumbrarnos, pues se tornaría un veneno difícil de sanar.

En El gato encerrado se abren las interesantes reflexiones que Trapiello va haciendo sobre la manera de los diarios y quienes los escriben, rebatiéndolos o viéndose de acuerdo, contradiciéndose entre lo pensado y lo que finalmente se hace, porque ahí está la virtud humana, que al menos se puede errar con ligereza, piadoso de uno mismo. Se van nombrando los autores que son maestros y los que valen para pasar la tarde. Los escenarios que son el fanal al que dirigir la vista y ampararse; las calles del barrio, Las Viñas, el paisaje de infancia en León, el Rastro. El amor hacia M. y R. y G., y los amigos. Lo apartado que puede sentirse de su presente y lo atento que no puede dejar de ser con lo que acaece. Un diario no puede serlo si no es trufado de todos estos elementos —aforismos incluidos—, porque su parecido tiene con la novela, según la frase barojiana, en cuanto a que todo cabe en él. Los diarios, ya nos dice, no son buenos o malos, son las vidas las que están mal contadas.

Treinta años separan aquella discreta presentación de estos días de invierno. Uno no ha podido evitar empezar este artículo guiñando al prólogo de El gato encerrado, abriéndose con una mañana de paseo por el Rastro, mostrando esas escenas tan características de vendedores luciendo sus puestos, donde lo lujoso siempre tiene algo de escombro, y vivacs encendidos extendiendo su olor a barniz quemado. Esa mañana, el autor le cuenta a su amigo que está preparando este diario para su posible publicación. Le alejarían tres años del dicho al hecho. Y ahora son treinta ya desde que finalmente ocurrió. ¿Cuánta importancia, pienso, debe tener en realidad? Para la Humanidad o la Historia o la Literatura, seguramente ninguna. Para Trapiello, con toda la distancia, diría que mucha. Para el caso lector de uno, también. ¿Cuánto de identificado podría estar ahora su autor con la voz que cuenta aquellos días lejanos? Con los diarios puede ocurrir lo que con los interlocutores de poesía, que resulta preferible que se dirijan a personas soñadas, pues es más fácil transferir una pena o una exaltación a un interlocutor inexistente que no pueda reprocharnos, decir ‘Ah, no, no me vengas con esas, que no estoy para cuentos’, para que todo pueda calar como la lluvia sobre tierra que aún no ha sido pisada.

Bien traídos son siempre los libros que nos hablan de todo y nada en concreto y saben que todo ha sido contado ya; que desde metamorfosis y odiseas, los temas son cuatro y los mismos, y por ello no importa ponerse a rellenar cuartillas. El acierto de éste es que parece escrito en los resquicios del día en que entendemos que son los adecuados para dejar constancia, un poco atardecidos y silenciosos. Pero no todos valemos para ello. Trapiello sí. Tranquiliza saber que sus salones, como los claros de nubes, siguen ahí. Así continúen por mucho tiempo.

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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