Negativo original — Rosa Berbel

Sin aspavientos, Rosa Berbel (Estepa, Sevilla, 1997) ha conseguido hacerse con un lugar privilegiado en el panorama literario de la poesía joven reciente. Su Las niñas siempre dicen la verdad (Hiperión, 2018) se alzó con el XXI Premio de Poesía Joven “Antonio Carvajal” de ese año, y fue conociendo y ampliando los reconocimientos hasta nuestros días, pues recientemente obtuvo el Premio “El Ojo Crítico” de RNE de Poesía 2019. Todo ello siendo este su primer libro, que es de lírica seca y profunda, demostrando una inteligencia afilada, una precisión que ha asombrado por su juventud, aunque no debería asombrarnos tanto. Simplemente leerlo y sacar conclusiones. Serán buenas, estoy seguro. 

Las palabras

—¿Abruma, Rosa, tanto como alegra que, hasta la fecha, el libro haya sido merecedor de tres premios?

Es abrumador saber que este libro ha llegado a tantos lectores y que lo han recibido tan generosamente. Cuando lo envié al Antonio Carvajal era la primera vez que presentaba un libro a un premio de poesía, así que nunca fui realmente consciente de todo lo que podía implicar la publicación. De todas formas, creo que ese vértigo que, en muchos momentos, he sentido este año, responde menos a los premios que a todo el resto de reacciones que he percibido, la gente que he conocido y las oportunidades que se me han dado de distinta forma. Y al escribir intento estar al margen de todos los ruidos.

—¿Estaba en tu voluntad inicial lo unitario del carácter de tu poemario, o fue fruto, consecuencia, del tema o temas que en tu escritura se iban presentando?

Siempre me ha interesado mucho la búsqueda o el deseo de una organicidad poética. Creo que buscar la coherencia y la unicidad en los poemas es un trabajo complejo pero apasionante, por todo lo que implica también de autoconocimiento. En mi caso siempre opera como proceso a posteriori: no escribo ciñéndome a un esquema, me gusta dejar que la escritura me sorprenda; solo así se produce el hallazgo. Después rastreo las conexiones, las obsesiones, los motivos recurrentes, y solo entonces proyecto una unidad más grande de significado. La coherencia de este libro, si crees que la tiene, responde a una fijación personal de ese momento con ciertos temas y formas: la tensión entre verdad y mentira, la socialización femenina, la ansiedad por el futuro, etc. 

—¿La mentira es una necesidad a medida que se va creciendo, o es que ha sido un estado natural que siempre ha estado presente en el ser humano?

Creo que lo antinatural es la sinceridad, que es de lejos la virtud más sobrevalorada. Me parece que el amor y la ternura exigen mentir de vez en cuando; si no, la interacción humana sería agotadora, absolutamente destructiva. Este aprendizaje se hace con el tiempo, claro, aunque creo que los niños son muy mentirosos y precisamente por una cuestión de cuidados: mienten para sorprender, para divertirse, para no decepcionar, para estar a salvo, etc. La mentira es la lógica interna de la infancia, me parece, pero no es un mecanismo infantil. 

—Desde el primero, Precuela, dejas patente la evidente desilusión con lo ocurrido en un pasado, más o menos remoto, pero guardas en éste y otros un poso esperanzador, como si estuviéramos a tiempo de solucionar lo que podríamos haber sido.

La Precuela nos sitúa en una especie de tiempo mítico, porque me interesaba estar en ese no-tiempo y no-lugar para deslocalizarme. No importa la identificación porque es un tiempo extraño, mitológico, en el que todos de una forma u otra hemos arraigado. Colindo contigo en que entre la desilusión y el desarraigo se vislumbran ciertas líneas de fuga luminosas: la comunicación con las otras, que es un acto de resistencia, la familia, los gestos cotidianos, la imaginación, la ternura, etc. No es un libro oscuro, desde luego, o al menos yo no lo percibo así. 

—¿Crees que se está superando esa horrible losa que las mujeres, las de anteriores generaciones sobre todo, han tenido que aguantar? Aquella que mencionas en el apartado IV del poema Las niñas siempre dicen la verdad: ‘el dolor que será útil’, ese que habrán de aprender a soportarlo.

Estamos lejos de la superación, aunque mi optimismo me hace pensar que estamos viviendo años esperanzadores, ahora que los feminismos han transformado radicalmente nuestra forma de situarnos en el mundo. Y como movimiento estamos también, o así lo percibo, todavía en proceso de problematizarnos y de autocriticarnos con más eficacia política.

—Son recurrentes el fuego y el verano y el calor que nos contagian. ¿Qué es lo que tanto tienen para ti, lo que hacen atraerte?

En este poemario el verano coincide simbólicamente con la infancia. El final del verano, que es una imagen que se repite en varias ocasiones, supone el comienzo de la edad adulta. Me gusta mucho el verano, porque siempre lo he entendido también como otra suerte de no-tiempo, sobre todo en la niñez y adolescencia; tiene sus propios códigos, las tardes se dilatan y el calor nos hace –sobre todo en Andalucía, donde es terrible– sobrevivir en una especie de salvajismo, en el que las relaciones se vuelven muy primarias. La imagen del bosque ardiendo como metáfora de la adolescencia también hila con esto y con cierto tono –ahora lo veo– de ficción climática. 

