Grandes galeones bajo la luz lunar

Cuando estamos solos, no estamos, dijo Maurice Blanchot, y cuando se llega a la vejez, nos damos cuenta de que es herida de horrible cuchillo, según Cavafis. Ambas citas tienen mucho que ver y se dan la mano en el último poemario de Luis Antonio de Villena (Madrid, 1951), Grandes galeones bajo la luz lunar (Visor).

Nos avisa en la nota final que es ‘elegíaco, sensual y bondadoso’ lo reunido, pero aparte de esa evidencia, he de comenzar señalando la negritud de fondo que hay en toda la lectura. Lo bondadoso aquí es como una sobremesa tras el atracón, más bien. Un paréntesis a la incomodidad, a la fatiga que nos acecha. Elegíaco y sensual, por supuesto.

Desde la publicación de Proyecto para excavar una villa romana en el páramo en 2012, la obra de Villena ha ido acusándose en su tono elegíaco, también en su melancolía, más despojada de la literatura o cultura con la que era envuelta en sus primeros libros, y aferrándose a una posición de espera al final que nos tiene que llegar, o que ha llegado y hemos de estar obligados a contemplar, a soportar. La caída de Alejandría. La llegada de los bárbaros. El exilio deseado. La muerte únicamente, dulce, piadosa para nuestra libertad pedida. Una posición fatalista la mayoría de las veces.

Los últimos trabajos en prosa de Villena —su tríptico memorialístico, una novela, un libro de recuerdos, tres ensayos— demuestran que sigue siendo un autor prolífico y notable en su ritmo de trabajo, y en todos encontramos los elementos mencionados. A destacar tres: el libro de recuerdos, Mamá (Cabaret Voltaire, 2018), la tercera y última parte de sus memorias, Las caídas de Alejandría (Pre-Textos, 2019), y la novela El exilio del rey (Cabaret Voltaire, 2019). En ellos están muchos de los escenarios, temas y fijaciones que el poeta madrileño ha vuelto a rememorar o le han inspirado para las creaciones de Grandes galeones bajo la luz lunar. Es por tanto un escalón más en la reciente tendencia de su obra. El dolor por la pérdida materna está, a la vez que otras figuras familiares femeninas, llenas de candor en sus reminiscencias, pero ganan terreno el paisaje colombiano, remarcado en el tercer tomo de memorias, y el pesimismo, su lento fluir, con frívola aceptación a veces, como en la novela mentada.

Es un libro de versos blancos, de poemas largos, como ha gustado de practicar desde anteriores casos, quizás en éste de forma más extensa hasta la fecha, con un toque prosaico que compone poemas que son casi relatos breves en algunas ocasiones. Se mantiene la luminosidad en sus alabanzas y cantos a la juventud dorada, dibujada en veranos y cuerpos que celebran el sexo, la lubricidad, el deseo lujurioso y la Belleza que es motor de una búsqueda incansable, que ha marcado toda una vida. Se refuerzan los barruntos hacia la sociedad que rechaza con trazos y adjetivos gruesos, comprendiendo su  soledad y lamentándose de la porquería que se va amontonando alrededor, ya sea la política, la incultura, la estupidez, y un largo etcétera. El Tiempo aquí es decisivo, a la vez dardo y diana.

Villena ha escrito un libro tremendo por su negrura, que se empeña en reiterarnos en la totalidad de los poemas, y llega a fatigar su mala leche que no maquilla, porque a la vejez, viruelas, claro, pero es comprensible su escasa necesidad, pues es dueño de su arte y controla perfectamente el rigor de las composiciones. Fiel a sí mismo, a su dandismo incurable, lustroso, magnífico, Grandes galeones bajo la luz lunar es una obra que molesta, inoportuna y que importuna al lector biempensante, moderado, es decir, aquel que nunca se haya aproximado a lo villenesco. Llama la atención su apelación al descanso que merecemos de esta vida, al cansancio que produce y sería mejor evitárnoslo llegada cierta edad, pues la vejez, para él y usando palabras de Céline, ‘es lo que sobra’. Preocupa. El hartazgo de la ficción bien puede ser el verdadero que se siente, pasado por un ligero tamiz; o no, y escrito crudamente. Queda en cada uno la averiguación de ese misterio. En cambio es de apreciar, pese a todo lo achacable, su equilibrio dentro de la selva salvaje que son sus páginas. Su martilleo constante está medido y no hay rastro alguno de temor en alzar la voz, y se eleva con creces, para comentar lo desgarrador y lo bienaventurado del final cercano.

Para uno, el mejor de todos es sin duda alguna Nights in white satin, sobre la vaguedad que deja el intento de recordar lo vivido. Poderoso, certero, hiriente en su calma.

La vida, la solar excelencia, la gracia del mundo, han quedado rotas. Se caen como desconchados de la cubierta mil veces usada, sí, pero siguen teniendo fuerza porque no se han agotado. Seguimos bebiendo aunque la sed esté desbordada, saciada, y el filo nos corte. Este libro es buena prueba.

 

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Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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