Escribir es peligroso

La distancia posee una mecha que hace prender la narración. Uno se ha ido lejos, por vacaciones o circunstancias obligadas, y lo que suele ocurrir a la vuelta o en el mismo punto alejado es la voluntad de contar por qué se está allí, por qué esto ha pasado.

Hay mucha distancia en los cuentos de Quiltras (Tránsito, 2019), porque su autora, Arelis Uribe (Santiago de Chile, 1987), ha decidido mostrarnos la máxima variedad posible de voces femeninas que en su país pueden merecer una historia, recorriendo una geografía que aúna personajes y lugares, llegando ambos a una especie de acuerdo cuyo resultado es un rico conjunto de puntos de vista sociales, culturales, y en definitiva, vitales, dignos de ocupar unas páginas.

En las ocho historias el interlocutor buscado o soñado o ideal, ese del que bien disertó Carmen Martín Gaite, es una misma, una amiga, no necesariamente alguien del mismo sexo, claro, pero sí se nota una preferencia en el tono confidente: la llaneza y la forma oral, coloquial bastantes veces, de las protagonistas hacen por querer ser escuchadas por las de su misma condición, por si fallase su intención de ser comprendidas. Pero ahí reside el  atractivo de los relatos de Uribe. Desde Codegua hasta Madrid, el lector, indistintamente de su sexo o estatus social, puede identificarse con los problemas que atraviesan a las jóvenes de este libro. Porque éste también es un muestrario de la juventud, de sus escenas que capturan el acompañar del viaje en bici hasta la casa, de tumbarse en los parques a fumar y reírse por algo que en veinte años no quedará en mucho, de las citas y los garrafales errores que pueden traernos, de los que se han mudado y entre malsanas aulas buscan hacerse su sitio, o al otro lado de la ventana durante el verano.

La condición social puede ser baja, mestiza, algo vagabunda, de repente chocante con otra más alta de la que acaba surgiendo finalmente una amistad que acabará como muchas —rota—, pero nada de lo que quede de ella habrá sido en vano. Todo ese dolor y encanto resultará un aprendizaje que más tarde o temprano se habrá de pasar. Así el amor. Con la sencillez de su expresión escrita, lo contado homosexual o heterosexual nos alcanza con una sensación de familiaridad.  Las referencias culturales ayudarán, pienso, al lector más joven a hacer suyo este mundo, que no es más lejano o realista que el que hayamos podido sentir en el propio recorrido sentimental.

Los perros parecen tener un peso más importante al principio de la lectura, pero después podemos darnos cuenta que los que realmente están faltos de correa, entendida ésta como asidero que tener para sentirse atañido, querido, a un lugar o ser, son los propios personajes; estas Quiltras más breves o extensas, que pueden experimentar el mismo tipo de miedo recorriendo el camino a casa de noche —Bestias, el más intenso— o escuchando cómo alguien ha decidido salir de tu vida. El mismo pitido en los oídos, casi imperceptible, que pone ese ardor en el pecho, que aprieta.

Es interesante la comunicación interna que hay entre los relatos. De uno de ellos, Rockerito83@yahoo.es, es afluente directo Bienvenida a San Bernardo, necesario por el morbo del ridículo que nos causan los fallidos esquinazos; de Italia, tan agridulce, su reverso es el último, que da título al libro, mostrando con más amargura si cabe la separación de dos que han compartido demasiado, la relación que no permite más y debe apartarse para respirar, dejando a la coincidencia el instante de volver a saber si entre ellas queda miedo o esperanza, algo.

‘Escribir es peligroso’, dice la hermana mayor en 29 de febrero, y entre esta colección me ha faltado un relato más que fuese uno de esos diarios de vida que alguna vez mencionan sus protagonistas, por gusto de continuar entre estas errantes vidas. Quiltras es un libro que gusta porque aparentemente parece inofensivo, pero ladra con los dientes apretados, enseña en sus cuentos la decepción que hay detrás de toda arrogancia o humildad, de toda crudeza o afabilidad.

 

Fotografía de ©Donna Salama

 

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Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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