Una celebración, un refugio

En nombre de las familias se han cometido muchos libros. Siguiendo la famosa línea de Tolstói, pareciéndose todas en su felicidad y cada una con su motivo específico por el que sentirse desgraciadas. O siguiendo la de Zsa Zsa Gabor, creyendo en las familias numerosas, que cada mujer debería tener por lo menos tres maridos. Valen todas, lo mismo pasa con las novelas, poemarios, cómics, diarios, ensayos, biografías que nos exponen esas escenas íntimas, privadas, que acaban siendo compartidas. Terminan siendo una pública intimidad y privacidad. 

El escritor y director de cine David Trueba (Madrid, 1969) ha trabajado el rico y complejo mundo familiar, naturalmente si pensamos que él es el menor de ocho hermanos. Pequeño gran dato vital que conduce inevitablemente, si se dedica al quehacer artístico, a que sea un tema presente. Ganarse la vida. Una celebración (Anagrama, 2020) es su respuesta y homenaje a dicha aportación que la vida le ha dado. Es muy importante y lúcida la reflexión que hace a propósito del título: para él, ganarse la vida no es el mero oficio en el que empleamos la mayor parte de nuestro tiempo, de nuestra vida, a cambio de un salario, sino aquello a lo que sintamos debemos dedicar nuestros esfuerzos para honrarla; por el regalo otorgado, pese a sus durezas, que es. 

‘A mi madre se le daban bien las plantas’ comienza, y es la correlación entre el buen trato que les da junto a sus hijos el que encauza los recuerdos, desde su infancia hasta el año 1995, cuando publicó su primera novela, Abierto toda la noche, con la descacharrada y feliz familia Belitre como protagonista, y un año antes del estreno de su primera película, La buena vida. En ambas, ya hemos dicho, la familia y lo que significa y produce: todo. Fue en su caso, muy importante, la vocación por la escritura, que no la literaria en sentido estricto. Un retraso a la hora de su escolarización —anécdota que ha contado en distintas presentaciones o conferencias— fue el mejor contratiempo que pudo ocurrirle, despertando el interés por las historias, por la oralidad, que entonces era el mejor medio por el que la gente aprendía a comunicarse, si no ha sido siempre así. Actos cotidianos como acompañar a su madre al mercado, escuchar la radio ayudando en las tareas de casa, comprendiendo la importancia del hilo enhebrado, del dobladillo bien ejecutado, siguen teniendo eco en forma de aprendizaje, piedra de toque respecto al hecho de intentar descifrar lo que en el mundo ocurre, y lo que nos ocurre en él: los porqués, las dudas que avivan. Y tuvo que empezar a escribirlas para moldearlas a su visión, dándoles forma de cuentos, de revistas que sus hermanos mayores compraban. Cuando un revés trágico se unió a la ya comenzada afición de la lectura, supo la importancia de escribir con humor: provocar lo agradable, el respiro de una carcajada, que parecía imposible recuperar en casa. Luego vino el amor, causa milenaria para la escritura, sea correspondido o no —según la persona funciona mejor de una manera u otra—. 

Tiene valor este librito de Trueba por dos motivos que pueden resaltarse. El primero es que ha reunido ciertos recuerdos sin la ambición del memorialista exhaustivo, únicamente hilvanando una serie de fotografías que, contadas con su habitual mesura, tejen los días en los que pudo sentirse igual de héroe o aventurado que aquellos que buscaba entre las páginas. El segundo es que Ganarse la vida es un tributo a sus padres, a esa generación que hizo todo lo posible para que sus descendientes heredasen una mejor situación que la que padecieron. Más cercano a la figura materna, el tributo se rinde a su entrega, al cariño inacabable, a la belleza de sus gestos, en especial el placer y esmero que demostraba para que todos sus hijos se empaparan de cultura, y acabó calando. Verla rellenar sus cuadernos de caligrafía por el mero placer de conseguir la manera más depurada de trazar las letras es una imagen clave que sobresale de entre los capítulos. 

Pienso que esa generosidad, tanto el deleite de la frase conseguida como el deseo de mejorar el tiempo empleado en su lectura de los demás, campa a sus anchas por la narrativa de Trueba que, aunque prefiere identificarse con el côté paterno del agricultor de Tierra de Campos que trabaja su terruño sin meterse en el del vecino, no puede evitar que sintamos agradecimiento por lo dado. 

Acerca de Luis Bravo

Madrileño. Me gusta pasear y leer libros.
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