Veraneo en el eje del mal

  • ¡Passport, passport!

Todos los pasajeros están de vuelta mirándonos mientras me quito las legañas y acierto a encontrar el documento que el soldado me ha pedido. Es de noche y por las ventanas veo lo que intuyo como un puesto fronterizo, apartado de la carretera principal y sin luces más allá de los militares que nos miran desde abajo. No ha pasado ni un solo coche en el tiempo que tardo en sacar el pasaporte y el soldado, que no se ha movido ni un segundo de mi lado, y los demás viajeros, me apresuran con miradas de preocupación y un silencio sepulcral.

Hace algunos gestos con la mano que tiene libre de sujetar su arma y entendemos que nos pide que bajemos. Solo se ha dirigido a nosotros, los únicos turistas de un autobús ocupado por unas 40 personas.

Nos calzamos y recogemos todo, intento preguntar a los demás pasajeros qué pasa y, una vez abajo y sin respuestas, nos acompaña a una caseta de obra donde tres sillas viejas y una foto del Ayatolah Homeini son los únicos objetos.

El soldado se sienta en la silla que queda libre, delante de nosotros, con un papel, un bolígrafo y un smartphone que toquetea sin decir nada.

No dejo de mirar su pistola y si el velo de L. está bien colocado. El viejo Ayatolah impone, el silencio también, casi se me olvida preguntarme si el autobús nos seguirá esperando.

El soldado comienza a enviar audios en su teléfono repitiendo constantemente lo mismo durante unos minutos que parece que le frustran.

  • ¿Cuál trabajar tú? – Se escucha en la voz metálica de su Samsung viejo mientras me lo acerca.

Una aplicación móvil me invita a contestar a la vez que el soldado copia todos nuestros datos del pasaporte. Pulso sobre el micrófono y digo “publicidad”. No me entiende. “Publicidad”. Sigue sin entenderme. Lo escribo y automáticamente aparece traducido al farsi. Es una versión iraní de Google Translate. 

  • ¿Llegada Irán?
  • Llegamos hace quince días, el 22 de agosto – escribo esperando que la traducción se conjugue sin dar lugar a malos entendidos. 
  • ¿Provincia ustedes venir?

A. nos abre las puertas de su casa. Como otros muchos kurdos tiene la piel clara y los ojos azul celeste. Su hogar está incrustado en la ladera de una montaña que mira sobre un valle la frontera con Irak. Es una casa sencilla encajada sobre otra casa y cuyo techo sirve de calle para los vecinos que viven unos metros más arriba de la montaña.

Su madre está en la cocina sin velo preparando té. Su padre se levanta de la alfombra cuando nos ve entrar y nos ofrece sitio en el suelo una vez nos hemos quitado las zapatillas. Maldigo mis pantalones ajustados y mi falta de flexibilidad y admiro los suyos; abombados, como de otra época, hechos y utilizados solo en Kurdistán.

Su madre nos da la mano. Es la primera mujer que toco, que no sea L., desde que estoy aquí. Antes de servirme el té noto  que estaba leyendo un libro que, más adelante nos confiesa A., trata sobre el feminismo en Oriente Medio.

No hay televisión ni sofá ni sillas ni camas. Sólo un mantel en el centro del salón que hace de hoguera, nos invita a que todos nos sentemos en torno a él. Desayunamos pan recién hecho en horno de leña untado con queso de vaca y doogh para beber.

Al oír la llamada a la oración A. nos invita a ir a la mezquita donde hoy el almuédano es un niño con una voz preciosa. Los locales nos sonríen y nos invitan a pasar cuando nos hemos lavado las manos y los pies. Nos sentamos cerca de una ventana a la vez que escuchamos el Corán y miramos hacia la montaña al otro lado del valle, frontera natural con Irak.

  • Somos la nación sin estado más grande del mundo.

Más de 50 millones de kurdos viven repartidos entre Turquía, Irak, Irán y Siria. En cada estado en una provincia con cierta autonomía manchada de sangre. Y de petróleo.

  • Aquí en Irán, además de las diferencias en el lenguaje o la etnia, tenemos una diferencia religiosa. Somos los únicos sunnies en una república chii. – Esta mezquita lo dice todo, mucho más sencilla que las doradas de Teherán.

A la noche, unos amigos de sus padres y el hermano de A. se sientan también alrededor del mantel. Para cenar hay kebabs de ternera y pollo, arroz con mantequilla y azafrán, aceitunas, ensaladas de pepino y tomate y carne de ternera estofada con lentejas.

No para de servirse té y doogh y comemos fruta entre risas por algunos fallos en la traducción y lo extrañas de nuestras costumbres occidentales. No dejan de cuestionarnos cosas que habitualmente damos por hecho, su curiosidad es insaciable, como la nuestra.

