Para el mundo hostil

‘Mientras está vivo, el amor está siempre al borde de la derrota. Disuelve su pasado a medida que avanza, no deja tras de sí trincheras fortificadas a las que podría replegarse para buscar refugio en casos de necesidad. Y no sabe qué puede depararle el futuro. Nunca adquiere la confianza suficiente para dispersar las nubes y apaciguar la ansiedad. El amor es un préstamo hipotecario a cuenta de un futuro incierto e inescrutable…’ 

La cita de Zygmunt Bauman abre y vertebra el espíritu y razón de ser de Amores líquidos. Poesía para un mundo hostil (Circo de Extravíos, 2019), una selección poética en torno a la cuestión del filósofo polaco del ‘amor líquido’, la imposibilidad y ambivalencia de las relaciones humanas en este presente de posmodernidad tan ensimismado. Carlos Asensio (Mallorca, 1986) y Cecilia González Godino (Madrid, 1994) son los encargados de agrupar el puñado de autores que nos presentan su interpretación de esta problemática, como el prólogo indica: ¿cómo es posible que el ser humano se amarre con todas sus fuerzas al amor si no desea renunciar a su propia naturaleza líquida, que le lleva a engullir una experiencia amorosa tras otra?

No sólo cumple este libro su cometido como pequeña antología temática, pues también es una colección de ilustraciones emparejadas a las composiciones líricas, de una claridad que contrasta bien con los escritos, muchos de ellos escenas de desarraigo, voces que se mal sienten por lo que se ha diluido (‘Quedarán las palabras/ vacías y falaces’, de Izaskun Gracia Quintana, o ‘Todo lo importante se cobija en su futuro y nuestra nada’, de Rafael Saravia). 

Trae una discusión interesante este Amores líquidos, porque ya en la cita y palabras de apertura encontramos una visión fuerte que puede ponerse en entredicho. El amor puede estar siempre al borde de la derrota, claro, pero porque el fracaso es una condición inherente al ser humano. Va en la masa de la sangre. Tan naturales son los tropiezos que pueden provocar misma hilaridad que lástima. Por tanto, ya que la rendición está siempre acechante, el amor no tiene la obligación de seguir esa misma dirección caediza, porque tiene también su carácter salvador, y Bauman parece obviarlo a favor de su discurso pesimista o realista —que es la manera educada y sosegada (¿la mejor?) de ser pesimista—, porque el corazón es de naturaleza rebelde. Es lícito que lo omita, pero uno cree que el sentimiento amoroso es demasiado voluble para ceñirlo a una opción tan previsible. Tampoco creo que disuelva pasado alguno, ni que no deje trincheras fortificadas. Todo lo contrario. Según se crece y se vive, el pasado va anchándose como las sombras de árboles en las tardes. Avanzamos con todo nuestro pasado detrás, según la persona que se sea, con más o menos peso. Si acaso, quienes corremos peligro de disolvernos en él somos nosotros y no el amor que nos sobrevuela, mirando atento nuestros movimientos. Y las trincheras permanecen ahí, largas y profundas, sí, pues bien útiles son si el lance fracasa, al menos para disponer de un umbral en el que lamer y cicatrizar heridas. Toda muestra amorosa es mezcla de contienda y tregua. 

Es cierto que actualmente las relaciones personales se ven afectadas por las virtuales, las que parecen más vívidas y fáciles a través de unas cuantas fotografías, ‘me gustas’, emoticonos de sonrosadas mejillas y airados comentarios celebrando lo sexy de alguien, sin importar a priori quién hay detrás de tanto comentario recibido y emitido. No son novedad estas maneras. El reflejo en la cultura de la liquidez que apuntaba Bauman lleva manifestándose desde hace treinta años, y el cine francés ha sido uno de sus exponentes, entre otros. Como se decía al inicio de Un monde sans pitié (Éric Rochant, 1989), ‘hoy día sólo nos queda el amor, y eso es lo peor de todo’. ¿El carácter líquido de la modernidad o las redes sociales han dificultado o facilitado nuestro entendimiento con el amor? El daño y el beneficio está muy repartido, como antes, sólo que ahora hay más conciencia del asunto. Etéreos y superficiales han existido siempre, y no son más que algunas de las máscaras de la impostura, de los vacíos y vanidosos, pero no únicamente por su temor a enfrentarse al amor, sino por segundas o terceras causas que probablemente no llegaremos a conocer de esas personas. Cualquiera tiene derecho a amarrar o rechazar el amor, una relación afectiva en cualquier grado, sea amistoso o más pasional, y encadenar conquistas o dedicarse por completo a quien nos ha cautivado, pero lo que no resulta excusable es eludir responsabilidad de todo lo actuado durante uno u otro ejemplo. Y eso es lo peor de todo. La ñoñería y la falta de empatía, incluso cuando es tácito el acuerdo de algo que no va a llevar a nada, que es sólo placer. Pese a todo, fugitivo o permanente, el amor ahí continúa.

Los poetas de este libro han nacido entre los años 1968 y 1991, hecho que da a entender una cierta madurez y capacidad reflexiva vital y lírica sobre el tema, logros editoriales aparte. Seguro estoy que todos han amado y lo han sido, que todos habrán dañado y causado el mismo efecto de vuelta. Quienes mejor han sabido abordarlo han sido los de mirada que acepta lo trágico de acabar con las manos vacías después de la ilusión suscitada. ‘Y buscamos a otros cuando estábamos solos,/ y también los quisimos, y seguíamos solos/’, en En un siglo futuro, de Vicente Monroy. ‘Tenemos lo difícil: nos tenemos./ Lo único que nos falta es el dinero’, en Descubriré que el amor es mejor, de Ben Clark. ‘Saber que no estará mañana/ lo que está hoy/ que todo se repite sin ser exactamente igual’, en La silueta de Nico se ha cruzado, de Ignacio Vleming. ‘La historia cruje. Y la hostigamos./ Amor es una escala de violencia’, en Lugares que se inventan de camino, de Erika Martínez, poderoso. Lo virtual mencionado cobra importancia en los de Izaskun Gracia Quintana y Ana Gorría, cuyo título, He venido hasta aquí y dejo mi mirada, viene a sintetizar bien ese enamoramiento volátil que no acaba sino lastimando ‘como la guerra’. 

La lectura de Amores líquidos no tiene la misma consistencia de principio a fin; algunos poemas se pierden en su atmósfera, se ensimisman como la propia sociedad posmoderna líquida (¿un guiño deliberado quizá?), resultan ininteligibles —sólo uno—  o no consiguen despuntar entre sus composiciones vecinas. No es sencillo buscarle el sentido poético al amor líquido, romperé esa lanza, porque escribir un poema en sí es algo huidizo, la mosca cazada al vuelo. Ni siquiera la mosca, la filigrana que su vuelo deja en el aire, y mejor detenerse para no perderse en disquisiciones. 

Queda bien esa desigualdad en el proyecto, sacado adelante gracias al crowdfunding, y en la última página figuran todos los mecenas. Uno piensa también que de no ser por dicha elección financiera poca oportunidad hubiera tenido de ver la luz. Pensamiento que prueba, sabiendo algo del medio, lo difícil que está siempre la propuesta diferente y audaz, sin premios ni encargos que medien. 

Para los que creen y temen al mundo hostil, el mundo a secas, este libro que les reafirmará o aportará alguna esperanza, aunque dure poco, como el agua pasa. 

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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