—Los poemas más breves son, a mi parecer, los más conseguidos del libro. Enhorabuena.

Muchas gracias. Al escribir el libro me interesaba tanto mantener el pulso narrativo en los poemas largos, sobre todo en el último, como explorar la potencia simbólica de los poemas breves, que es quizá lo que más disfruto como lectora. 

—No estoy del todo de acuerdo cuando dices que ‘¿La verdad se construye en el poema?/ No./ El poema se construye en la verdad’, del titulado Jurado popular. Un poema puede ser nacido de algo falso, ilusorio, y aun así traer una verdad, y viceversa, claro. Como decía Carlos Catena Cózar en una entrevista, no siempre la dolencia machadiana debía estar infundada en Leonor, sino, seguramente, en otra inventada o en otro sentimiento nunca sentido.

El poema de Jurado Popular tenía como intención desactivar ciertas críticas malignas, hechas desde luego desde la condescendencia más masculina, que pudieran hacerse a mi libro y tuvieran que ver con mi falta de honestidad. No creo que la poesía pueda desautorizarse por mentirosa, pero es una acusación con la que me he encontrado en algunos momentos, y es, en última instancia, moral. Es el jurado quien dice eso de que “el poema se construye en la verdad”, yo desde luego no asumo ese discurso. Mi opinión es que el poema inaugura su propia verdad interna, con sus propias lógicas, que puede o no coincidir con la verdad moral de la realidad –si es que esto existe–, pero que se sostiene y funciona por sí misma en el marco del poema. 

—Es muy certera la sala de triaje como metáfora de la espera, la incomunicación, incluso trampa a sí mismas tendida, en Sala de espera para madres impacientes. ¿De dónde surgió este poema, Rosa? ¿Por qué cierra el libro?

Me apetecía escribir un poema extenso, especulativo, en el que un número indeterminado de mujeres se encontraran atrapadas en un mismo espacio. Tiene un poco de La autopista del sur de Cortázar y un poco de El ángel exterminador de Buñuel, salvando las distancias. Pensé en el hospital como una forma de reflexionar también sobre los dolores específicamente femeninos y sobre ciertas violencias médicas y burocráticas que son radicalmente patriarcales. Pienso que la sororidad se convierte aquí en algo así como una forma de venganza mediante el diálogo y el intercambio dialéctico. Me interesaba subvertir poéticamente la imagen del “marujeo”, tan connotada por la masculinidad, y hacer de ella un espacio para el bienestar y la comprensión, que es lo que ha sido siempre para nosotras. Al final, la única salida del hospital pasa por la transformación inevitable del paisaje. 

—‘La intimidad sostiene los cimientos de las casas en ruinas que nunca construiremos’. ¿Tan frágil es tu visión de las relaciones hoy día?

Me da la sensación de que todas nuestras relaciones están sostenidas ahora mismo en una especie de equilibrio precario, ¿no? Y percibo que no es un problema individual, sino un obstáculo colectivo que obedece a razones político-económicas, laborales, afectivas, ecológicas, habitacionales, etc. Me cuesta visualizar el futuro, pensarme estable y asentada y sin una ciudad derribándose a mi lado, como en el poema, pero aunque me gustaría que mis relaciones personales funcionaran como cordón sanitario de esta precariedad, lo cierto es que están también atravesadas por la misma incertidumbre. 

—¿Qué libros recomendarías como complementos a Las niñas siempre dicen la verdad?

Tres libros que he leído después de publicarlo: El iris salvaje, de Louise Glück; Las chicas de campo, de Edna O’Brien; y Aurora Leigh, de Elizabeth Barrett Browning. 

—¿Puedes, por favor y si lo hubiera, adelantarme algún proyecto por venir?

No tengo prisa por volver a publicar. Por ahora estoy escribiendo poemas nuevos, sin ningún esquema ni plan de trabajo, como comentaba. Simplemente me conformo, por el momento, con esos hallazgos momentáneos que proporciona la escritura. 

El test

¿Cuál es tu palabra favorita? Alguna bíblica, supongo: revelación, epifanía 

¿Cuál es la palabra que menos te gusta? Constitucionalista

¿Qué es lo que más te causa placer? Me gusta pasear los sábados y domingos por la mañana

¿Qué es lo que más te desagrada? Que la pereza no me deje hacerlo

¿Qué sonido o ruido te agrada más? “La música es el menos molesto de los ruidos”, que decía Napoleón

¿Qué sonido aborreces escuchar? El tráfico

¿Cuál es tu palabrota preferida? Mierda, que es de una musicalidad potente

Aparte de tu profesión, ¿qué otra profesión te hubiese gustado hacer? Estoy por la abolición del trabajo

¿Qué profesión nunca ejercerías? Sería incompetente en muchos campos. Cirujana, por ejemplo, porque tengo un pulso horrible

Si el Cielo existiera y te encontraras a Dios en la puerta, ¿qué te gustaría que te dijera al llegar? “Tienes un tiempo de descuento en la tierra”

Fotografía de ©Carlos Gil.

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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