La memoria sentimental

Hará semanas de este paseo con un amigo. Hablando, desatendimos el rumbo; seguían los pasos y sólo esperábamos la respuesta de uno para el otro dar la consecuente opinión, refuerzo o réplica. Cuando levantamos la vista de nuestra conversación ya era demasiado tarde. No sabíamos de esas calles, no estábamos perdidos, pero evidentemente resultó que ninguno las conocía ni las había pisado antes. A caballo entre La Latina y Las Vistillas, barrios que suelen ser mencionados como los preferidos —y con razón— de muchos, nos detuvimos en una plaza a escasos metros antes de salir a Bailén. Dos pinos sombríos cercados por lavanda y otras malezas. La fachada que guardaba sus espaldas como un buque entrando en el puerto. Los tejados rasgando un cielo de por sí herido esa tarde, consecuencias de la tormenta que no se atrevía a formarse: grises, azules de ultramar y naranjas. Con ensoñación, uno parecía encontrarse en una de esas plazas lluviosas de la mitteleuropa. 

¿Qué se piensa en realidad cuando vamos de paseo? Acompañados o no, lo mismo: reflexiones que entran y salen, dejando mayor o nulo rastro, como personajes barojianos. La ciudad puede ayudar o servir únicamente de fondo cambiante. En cada uno está la decisión de sentirla, entenderla, vivirla. Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, León, 1953) ha necesitado cuarenta años, y de estos últimos cinco de trabajo, para escribir Madrid (Destino), su carta de admiración y largo agradecimiento a la ciudad que, no garantizando nada el ser de allí, para él ha significado todo o casi todo. 

En ella vive desde 1975, pero la primera venida fue cuatro años antes. Una disputa familiar llevó a él y su hermano a partir hacia la capital. En este primer capítulo está la gran estampa de ese tiempo suyo y manera de sentirse: como dos vagabundos, maleta en mano y decididos a la aventura, detenidos ante la inmensidad de los edificios de la Gran Vía esquina con la Plaza de España, con su bullicio y aires hollywoodienses, manchegos o casi soviéticos respectivamente. Un escenario que el autor había prefigurado mil veces gracias al juego del Palé, ahora ante sus ojos, olvidando los precios que se disputaban esas calles en el tablero de juego. Empezaba otra partida, más decisiva. Como muchos otros antes y sin intención de deshacer su marcha, había venido a Madrid a ponerse a la cola, como en el consejo de Baroja (uno de los autores, junto a Galdós, JRJ, y otros habituales predilectos en las hojas de Trapiello), y así fue. Pasadas las iniciales vicisitudes, vinieron el conocimiento y reconocimiento, los primeros libros, el Rastro, el amor, la Movida, la paternidad, las dos casas, las labores editoriales, las amistades que permanecieron y otras más fugitivas pero que aun así duraron en el recuerdo, algunos premios… Hasta el presente, con su dura pandemia, pero sin fuerzas ésta para diezmar las ilusiones (disculpad cierta cursilería), lo que sea que pueda movernos cada día; en fin, las lindezas literarias o vitales que incitan tanto a levantarse de la cama cada mañana como a decidirse en la tarea de escribir un libro así. 

Como el autor ha repetido en numerosas declaraciones desde que Madrid fue publicado, los libros que se dedican a ciudades son fascinantes —unos cuantos, sí—, pero todos acaban aburriendo. Excepciones aparte, todos terminan por repetirse unos a otros o el interés del lector se diluye en las enumeraciones de nombres, leyendas, hazañas locales, constatadas o no, etc. No es que en este caso sea distinto, pues bebe de todos los anteriores que Trapiello haya leído, sino que la diferencia que agradecemos radica en que la memoria suya corre pareja a la de Madrid, como hace el afluente tímido del río al que deba unirse  tarde o temprano. No son memorias al uso, tampoco un libro sobre Madrid: es la posible y particular suma de ambos. En realidad, las etiquetas serían dificultosas, pues sus costuras y vertientes son muchas, y está bien así. El grueso mejor y más importante son los capítulos uno al veinticuatro, pues se entrelazan como un rosal viejo los episodios de una vida y el crecer de la capital, seguido de unos Retales madrileños que apuntalan, con desigual interés, la ancha y caudalosa lista de personalidades y rincones. El consejo de uno: conviene tomarse su lectura con paciencia y lentitud, pues se apreciará mejor la calidad, que es notable. 

