¿Qué tiene que ver Edward Hopper en todo esto?

El dinero es una mierda, sentenció Adrián Fauro en su reseña. Y no es difícil, si no se es un tarado, estar de acuerdo. Nos hemos ahogado en el capitalismo, con gusto y sin importar las consecuencias. Vivir por encima de nuestras posibilidades parece se convirtió en el ¡marica el último! que gritan los críos jugando. Pero los vaivenes caprichosos del dinero (y en realidad, no del dinero como ente flotante, sino las manos pulcras que lo ensucian con su manejo, su reparto) siempre terminan afectando a los de siempre: los trabajadores, el personal común, aquellos que se presupone están habituados a perder, los que tienen el pescuezo endurecido por los continuos, históricos, golpes. 

El mamoneo con el alquiler de la vivienda, pues no merece otra calificación y me quedo corto, sigue levantando ampollas y sin toparse con quien le haga frente política y socialmente. 

Mientras, los desahucios, las subidas surrealistas han seguido ocurriendo. Nunca fuimos tan conscientes me temo, y tarde, para variar. 

Vivir de alquiler (Algaida, 2020), la obra de teatro de Markel Hernández Pérez (Arrigorriaga, Bizkaia, 1997), ganadora del último LV Premios Literarios Kutxa Ciudad de San Sebastián en la modalidad de Teatro en Castellano, responde a esta preocupación y terrible estampa que ha copado noticiarios y fotografías desde hace unos años. Una madre y su hijo, Juani y Sergio, son los protagonistas. Una casa el escenario. El drama, su puesta forzada en la calle por no ser capaces de los pagos hipotecarios. ¿Todo suena, no es cierto? Quizá hemos perdido la cuenta si echamos números de las ocasiones en las que hemos visto u oído o vivido (como vecino, no digo ya en carne propia) una escena tan desagradable y violenta como es el desahucio. 

El autor, pienso, ha apostado por la naturalidad y lo simple. Una disertación o contenido del tipo parábola, sin mencionar grandezas de corte shakesperianas o brechtianas, a la hora de reflejar en su obra dicho tema no hubiera tenido sentido. No es una odisea que te expulsen de tu hogar, es una bajada a los infiernos. Es la realidad. ¿Y qué sucede cuando nos encontramos tan cerca de un acontecimiento doloroso, traumático? Lo paradójico si es contado literariamente: el silencio. Lo que dura es la obsesión de la madre, que no llega a sacar respuesta. Su hijo es más pesimista, ella ejerce su rol e intenta proteger, pero el abatimiento gana terreno desgraciadamente. Y su casa va a dejar de serlo, van a estar hombro con hombro con la más absoluta Nada. 

Me gusta la crítica que hace a los medios de comunicación. Siendo intermedios de gran valor dentro del texto, ha comprendido —y por ende quienes lo leemos— que la banalidad en los contenidos de la programación televisiva —haciendo referencia en clave paródica a programas muy fáciles de reconocer— ha devenido nuestro actual pan y circo. Desde el sillón, podemos asistir a la desgracia ajena que a cualquiera puede tocar, acabando la vida en un puñado de bolsas del Ikea atadas como un puño cerrado de rabia, y pasar después al artificioso bar-restaurante donde X conocerá a Y porque busca a alguien serio, con las cosas claras, rollo en plan, etc. Es cierto que uno, en su papel de ciudadano del montón, no podrá hacer mucho. Diría incluso que nada podrá cambiar. Pero la conciencia no hay que lavarla viendo los informativos y después purgarse con naderías. Y esto no es culpa del espectador, sino de las cadenas que triunfan por lo sencillo que han sabido inculcarnos el veneno del sensacionalismo, del no pensar, de la ignorancia. De la insensibilidad. Somos una ciudadanía insensible, falta grave de los que seleccionan qué y cómo informar y cuándo hacer que dejemos de reflexionar en lo que recién nos han mostrado. Huelga decir que libres somos de decidir qué queremos ver, pero esto es lo que toca, es así y a la vista está. Blanco y en botella, y no de náufrago precisamente. 

Entonces, el Arte, ¿qué tiene que ver, qué hacer con todo esto? Relegado normalmente a la triple calificación inexplicable-inútil-necesario, no puede evitar definirse como bote salvavidas del estado desamparado en el que uno se encuentre, o refugio de felicidad, que no es exclusivo y uno puede relevar al otro. 

Los cuadros que se mencionan por su parecido con la casa de esta familia dañada son un respiro visual al dolor. Pero no nos engañemos, no quisiéramos hallarnos así, emparedados en silencio, extraviada nuestra mirada. Por muy vivos y sentidos colores, no quisiéramos ser arrojados a ese vacío. 

Acerca de Luis Bravo

Madrileño. Me gusta pasear y leer libros.
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