Miguel d´Ors

La biografía de este poeta y escritor es un misterio. Las líneas son claras si deciden buscarse: los lugares aparecen una y otra vez en sus poemas, Galicia, Navarra, Granada. Dónde estudió y vivió, a qué se dedicó profesionalmente es fácil saberlo, él mismo ofrece esa información. El trazo de su vida es como el que cualquier otra podría dibujar. Y aun así, lo envuelve un misterio. Leyéndolo, se comprende mejor este intento vago de uno por hacer patente ese velo lluvioso, de bruma, que tienen sus escritos. Lo d’orsiano que disfrutamos y al que es un placer invitar a terceros a descubrirlo, sentirlo, o dejándolo apartado un tiempo para que, a los que somos viejos conocidos, nos vuelva a saber nuevo ese acto de leerlo. 

Para estos días en los que la nieve se ha vuelto resistente y acomodado hielo y juega a hacer la competencia a la atención mediática y de las gentes —no empieza mal el año, podría ser peor, démonos con un canto en los dientes— ocupé los ratos en la antología Punto y aparte (1966-1990) (Comares, col. La Veleta, 1992) que, si no contiene el completo de su obra como la más reciente editada en Renacimiento, resulta atractiva por estar, desgraciadamente, fuera de catálogos y editada con gusto, como manda el estilo de dicha colección. Sobrecubierta negra con un león rosa y detalles en azul, también las letras del título y su nombre. No vienen los libros íntegros; es una selección desde el 1967, el primero, hasta el último poema escrito en 1990. Esto da fluidez al pasar de uno a otro, pero también no saber con exactitud —salvo que se sea estudioso o acérrimo fan— a qué libro pertenecen. Carece de importancia. El propósito podría ser ese, confundirse y no hacer más caso que a las inquietudes y esmeros, porque la precisión técnica de d’Ors es notable y desde hace tiempo alabada. Un poeta, no obstante, que ha visto crecer su reconocimiento de manera paulatina. Aunque alguno tuviera segundas ediciones, las tiradas y publicaciones de sus libros iniciales fueron limitadas, propicias a pasar desapercibidas, hasta que todo cambió con la concesión del Premio Nacional de la Crítica en 1987. Desde ese hito, la caída del caballo de algunos y la razón dada a quienes venían defendiéndolo en antologías o reseñas. O no, y los que estaban en sus trece y en contra se mantuvieron tal cual. Bueno. Miguel d’Ors ha vivido siempre tranquilo respecto a lo que el público se refiere. Viviendo su vida en provincias, por gusto a la vida provinciana, que no la pueblerina como diría en una entrevista, ha sabido mantenerse al margen de las comidillas literarias, pues roban tiempo de escritura. Ese alejamiento no le ha quitado sus quinientos lectores, incrementados seguramente si pensamos su influencia actual. Un poeta que ha sido calificado como fácil, figurativo, pero que no se adecuaba a un redil exacto. Ha ido a la suya y ha hecho bien. Es un rasgo que aprender si en esos charcos andamos metidos. 

Católico, profano, defensor del paraíso de la infancia (uno de las patrias más recurrentes en sus poemas), quisquilloso, piadoso, sensible con la minucia, con lo que se escapa, con lo que no puede dejar de recordarse, irónico, en ocasiones místico (sin pasarse), investigador de la obra y vida de Manuel Machado, culto, dominador de su estilo, a caballo entre lo antiguo y lo moderno, recordando sus composiciones a otras suyas, en diálogo constante, haciendo patente que su obra está viva por donde sea que se coja, como un paisaje infinito. ¿Por qué el misterio entonces si todo parece tan nítido? Porque quién es Miguel d’Ors, quién el que escribe y quién el que siente en lo escrito; en sus palabras, ‘este intervalo […]/ entre la rosa ardiente que corto para ti/ y la rosa sombría que mi mano te tiende’. 

La vida idílica cuando era pequeño, el ardor de la juventud y años de profesorado, de matrimonio e hijos que van conociendo el mundo, él al lado de todos esos elementos como espectador. ¿Son suficientes? Preguntarlo a un escritor es como escupir hacia arriba, pues sí, claro, el ámbito privado de cada uno puede albergar tanta felicidad como desdicha, nunca lo llegaremos a saber con precisión. Mas algo de insuficiencia, de insatisfacción existe, actúa como aliciente a escribir. El mundo real, en toda su magnificencia, no vale por sí. Se le van cayendo los podría haber sido, los yo que pude, los contrastes entre su rutina oscura con las hazañas más propias de una aventura. Él preferiría estar a bordo de la Kon-tiki, escalando el Annapurna, acompañando a Humboldt en la exploración de tierras moldeadas por el Orinoco. Pero lo que tiene es una maravillosa habilidad para amasar las palabras y crear lo que puede ser bello aun sin verlo, sin poder estar allí. Las palabras son nada, tinta sobre papel, pero ese cinismo no nos abate, acaban significando lo que no sabíamos que buscábamos. Y el humor, por supuesto, no se evita. Sus poemas Lecciones de Historia, Injurias, “Poesía de la experiencia”, entre otros muchos abren paréntesis de inteligente guasa. Un poeta, en definitiva y como él mismo se define, variado y a quien no le importa serlo (ni poeta ni variado). 

Queriendo invitar a los que todavía fruncen el ceño cuando se les habla de él, adjunto a este artículo uno de muestra, Otro poema de amor, de su libro de 1987 Curso superior de ignorancia:

 

Qué dicha no ser Basho, en cuya voz

florecían tan leves los ciruelos,

ni ser Beethoven con su borrasca en la frente

ni Tomás Moro en el taller de Holbein.

Qué dicha no tener

un bungalow en Denver (Colorado)

ni estar mirando desde el Fitz Roy el silencio

mineral de la tarde patagónica

ni oler la bajamar de Saint-Malo

y estar aquí contigo, respirándote, viendo

la lámpara del techo reflejada en tus ojos.

 

 


Vamos ganando en olvidos, contra eso no hay oposición, por muy preparada, que valga. Nos dará vergüenza haber hecho poco o ningún caso a los lugares que pudimos juzgar comunes, iguales a otros cientos, que en realidad guardaban un paliativo para nuestras horas más duras, para cuando no nos soportamos; imágenes que mejor no impidamos broten si es su designio llegado el momento. Una respuesta nos darán, un consuelo, un renovado ánimo que creíamos desgastado. Un poco de misterio. Sin adjetivaciones que lo puedan volver accesorio, sin tramoyas. La lluvia en las piedras, lo que asoma por las carballeiras, lo rezumante de verdor, algo de risa después de la amargura. Ejemplos que a d’Ors le sirven. Cada uno, más nos valdría, habremos de ir pensando los nuestros.

Acerca de Luis Bravo

Alma madrileña y mente incierta. Versándose en el cine y el teatro, pues uno es su arte favorito, un sombrío espectáculo que ilumina la oscuridad del patio de butacas, y el otro tiene el poder de malear las distintas fuerzas de las palabras. Escribe porque aún no sabe nada, por las historias que relatar, porque la gente incita a que sea observada, porque sigue habiendo fantasmas sin voz propia, porque la literatura escapa de la certeza, incitándonos a la fiebre o a la sombra. También he publicado un libro, lo puedes encontrar en Amazon y en La Casa del Libro buscando por Mala Sombra.
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