Las alturas

Los que tuvimos la suerte de acudir a la gala de entrega del último Premio de Poesía Joven RNE-Fundación Montemadrid, en su XII edición, percibimos una resistencia, una voluntad que pudiera con todas las circunstancias, una evidente y principal, que amenazaban su realización. Fuimos pocos y el acto breve, pero más sentido el ambiente. Unas palabras, unos poemas recitados y el apoyo de los amigos. Buen sabor de boca pese al carácter restringido, como de fiesta clandestina. 

El ganador de este año es el poeta Antonio Díaz Mola (Málaga, 1994), con Apostasía (Pre-Textos), obra aplaudida unánimemente por el jurado. 

Con la premisa —según contaba el autor en ciertos medios— del pasado confinamiento, inició la escritura de estos poemas que, si bien entendemos que el dilatamiento de tiempo que hemos tenido durante los meses de encierro le ha servido para fraguar y reflexionar sobre los temas de los que habla en el libro, con una base y excusa religiosa como anuncia el título, no ha surgido un poemario del confinamiento, por suerte. Con los informativos y las redes sociales ya tenemos suficiente hartazgo.

Apostasía tiene una desconfianza total a las certezas, las verdades y los absolutos, pero curiosamente sus poemas no pueden ser más tajantes, los versos de la primera parte especialmente. Ésta es la más embebida por los símbolos y referencias a la religión católica. El primer poema, Dios, pone en aviso de los peligros que concierne la fe ciega —fe, al fin y al cabo— hacia éste o cualquier otra deidad de las múltiples que en el mundo se adoran. Todas son oscuros pensamientos que acaban bajo el peso de la claridad: ‘El sol es funeral de tu creencia’. Se va mostrando una visión apocalíptica, desde la particularidad de ser imágenes que evocan la calma de una amanecida o un crepúsculo, el toque de unos labios con piedras sagradas, el agua, las representaciones que el pasado hace de nosotros (‘Luz que enlaza contigo,/ la que nos muestra vivos en los antepasados’) y las ideas que construimos en torno a ellas (‘nos mancha la vista creer que somos/ tan héroes como quien posó desnudo’, ambos de Imagen de un Cristo). Díaz Mola renuncia a formar parte de ese rebaño. Puede entender, sentir compasión, empatizar desde su sensibilidad, que es grande, pero de manera secreta, con la cabeza agachada, nunca hermanándose con la espiritualidad de los dogmas. ‘Morir dos veces no’. Cuando se es polvo al final, ya está, no hay ascensión, es innecesaria, pues ya es libre aquel que ha decidido vivir siempre con la tête ailleurs, en las alturas. Como dijo el crítico y poeta José Luis García Martín, la poesía, que se relaciona con el sentimiento, es también el lenguaje de la inteligencia. 

La segunda parte abunda en la imaginación, en la captación del mundo desde un prisma ilusorio. Los títulos de los poemas, vestidos de imperativos, te colocan en esa alternativa: Tendrás un animal fetiche, Visitarás playas al sur, No copiarás versos ajenos, Usarás amapolas blancas como arma arrojadiza… No hay otro remedio. Hay que comprender desde las entrañas, explorando el paisaje y las posibilidades del lenguaje. Aunque el día no lo demuestre, ‘la vida es absoluta, y no la carne’. Dejamos atrás las elevaciones y llegamos a la tercera parte, Seis poemas de amor, para el gusto de uno, la más conseguida y válida para autorizar a Díaz Mola como un autor con dominio y seguridad de su forma y fondo. Aquí se desembaraza de las cargas anteriores; se parece más a las enseñanzas recibidas de sus mentores, Álvaro García a la cabeza, y a sí mismo. Un romántico que saca partido de la coyuntura más áspera. 

De principio a fin, Apostasía mantiene su fuerza. No hay una composición sobrante. Habría de vigilar, respecto a la primera parte, el carácter filológico de su estilo, a veces excesivo y revelando el arrojo, el deseo de fascinar y deslumbrar. Las palabras ya se encargarán de ese cometido, no ha de verse al poeta detrás relamiéndose por lo bien que ha quedado este adjetivo o encabalgamiento. Tampoco tiene más importancia. Por último destaco que, aparte de ser una ópera prima de nivel, es un libro que soporta múltiples lecturas, pues la rareza de Díaz Mola es su utilización de la sonoridad —en voz alta, cercana a la mística—, la riqueza cultural que desprende y a la vez la unicidad, tan difícil. En dos pinceladas: intimidad y celebración. 

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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