Posponer el fin del mundo

La vida desde el balcón, podría haberse titulado. Al cerrarlo, y también el libro, uno comprende que es de los lugares más citados o al menos a los que más apego se demuestra en sus páginas. Nos permite imaginarlo más privado, ya adentrados en la serie de confidencias, notas, apuntes que han surgido del gran triste suceso que ha copado titulares del mundo desde principios de año.

El diario de Jordi Doce (Gijón, 1967) llevado durante los tres meses de confinamiento pertenece a ese nuevo grupo que ha ido viéndose desde finales del mismo: el de los escritos que harán referencia o han nacido a raíz, a pesar, de él. Ya sea mediante estrategia editorial, siempre ojo avizor, o verdadera voluntad de quien escribe, estos tendrán su lugar como primeros en aparecer una vez fue terminado ese amargo periodo, todavía temido por si volviera. La literatura sobre la cuarentena será mirada con lupa, sí, por lo que hace sospechar de oportunista, de tajada sabrosa que puede sacarse, pero entre tanto bocado juicioso siempre podemos encontrar obras que han intentado evitar estas evidencias.

La vida en suspenso. Diario del confinamiento (Fórcola) es una de ellas a mi parecer. Puede haber precipitación, pues no me he atrevido de momento a leer más referido al susodicho tema, por la nula intención que tiene uno de echar sal en la herida, en la impresión por acercarse al lugar donde recientemente ha sucedido todo. Y es que ahí estábamos, en nuestras casas; unos sacando capillas sixtinas al gotelé del puro aburrimiento, otros llevándolo como mejor podían. La inseguridad y el pudor de comenzar a pasar a limpio los días, como es el caso del autor —según nos recuerda y a sí mismo—, nace del puro intento de evasión a la realidad que nos estaba tocando afrontar, además del exceso de información periodística —un factor de lo más dañino durante todo este tiempo— y por necesidad literaria también, pues el escritor es en todas partes y circunstancias.

¿Era realmente necesario, y después editarlo? Sí. Teniendo un comienzo engañoso, con su ironía, su esfuerzo en parecer despreocupado para quitar hierro y el repaso banal de la serie de acciones que, desde la mañana a la noche —insomnios incluidos—, procuraba realizar con el más normal y cuidadoso de los tratos, se advierte enseguida que la naturalidad con la que nos es contada toda la peripecia cotidiana no tiene nada de máscara. Posar en un diario es inevitable, y mejor hacerlo incluso, diría, pero La vida en suspenso tiene una escritura más que correcta, una narración que en ningún momento estomaga o tiende a derroteros. En este caso, el calendario no pudo dar más claras las pautas. Doce se limitó a plasmar lo que más le entusiasma, según nos confiesa, en lo que él escribe y en los escritores que más le conmueven: la celebración de los pequeños detalles. Según pasan las jornadas, va cubriéndose esa jovialidad de una equitativa gravedad, pero en absoluto moralista. Gana terreno la reflexión sobre las conductas de los ciudadanos que pasean, cuando pudieron volver a hacerlo; sobre el silencio que habíamos ganado y se vuelve a ceder al tráfico y ajetreo urbano, sobre las añoranzas y recuerdos que nos parecen de otra existencia, sean de hace diez años o nueve semanas atrás. Ganan mucho las que versan sobre el canto de los pájaros, y me hacen acordarme de otro diario, el de Marià Manent, que guarda relación con el de Doce en cuanto a sensibilidad respecto a lo frágil que tiene esa música, la gran sabiduría que conlleva el distinguirlos sin verlos, sólo por su piar que se pierde de aleteo entre árbol y árbol. Al hilo, y siguiendo con la mención de renombres, Emily Dickinson, con una traducción que nos saca al paso, reconfortante. De su encierro al nuestro, la tormenta se hace menos amarga.

Este diario se aferra con esperanza a lo que sea por venir, pero con actitud. No precisa expresarlo tal cual, le basta y se entiende en cada una de sus entradas: todas un llamamiento a la sensatez, respecto a la pandemia o a la manera de poder ganar una partida de Scrabble a su hija. Incluso a llevar con la mejor de las enterezas el aluvión y vacío de anuncios de Idealista en la bandeja de entrada del correo. Tiene lo necesario para conseguir posponer el fin del mundo durante unos instantes: un inventario de tareas por hacer una vez acabe todo, sin obligación de cumplirlas; una declaración velada de amor por el barrio de uno, un puñado de buenos deseos para los amigos, varias menciones a otros escritores o el mundo literario en general. Lo que se espera y nunca defrauda.

Nada es importante al final, pero está bien en el durante poder cruzarse con libros así, desprovistos de cargas imperecederas, raros por tener esa singularidad humana que es atenerse al presente, correcta nuestra elección o no, pues el futuro da vahídos.

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
Enlace para bookmark : Enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Límite de tiempo se agote. Por favor, recargar el CAPTCHA por favor.