  • ¿Somos los primeros españoles que recibís? – Pregunta L. después de ofrecer un brindis con un salud de por medio pero sin alcohol que beber.
  • Si. – responde A. entrecomillando. – Pero han venido de Cataluña y de El País Vasco, otros amigos kurdos de Couchsurfing también reciben mayoría de estas regiones.

L. y yo soltamos unas risas y entendemos las ansias de independencia de este territorio y la curiosidad que vascos y catalanes pueden tener.

  • Esperemos que no os pida un militar el pasaporte cuando salgáis de aquí. – dice A. riéndose con ironía. – Puede pensar que venís a ayudar a terroristas kurdos a independizarse.

Unos cuantos tés después de sobremesa típica iraní con pipas y pistachos y con el mantel levantado, entro al baño con las chanclas comunales para este lugar de la casa e intentando apuntar lo máximo posible elimino la teína que espero no me impida dormir esta noche. Al día siguiente, con la primera llamada a la oración, sale un autobús que nos tendrá en la carretera hasta bien entrada la noche.

En el salón ya están acostados los demás sobre las alfombras y, entre ellos, L. y yo nos tapamos para pasar la noche fría de verano en Hawraman, este pequeño pueblo montañoso en los Zagros del Kurdistán iraní. 

 

  • ¿Provincia ustedes venir?
  • De Kurdistán – escribo temblando en el viejo móvil del militar.

Hay un intervalo silencioso que aprovecho para secar el sudor de mis manos, mirar a L. de reojo y acordarme de la broma que A. me hizo mientras disfrutábamos de la hospitalidad iraní, chii o sunii. El soldado termina de copiar lo último traducido en la hoja de papel y la pone con las letras boca abajo. Se da la vuelta porque descubre que estoy mirando la foto del Ayatolah, con esa mirada penetrante y esa barba intimidante, y sonríe al volver a mirarme a los ojos. Vuelve a coger su móvil y a grabar en el traductor.

  • ¿Qué calle España?

Empiezo a asustarme por la trascendencia internacional de nuestra visita y pienso en mentir, escribir algo diferente a lo que pone en el pasaporte. Pero nuestro verdugo parece muy relajado y nos sonríe como todos los iraníes lo han hecho desde que llegamos a este país hace dos semanas. Con esa expresión llena de fascinación y admiración.

  • Calle C. 28000, Madrid.- y oigo como lee Madrid a la perfección mientras sonríe aún más.
  • ¿Gustar Irán?
  • Si, nos encanta y nunca habíamos conocido gente tan hospitalaria y curiosa. – Respiro y el nudo en el pecho se deshace cuando veo que está deseoso por saber nuestra respuesta.
  • ¿Comida favorita? – Escribe riéndose ya abiertamente.

Me gustaría decir algo más, pero habiendo desayunado lentejas como manjar y basar nuestro menú en kebabs tengo poco margen para la invención o improvisación.

  • Kebabs, nos gustan mucho los kebabs.

Se levanta asintiendo con la cabeza y nos mira como confirmando todo lo que ya esperaba oír. Va hacia la puerta y nos invita a salir. Es noche oscura en mitad del desierto y tenemos que cruzar una autopista. Nuestro nuevo amigo nos ayuda a pasar parando los pocos coches que pasan a la vez que sigue haciéndome preguntas que ahora no entiendo por la falta del traductor. Nos sonreímos mutuamente.

Llegando al autobús, que ya habíamos olvidado, me da la mano y se despide. Uno de sus compañeros se acerca a paso rápido y comienzan a hablar excitados mientras nos miran. Por fin el recién llegado se anima y nos pregunta en inglés:

  • From?
  • Spain
  • Welcome to Iran. – Y me estira la mano que no sujeta la metralleta. Sonríe.

En el autobús nos rodean, como ya nos rodearon en el metro de Teherán, en el desierto de Yadz, en la caseta del militar y en los bazares de Isfahán, y los pocos que hablan inglés traducen al resto nuestro viaje, nuestra vida en Europa, nuestras sensaciones, nuestra relación de pareja, nuestro número de teléfono.

Nos sonríen, nos regalan comida, nos invitan a cenar a sus casas cuando llegamos a destino y hacen grupos de Whatsapp para preguntarnos, todavía a día de hoy, cómo es España, cómo es Europa y cómo es la vida fuera de unas fronteras cerradas.

Acerca de Luis Aguilar

Gato al sur del Manzanares, hormiga del globo y okupa del Cyberespacio. Su pasión por la comunicación le llevó a licenciarse en Publicidad y Relaciones Públicas y, aunque es más de esto último, adora el creativo resultado al juguetear con las palabras. Convive con el estrés a la espera de un traficante de tiempo y, mientras tanto, le roba a la vida más de lo que le puede dar. Cuando descansa, coge aire en las comas y a veces, consigue pararse en los puntos.
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