Los muros de Itzea

El refranero, cual sea su nacionalidad, es siempre sabio. ‘Si estas paredes hablaran…’ dice el clásico para referirse a cierto temor de que algo se hiciera público. De la familia Baroja podría decirse lo mismo; no refiriéndome a oscuros secretos ni costuras tapadas celosamente, sino a que ellos han constituido un inmenso tapial en la historia literaria de nuestro país, que unos han recorrido como apoyo y agradecidos de su firmeza y otros han procurado a la mínima oportunidad picarlo, cubrirlo de sus grafitis y desacreditaciones. Cada cual con sus fundamentos y tirrias, éstas libres de sentirlas como mejor deseen. Después de tantos años, ahí siguen.

Un habla con autoridad es la de Pío Caro-Baroja Jaureguialzo (Madrid, 1969), y añado el apellido materno para diferenciarlo de su padre, el cineasta Pío Caro-Baroja, muerto en 2015, y a quien dedica principalmente El cuaderno de la ausencia (Cátedra), una elegía en prosa donde rinde tributo y vuelve la mirada una vez más al universo barojiano, a la casa navarra y la malagueña; en ellas, en los familiares vivos y recordados, en los que estuvieron cerca de él, encuentra siempre la mentada ausencia. Son los mismos que conoce desde su infancia, pero ahora cambiados por esa pátina gris, por el agujero bajo los pies que el autor comenta, por el dolor en el pecho. 

Este es un libro sobre los huecos que deja el duelo. No sabemos cómo taparlos para dejar de  perder fuerzas por ellos, cada vez que se recorre una estancia y deseamos que el que se ha ido permanezca agazapado, esperándonos allí, como la broma de un niño; cada vez que el abatimiento se nos vuelca encima y nos importa poco la mancha, tal es nuestra apatía. 

El cuaderno de la ausencia se empezó a escribir como una serie de notas, quizá en su intención más terapéutica de inicio, al mes de morir su padre. Las que vendrán son la errancia, y tiene mucho de barojiana esa acepción del libro, que Caro-Baroja mantendrá en su recorrido desde esa fecha, desgranando lo genuino de su estirpe. Tiene las mismas dosis de carta al padre, siendo esta la capa superficial del libro, que de inventario, crónica de aventuras, viajes, sorteo de incansables comentarios envenenados por movimientos pasados o futuros del tío Pío (la publicación de Los caprichos de la suerte, la sesenta conmemoración por su muerte), y homenaje a los queridos; a la abuela, al tío Julio, imprescindibles en la memoria. 

Se da cuenta en este libro de las prácticas y derroteros que uno hace y toma cuando le falta aquella persona de vital importancia. La muerte siempre es peor para los que quedamos, haciéndonos testigos obligados de todo lo que han dejado quienes se han ido. Notamos en los viajes, evocados y realizados en el momento de escribirse, ese vaivén sin mucho sentido, el sentirse trasladado de un lugar a otro sin pena ni gloria, porque la cabeza se encuentra lejos, siempre en distintos enclaves y cerca del padre, en sus últimos días, mientras uno va acumulando los suyos o echándolos por la borda, como papel quemado entre las manos, sin saber muy bien qué hacer. El horror vacui ante lo que desconocemos cómo sentir. Caro-Baroja se refugia en las tareas editoriales, en la atención de los amigos (también, hablando una vez más la memoria, con los de su padre; los nombres de la tertulia del Wellington) que se acercan a Itzea o El Carambuco o son encontrados de imprevisto, en las estampas de la naturaleza que nunca ha faltado a su cita con la melancolía: ‘¿Cómo sería la luz en la biblioteca y en el desván hace media hora? ¿Tendrán en este momento flores blancas los magnolios y bayas rojas los acebos del jardín? ¿Soplará el haizegua, alocado, arrastrando a su paso, en remolinos, las últimas hojas de los tilos y castaños de Indias por los caminos de piedras, o, por el contrario, será un día lluvioso y oscuro, con las losas convertidas en espejos y las hojas de las hortensias brillando verdes bajo el agua? ¿Continuarán aún cruzando las palomas, los zorzales y las becadas por los collados de Usatita, Lizuniaga y Chorilepo camino del calor del Sur? […]’

No se derrumban estos cimientos barojianos, ahí siguen, porque El cuaderno de la ausencia es testimonio de la sujeción que —a pesar de sobrevenirnos el mayor de los males— nos mantiene en nuestro lugar, nos anima con lo nimio y entretiene con lo cotidiano y sus historias; con los recuerdos que al final son los únicos que permanecerán, con gusto del paseo por un mundo que casi ha desaparecido. 

A su padre no podría haberle dado mejores honores, así a los que se decidan a su lectura. Enseña este libro que la vida sigue. 

Fotografía de Julio Caro-Baroja y Pío Caro-Baroja de ©Fernando Larruquert.

Acerca de Luis Bravo

Madrileño. Me gusta pasear y leer libros.
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