Viento en las encinas

Desde que apareciera el documental El desencanto (Jaime Chávarri, 1976) mucho hemos ido sabiendo de los Panero. Esa primera vez que las costuras de una familia fueron mostradas sin tapujos a una sociedad que venía de una dictadura y todavía no había soltado —parece hoy que continúa deshaciéndose de ese lastre, por unas y otras razones— el recato católico-apostólico-romano que tanto daño ha causado a este país. 

Con la figura paterna ausente, resaltaban las personalidades de los tres hijos: Juan Luis, poeta de notable factura pero retraído y sin mucha fortuna, Leopoldo María, rutilante en su fracaso vital y poeta de más largo aliento y reconocimiento (no siempre reñido esto con la calidad, no confundamos), y Michi, relegado a un tímido papel secundario, más seductor, encajado en esa particular etiqueta, falsa, de ‘escritor sin escritura’. ¿Fin de raza? Posiblemente, pero sin ahondar con gravedad en las heridas. Más bien nos eran contadas con sangrante ironía. Esto es lo que queda; estamos locos, desgastados, el alcohol y los reproches son el pan nuestro de cada día, pero vale, poco más entretiene. Por encima, Felicidad Blanc (Madrid, 1913), madre de todos ellos y hasta entonces personalidad oculta al gran público. Si algo atrae del documental son los testimonios en la voz de Felicidad, que es pausada, denotando inteligencia y vencimiento. Sabría a poco, despertaría interés, tanto que un año después se publicarían sus memorias, recogidas del mismo modo que en el filme, mediante grabaciones de magnetófono. 

Espejo de sombras (Cabaret Voltaire) fue reeditado, o rescatado, en 2015 por la editorial madrileña. Narra los episodios vitales desde el nacimiento hasta mediados de la década de los 70, comenzando el relato con una pequeña introducción de los hechos familiares: abuelos y tíos maternos y paternos. La narración es lineal, sencilla, limpia, respetando ese ritmo oral de las grabaciones, que ya tenían mucho de literario antes de ser adaptadas al formato de libro.

Como decía, de los Panero mucho hemos ido sabiendo. Era a Felicidad quien hacía falta iluminar esa penumbra, si bien ella misma puede ser considerada como un lugar esquivo de todo haz que se propusiera alcanzarla: su tono, su devenir, fueron un lento conducirse hacia lo sombrío, ya fuera por lo trágico o doloroso que tuviera su vida como por los momentos felices, que sentía desde muy temprana edad su finitud. Lo efímero pesaba de igual modo tanto en el placer como en el sufrimiento, y eso no admite tregua para las sensibilidades agudizadas por naturaleza. Recordemos las palabras de amor, dichas en el documental y la autobiografía: Felicidad se enamoró de Leopoldo, tras un inicial rechazo y siguientes idas y venidas, cuando éste le confesó que la veía como alguien ya vieja, acabada su vida y el pelo encanecido, paseando solitaria por las murallas de Astorga. Tiraron un guante a su alma romántica y ella lo recogió con gusto. 

Enferma de romanticismo, podríamos decir. Los capítulos de niñez resultan empalagosos. Presta atención con demasiada languidez, no tiene ese distanciamiento que recorre todo el libro, que le hace ganar interés y fascinación, pues la de Blanc es una figura fascinante por los cuatro costados. Las penas son sobrevaloradas, no me sirve de excusa que su carácter fuera así siempre. Parece más una colección de estampas del Museo Romántico, pero de las que no importa que sigan cogiendo polvo. 

Contrasta esta blandura con el arrojo que demostraría en los años de guerra, donde se hallan las mejores páginas, impresionantes. También, volviendo al ámbito más íntimo de sus primeros amores, se nota el encanto en sus remembranzas de largos paseos —sola o con sus pretendientes— que sirven para el balance y la reflexión de su clase social, de quienes la rodeaban, una vez más, de lo huidizo del sentir. Perdida en sus enamoramientos descubre la dureza de vivir. A cualquiera sucede, pero no por envejecer disminuye la sensación del golpe.

Su matrimonio fue desgraciado. Su esposo, por lo ya sabido y ahora leído, nunca la quiso como se cree debido. Los hijos, cada uno a su yerro. Felicidad Blanc parecía estar llamada, y su talante ayudaba, a ser una Dama Oficial de la Melancolía, relegada a ama de casa, a abandonar su escritura de relatos y ser testigo de un derrumbe imparable. Sin embargo, no podemos señalar culpables específicos. Muchas son las fuentes —trabajos académicos, prólogos, investigaciones, estas propias memorias, etc.— que podrían pasar la causa de mano en mano hasta que se borrase. No me atrevo a decir en voz alta que Leopoldo fue peor que Felicidad o viceversa, nunca lo sabré con certeza, y no pretendo abrir debates: en este libro, lo mejor es tomar la misma distancia que la autora con sus vivencias. Garantiza el placer lector y evita polémicas que distraen. 

Espejo de sombras es un libro de culto, y actualmente un punto de partida para seguir conociendo a esta escritora que publicó sus cuentos en revistas de la época, que también se han rescatado en una edición llevada a cabo por el investigador leonés Sergio Fernández Martínez en la sevillana Renacimiento. Una escritora, Felicidad Blanc, que hace de la prosa un viento entre las encinas, esas que tanto amó en los campos de Castrillo, rodeando la casa de una vida que traería sólo desilusión, hasta su muerte en San Sebastián en 1990. Casi desechada, olvidada, ha vuelto para ocupar el lugar que pertenece a los talentos sepultados. Habrá que seguir leyendo, con ella seguir esperando. 

Acerca de Luis Bravo

Madrileño. Me gusta pasear y leer libros.
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