¿Era necesario un libro de este calibre? Trapiello, como los homenajes de su maestro Gaya, ha metido la ciudad en una copa de agua y ha pintado sus propias conclusiones de belleza y finura madrileña, sin obviar los trazos gruesos, lo sombrío y todo lo que ya no existe y parecía tan firme. Se pega cierta melancolía —de lo que no se ha vivido, peligrosísima— al saber y contemplar fotografías de tantos lugares que fueron demolidos, cambiados hasta quedar irreconocibles o remozados y con su encanto desaparecido. Hay que aceptarlo. Por edad, uno no podría haberlos conocido o no como se nos cuentan. Pero Trapiello no se ciñe a la elegía, prefiere contentarse buscando lo bueno del presente. Del mismo modo que todos los pasados para distintas generaciones han resultado mejor vistos que sus presentes, se puede aprender llegado a una edad que no es necesaria tal vista atrás, que todos los presentes, como sean, son únicos en sus aciertos y deficiencias. 

Entonces, ¿era necesario este libro? Sí. Para su autor funciona como constatación de esto último mencionado, para los lectores asiduos a su obra como una feliz reunión de lo mejor suyo —bien señalado esto por la reseña de Alberto Olmos—, y para la ciudad como una sutil reverencia por lo que se le debe, por haber dado tanto sin pedir a cambio. 

No quiero detenerme en todos los aspectos importantes de Madrid, porque cada uno mejor los descubrirá por su cuenta una vez se adentre en él, y por su carácter monumental que haría agobiante esta reseña de querer señalar todo al dedillo. Voy a quedarme con lo que a título personal más me ha conmovido: las andanzas de finales de los setenta y principios de los ochenta y noventa, por supuesto, cuando Trieste nacía y moría y el proyecto Salón de Pasos Perdidos comenzaba; las iniciales vicisitudes que antes he mencionado, con una peripecia nocturna desternillante y fascinante por el barrio de Carabanchel bajo y las inmediaciones del Manzanares, al más puro estilo, una vez más, sí, del mundo barojiano; la atención a los pintores y fotógrafos que sacaron de la Villa lo mejor de sus dones (Velázquez, Solana, Goya, y en especial como descubrimiento, Carlos de Haes, con un cielo que es real); las ganas de volver a leer Fortunata y Jacinta; la imagen de Trapiello joven, aturdido por el cambio de vida, desamado y con tiempo libre, caminando y caminando por la ciudad, por los arrabales cuando eran otros, en las orillas del lago de la Casa de Campo, con sus ejemplares de Austral bajo el brazo, en atardeceres de incertidumbre porque la luz de esas horas es la adecuada para sentirse así, escribiendo cohibidos versos, porque él se sentía poeta, pero no se atrevía a confesarlo… Lo narrado esos años me ha llevado también a pensar en la diferencia de oportunidades. He tenido la impresión que antes, por muy cuesta arriba que se pusieran las condiciones, era un poco más fácil buscarse la vida, aunque se dieran incontables tumbos hasta una cierta estabilidad. No sé. Ahora parece que la precariedad nos ha dejado en la oportunidad de los tumbos, nada más. Será que estoy mirando el pasado con mejores ojos, pero intentaré no caer en la trampa. Eran otros tiempos. Los de ahora como los de entonces, los mejores y los peores, ya se sabe. 

Madrid, si es llamado a ser uno de los libros destacados de este año, será merecido. Un año que ha dado menos en comparación a anteriores, por causas evidentes, pero que tanto en prosa como en lírica, por lo que he ido leyendo, no ha bajado el listón. 

Para acabar con una nota juanramoniana, decir que Madrid es un libro ‘perfecto e imperfecto, completo’. 

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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