Orbis terrarum

En una reseña anterior, comenté por vez primera la impresión que los poemas de Óscar Díaz (Langreo, Asturias, 1997) me habían dejado: mencionaba el culturalismo y una ‘más sosegada aleación entre vida y Arte’. Un poeta peculiar. Todos lo son, vaya novedad, pero en su caso por lo arriesgado de la propuesta que, repito, todas en su parcela lo son y la novedad queda al servicio de la sorpresa o decepción lectora.

Bien. En el principio era América (La Isla de Siltolá, 2020) es su nuevo libro, aparecido el pasado octubre, y tras la lectura he de decir que y un cuerno respecto a lo sosegado que pudieran tener esos inéditos que ahora forman parte de estas páginas. Vuelve tras cuatro años a las librerías con un envoltorio agradable, sencillo —hermoso azul el de su portada— que engaña y no da tregua para su contenido. Estén preparados: Díaz se ha rodeado de sus mejores para desplegarnos todo el pensamiento lírico que no aguantaba más en silencio. La soldadesca incluye las lecturas de sus predilectos —Carson, Pound, Carnero, Virgilio, entre muchos otros— y las armas de quien tiene el objetivo puesto en los quehaceres poéticos europeo y norteamericano. Si le sumamos el saber adquirido por sus estudios filosóficos, damos por terminado la que parece una lista pantagruélica de su manual privado para escribir poesía. Porque la escribe, sí: el culturalismo y su desbordamiento no le impide sembrar aquí y allá matices, destellos de verdadera intuición y tino con la palabra. Entre templo y columna de voz muy alzada, unos brotes que respiran:

 

Pero hoy nos sentaremos frente a frente ante la mesa,

como las hojas de los árboles iguales y, al mismo tiempo,

diferentes;

nada podrá, ni siquiera un significado, 

evitar la verdad:

some of these days

you’ll miss me honey.

(Sagrada Familia del pajarito, por Bartolomé Esteban Murillo)

 

Abierto y cerrado por dos más extensos, como un moderno Jano que no pudiera evitar tener vigilada la simetría de vernos llegar y salir, los poemas oscilan entre los elementos grecolatinos, metapoéticos (las referencias son ingentes, empezando por las citas) y oníricos que cuentan esa voluntad de llegar a comprender, hacer palpable la realidad que el lenguaje nos da, cohesionados estética y temáticamente. La imposibilidad de acceder a lo real por la acumulación de ornamentos se verá irónicamente explicada por esa falta de ornamentación que es necesaria para que algo nos parezca real. Podremos pensar sus cuerpos, pero sólo los comprenderemos si son descritos, aun con su ‘perezosa metafísica’. Nada de metáforas del fuego, pero que éstas no se alejen para que su fulgor queme igual o mejor. 

Los poemas largos, Escribir tu nombre es una forma de preparar la muerte y Rupert Brooke fue el poeta más guapo de Inglaterra, me parecen dos conciencias —la segunda, más celebrativa y optimista, si esta última es posible— que exploran el Tiempo a través de la abstracción, recordándome ese pasaje de Virginia Woolf en el que, el personaje, dándose cuenta de que la mantequilla estaba rancia, no podía evitar pensar en templos griegos. En su principio y final, estos poemas actúan reversiblemente; como el ahora y el hace nueve siglos pueden coincidir en ese lapso en el que esperamos a decidirnos si dorar ya lo que está en el horno o esperar unos minutos más.

No deja indiferente, como suele ocurrir con las apuestas y textos de índole novísima —de las que no es uno precisamente seguidor—, pero tampoco deja de resultar enriquecedor. En el principio era América es un libro intenso y presto a encaminar a su autor por la senda de la madurez. Al lector le diré que no pique espuelas al primer susto, que este sartal de poemas encierra mucho trabajo y placer si dejamos llevarnos hasta el final, que nunca lo es por lo que se ve, sino eterno y personal principio. 

Acerca de Luis Bravo

Madrileño. Me gusta pasear y leer libros.
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