Los días eternos

¿Qué se espera de la luz cuando se escribe? ¿Por qué provoca embelesamiento quedarse en silencio a contar las motas de polvo que suben y bajan por el haz que atraviesa un cuarto desde la ventana hasta el suelo? Pudiera ser que ese momento de extrañeza, de sosiego por lo que estamos mirando, nos diera más claves para entender quiénes somos. ‘El blanco imposible permitirá/ desnudarse totalmente de la piel’. Porque la luz tal vez sea la única vía para enseñarse uno mismo al mundo.

Los días eternos (Rialp), de María Elena Higueruelo (Torredonjimeno, Jaén, 1994), se alzó el pasado diciembre con el Premio Adonáis 2019, en su septuagésimo tercera edición, e indaga con gran interés en dichas cuestiones, o al menos son algunas que desprenden su lectura. Con el apoyo platónico del mito de la caverna, el libro abre sus cuatro partes con citas que acaban resultando verdaderos escolios de lo que los poemas habrán de contarnos, o uno buscar en ellos, atreverse.

María Elena Higueruelo ha escrito poemas de revelación. La búsqueda de una rendija que nos provea de esa iluminación es constante, desde el primero en el que ‘el fulgor del ayer eclipsa el mundo’, hasta el último donde se ha de sembrar un sol del que nazca ese buscado instante —‘afilado hilo de luz’, nos dice la poeta— que posibilite al día ser eterno, a nosotros. Pasado y presente son sombra y rayo solar respectivamente en sus versos.

Según Higueruelo, habremos de aguardar al zumbido, a la admiración, para convertirnos en lo que creemos que proyectamos al mundo, aunque se quede en un frustrado acercamiento. Intenta así cada pieza de este Los días eternos ser más que ese contorno que dibujamos a contraluz en la pared, en nuestra biografía, y mientras tanto, descubrimos también la refracción del sentimiento amoroso, el miedo a perderlo, el gusto de imaginar el miedo a perderlo. Decir ‘Te quiero’ puede emborronar el canto de la sangre en el umbral de la voz, como al inicio de Doble stop. Siempre brutal el amor.

Es posible que sea el componente más biográfico del libro, siendo éste bastante abstracto, ideal por tramos, pero no perdiendo nunca el sentido vital de su propuesta. Aquí la palabra rebota y vuelve de las ideas, de lo literario, a la vida y al tiempo, constantemente.

Recientemente comentaba en una entrevista la autora el factor de la heterogeneidad en el libro, que aunque pudiera ser visto como una debilidad, ella lo utilizaba para dar un sentido. No es que haga de su capa un sayo, sino que verdaderamente aprovecha esa multitud de referencias para alumbrar su obra. Hay que destacar, y ya lo hacen las solapas del libro, su predilección por jugar con los mitos (Platón), con figuras bíblicas (Rut, Booz), que vertebran Los días eternos en su totalidad. Por tanto, no hay tanta heterogeneidad como puede parecer a priori, sino una sólida base clásica sobre la que levantar lo que ella cree conveniente. En paralelo, funcionan también los de artificio, los poemas más evidentes en su intención vanguardista, en el que las letras parecen salir disparadas o las voces se superponen como en las cintas rayadas de los en desuso videocasetes (Amarillo, Trance). Divertidos, la dosis justa para no atosigar.

De la noche oscura a la noche blanca, va pasando esa congoja que tiene su mejor representación, al inicio y final del libro, en la dama de Shalott. Como ella, hastiada de sombras y espejo, nos preguntamos qué tenemos aquí y qué es todo esto. Intentamos salir de nuestras maldiciones privadas para atisbar la dicha que podemos sacarle, ganarle, al tiempo; la celebración, donde sea que lleguemos. En el libro de María Elena Higueruelo se hace posible. Es su labor y es poesía.

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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