Lirio descubriéndose

Una conjetura: con sólo dos ediciones del premio Tino Barriuso de Poesía Joven, y una tercera en periodo de recibir manuscritos y futura resolución, es posible que se convierta en un certamen que, además de visibilizar los autores de poesía más jóvenes y con verdadero material que merezca ser compartido con los lectores pese a su juventud, pues ésta siempre es un doble filo a la hora de los juicios, apueste por libros de carácter renovador, diferentes, rompedores. Fue así con el primer ganador, Rodrigo García Marina y su Edad, acorde a su estatus inclasificable, punk.

El pasado febrero era el turno de su relevo en el galardón, continuando ese espíritu insólito en el, a veces, inamovible panorama literario: Oración en el huerto (Hiperión), de Juan Gallego Benot (Sevilla, 1997).

A pesar de haber fatalmente coincidido la fecha de salida con el momento más álgido de la cuarentena, a medida que ésta daba señales de apertura, el poemario iba llegando a quienes se mostraban curiosos y enfervorecidos por él; en las redes se hacía notar, y así prosigue, además de menciones y entrevistas en la radio y periódicos.

Oración en el huerto es un lance, de antemano, por las fuentes que han regado estas creaciones. El lirismo anglosajón, del que el autor ha sido estudioso y profesa predilección; la tradición mística, con especial atención a la obra de San Juan de la Cruz —muy importante para el caso que nos concierne— y otros también ingleses; la renovada utilización del imaginario andaluz, tan religioso y cargado de inciensos y perfumes ahogantes de la razón, no dejando opción más que a un primer estado de hipersensibilidad. Bien. Es uno de los puntos fuertes, no cabe duda. La baza, sin embargo, es la particularidad con que es tratada la paternidad, no por novedosa, sino por la óptica, como una suerte de revelación espiritual, un deseo que se pide y un estigma por no poder realizarlo.

Es un libro en el que la mayoría de evocaciones, ansias, son tal y no suceden en un lugar concreto, sino que campan a sus anchas en la imaginación, en las posibilidades que el propio lenguaje permite. ‘Podrías ser cualquier otro:/ mis cantos son tan generales…’ También en su coda final: ‘Y estos días, que quedarán/ invisibles/ cuando me olvide de todas las palabras’. Así mismo la religión. Está unida a la convivencia, a nuestro ser, según estos poemas, y por ello es capaz de crear la misma sed, la misma frescura saciante, que la experiencia amorosa. Esa dualidad, entre la celebración personal y el canto, la alabanza, a lo cristiano, es el eje de Oración en el huerto, de manera ascendente.

Para Juan Gallego Benot, la voz poética no es necesaria en forma de zarza ardiente, sino en agradable sombra de olivos, que es una sombra pobre, pero cargada de sensaciones y angustias que, aun no habiendo nunca existido, pueden ser tan veraces e intensas como el roce del vientre desnudo, como la felicidad que escapa del control, como la mejor de las amistades, como la naturaleza que nos alimenta con su sola presencia. En ella podemos reflejarnos para descubrir otra alma nuestra, quizá de carne verde y silenciosas riberas. ‘¿Recibiré, yo también,/ el llanto inmaculado/ de este sitio?/ Mi amor está dispuesto/ en tus orillas’.

Pero no es oro todo lo que reluce. ¿Mejor libro de poesía de 2020? Precipitado y dudoso, principalmente por lo que quede por publicarse, aunque sí estará entre los destacados. Resulta innegable el mérito de Juan Gallego Benot. Es una personalidad a seguir en su reciente llegada a la literatura, mas el resultado no es equivalente a su expectativa. Es un poeta y libro ambicioso, no temerario, porque se percibe su buen hacer y conocimiento, pero, y esto es valoración absolutamente personal, existen momentos en los que la atención corre el riesgo de perderse entre tanta metáfora y añadido neoandalucista. El léxico, en muchos poemas, está inflado sin motivo alguno. Lastres que impiden redondez a determinados que estarían a la altura de otros —más delicados, comedidos, como los número IX, XVII, XX, XXV y XXIX, posiblemente los mejores— y no quedando como relleno a piñón de elevaciones y palabras sonajeras. Como el verso de Altolaguirre que se cita, sobran ‘giros, trotes,…’.

Lo barroco, lo religioso, si no son llevados con tiento, crean una capa de limo, impidiendo brotar el potencial de quien escribe, lirio todavía por descubrirse ante nuestra mirada.

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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