Modianesca

Fue un verano extraño. Por las causas evidentes que vinieron después del confinamiento, sí, pero supongo que en cada uno se habrán formado otras distintas que le habrán hecho pensar estos meses estivales, o los que próximamente decida tomarse como tal, con cierta aprensión. Hay una atracción irresistible en dicho adjetivo. Dejaré cerrada la mención a la fatigosa pandemia y me centraré en este segundo punto.

Las ciudades en verano causan aprensión. Se vuelven más extrañas. Las que durante el resto del año ejercen de urbes soberanas se vacían. El ruido pasa a ser el silencio, imperturbable. Quien mejor ha sabido transmitir estas extrañezas es el escritor francés Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945), a lo largo de una obra que comenzó desde una mirada irónica y renegridamente ensoñada del tiempo de la Ocupación hasta las depuradas y profundas historias de pérdidas y búsquedas imposibles. Nobel mediante, pero que en absoluto ha afectado a sus preocupaciones o estilo. Mejor así, para sus detractores, por preservar nítida la diana para sus dardos, como para quienes hemos sabido ver en su prosa un temblor, una emoción que ha sabido persistir y ganar en riqueza.

En una entrevista del año 1985 para el célebre programa literario Apostrophes, Bernard Pivot le preguntaba a propósito de su novela aparecida entonces, Barrio perdido, por esta característica. Él respondía, con su particular vaguedad y ganas de no ofrecer una resolución a las cuestiones que sus libros proponen, ‘que París, que es una ciudad extranjera para sí misma, en el mes de julio se hace más extraña, con su aire de ausente’. Un Paris rêvé. Los que se hayan sentido tocados por la curiosidad hacia esta novela, invitados quedan a leerla, en la edición española de Cabaret Voltaire, o la original en Gallimard. Más no puedo desvelar.

Cada ciudad, con su idiosincrasia, se esfuerza en los meses del verano para no parecer la que habitualmente es. Y esto, en los personajes de Modiano, y en quienes decidimos transportarnos unos instantes a su mundo, trastoca sobremanera. Si nos urge volver a ciertos lugares que fueron de gran importancia en nuestro pasado, no los reconoceremos, no podremos encontrarlos una vez lleguemos. El pasado en sus novelas es una perpetua marca de agua que terminará por diluirse. El río de Heráclito. Las ciudades acaban por no existir. El París de la juventud jamás volverá a la superficie por mucho que achiquemos. Evidentemente, pensarán algunos. Pero quedan por suerte los nombres de las calles, los listines telefónicos, la cartografía para constatar las mil y un desapariciones, muros tirados, boutiques exóticas, fachadas. Modiano se rodea de estos objetos: las agendas, las libretas repletas de direcciones o apenas usadas, más misteriosas si cabe. Todo habrá de esfumarse; aferrémonos a ellos antes de que el olvido, como el Sena con sus muelles, los moje.

Bordeando ese río, están los puestos de libros de saldo, postales y demás material de derribo que termina siendo acogido por manos piadosas y con el raro afán del rebusque, del coleccionismo. O enamoradas del pasado, sin ser poco. En sus cajas, entre los lomos y resmas amarillentas, se topa el protagonista de Souvenirs dormants (Gallimard, 2017; Recuerdos durmientes, Anagrama, 2018) con uno cuyo título le retrotraerá a una serie de encuentros ocurridos en los años sesenta. Una joven con la que paseaba en compañía de su padre por el bosque de Boulogne, que un día sin más motivo desapareció. Otra con la que se citaba en un café antes de acudir a su trabajo en la radio, por la que el interés en los libros esotéricos se puede colar un amor ensoñado, sin necesidad de ser correspondido. Así cuatro más, todas regresando de entre las brumas, cincuenta años después. Y especialmente el rostro de una bailarina rusa que vio actuar cuando era un niño. Ese detalle oscuro.

Los escenarios, que el invierno y el peso de la reminiscencia vuelven más porosos, se suceden, se antojan cambiantes. El valor de la novela reside en dar muestra de la levedad que existe en el propio hecho de recordar. Puede que nada nos resuelva en la vida presente, puede que todo hubiera continuado igual de no habernos detenido a pensar en ello. Pero al mismo tiempo lo hacemos. Y ese misterio que regresa un día, ¿por qué gira y gira sin parar en su empeño de cercarnos?

La memoria borrada necesita explicaciones. No parece razonable, pues el olvido en su nada es un todo. Pero es gracias al empeño de la figura del detective como mejor se puede llevar a cabo. Emparentada con una de sus obras maestras, Calle de las tiendas oscuras, y bien posicionada entre otras del buen puñado, está su última. Encre sympathique (Gallimard, 2019) retoma el mejor pulso de su autor, dedicado una vez más a la brecha de las investigaciones a fondo perdido. Al joven aprendiz de detective Jean le ha sido encomendado un caso de poca importancia, la desaparición sin rastro de una tal Noëlle Lefebvre. Este nombre, como otros que se amontonan a lo largo de todas sus páginas, que podría haberle dicho nada, acabará siendo un eco que resonará por décadas. ¿Y si, aunque se mezclen lo recordado con lo imaginado, podemos decir que al final todo ha merecido la pena?

Un cierre magnífico que da sentido a todas las bridas y tintas simpáticas que surgen después de tantos años, señalándonos lo que había pasado desapercibido, desmintiéndonos aunque nunca hubiera tenido lugar. Modiano siempre nos ofrece, bajo su escritura leve y ágil, una hondura digna de los mejores desengañados que necesitan la literatura, de quienes no se fían de la realidad, pues ésta no acaba siendo más que sombras pasajeras y esencias furtivas.

Fue un verano extraño pero mejor en compañía de sus recientes novelas. Uno sentía la exigencia de volver a esas escenas otras veces visitadas con asiduidad, y por suerte, seguían todas intactas. No es Modiano un autor que invite a que se desmenucen sus novelas, más bien a leerlas y guardarse esa sensación dudosa de fascinación, y después probar con otra y otra, a pesar de que acabemos por confundirlas. Alguien va por esas historias, nos es familiar, pero apenas queramos saber más se antojará huidiza la respuesta, borrosa detrás del cristal, preparándonos el territorio donde sucederá nuestro desvelo.

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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