Donde fue la infancia

Decía Carmen Martín Gaite en una entrevista a finales de los setenta que, debido y gracias al hecho de haber nacido en una ciudad de provincias, había procurado conservar y mantener a lo largo de su vida una suerte de tranquilidad, un ritmo lento que le permitiera disfrutar de toda actividad cotidiana que se le preciara: pasear, comer, conversar, lo cual no quería decir que las realizara con desatención o pereza. Era una demora que le facilitaba esa degustación.

Algo de ese ritmo lento se acaba contagiando al lector cuando abre Inventario del paraíso (Libros Canto y Cuento, 2019), de Víctor Colden (Madrid, 1967), su primera novela. Por experiencia propia, a escasos días de haberla terminado, puedo decir que es cierto, que pese a su extensión —la de una novela al uso, llegando a las trescientas páginas— he procurado leerla con la mayor paciencia posible. Ninguna prisa me tentaba. La novela en sí tampoco te incita a ello, y aunque los capítulos son breves, uno siente que ha de pasar por ellos con la mayor tardanza. No hemos de buscar aquí un conflicto, un suspense solapado que vaya desvelando y sorprendiendo. La buena extrañeza de Inventario del paraíso es la ausencia de esas cargas narrativas. Lo que es contado, ha pasado; pese a que ya no esté, sigue ocurriendo cuando es nombrado.

Los veranos en la finca malagueña Las Palmeras. Michi y sus hermanos y primos. Evitando a toda costa los derroteros más dolorosos del ubi sunt?, Colden elige un tono más suave, a veces limítrofe con la cursilería que no teme, para acercarnos a esta familia y sus ocupaciones estivales. Del lado siempre de los niños, conoceremos el afán trabajador del abuelo, inventando y miniando en el garaje, y pobre del que osara molestarle; el ritmo —una vez más— lento de la abuela, el parecido a sus tortugas coleccionadas; los mil y un divertimentos que llenaron de vida Las Palmeras y el mar cerca, con su rumor inamovible. La preocupación de Colden es similar: en su novela los recuerdos siempre han de hacerse notar y correr paralelos a las acciones, sobresaliendo de la zona marcada por los pasos, cubriéndolos pero sin transformarlos. No corre ese riesgo. Simplemente los revive, volviéndose más nítidos. Las palabras que elige para hacer una biznaga, igual de olorosa que la formada por jazmines en manos de su abuela, donde la convivencia de sonidos más sutiles es junto a otros más rotundos. Pitracos, inolvidables, para echar de comer a los perros. El terral, implacable, que sopla y ahuyenta los juegos.

A su manera, esta novela repasa una parte de la historia del país. Los años del tardofranquismo y ciertas evocaciones anteriores. Sin precisar muchos detalles, unos cuantos nombres y fechas, nos sitúa en el dramatismo de los hechos, de las imágenes que atañen a toda una generación (las series de televisión, por ejemplo). Muchos serán los que se vean identificados, y a muchos otros les será útil como entrada de interés a conocer un pasado todavía reciente, que aún hoy se malinterpreta, se inventa malintencionadamente, o peor, se olvida.  

Poco importa ese tesoro que nos atrapa al principio. Lo recóndito a buscar y traer de nuevo a la palestra por el autor es la necesidad de recuerdo y viaje. La satisfacción de unirse a esa pandilla y participar sin que se note demasiado la intromisión. El placer del texto, que decía Barthes, en su máxima expresión, entendida por Colden con amabilidad hacia el lector. Lo invita a la aventura, y recorriendo cada rincón de la casa y el jardín, la posibilidad de hallar sus propios dinares, quizá en los años vividos o en la imaginación. No es poco. 

De próxima aparición, y en la misma editorial, es su segundo libro, un compendio de prosas misceláneas. Quienes hayan disfrutado con Inventario del paraíso, no les quepa duda que habrán de reservar tiempo de lectura para ser aprovechado en el siguiente. Para combatir los descreimientos actuales, nada mejor que la literatura, pues ahí son mejores las mismas amarguras y felicidades.

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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