Gazeta de la melancolía

¿Conocemos la duración de aquello que nos interesa? Pensemos que puede oscilar entre los cinco o diez años. Pasado ese tiempo de prueba, o se asienta y permanece o se disuelve y da paso a otros nuevos. Suelen decirlo —varias veces lo he oído— de las amistades: tras cinco años, es para siempre. Bueno, no digamos de ese agua no beberé ni reneguemos cuando haya sed. Los amores, ni hablemos. Es imposible, en definitiva. Un gusto personal, una afinidad, una influencia, puede ser cambiado, desaparecida o negada según nos convenga el viento que sople y decidamos seguir. Nada es para siempre y sólo lo fugitivo permanece y dura. A qué atenerse, puede uno pensar dada la volatilidad de todo. Pero en lugar de seguir hilando citas veladas y refranes que vienen siempre al pelo, queda gente —y esto reconforta y ha de hacerse saber si su ímpetu y dedicación es noble— que pese a las desavenencias y sinsabores, quizá una recompensa que nunca se les dé en agradecimiento, deciden poner negro sobre blanco lo que piensan y sienten, lo que les acaece y fantasean. 

Lo de negro sobre blanco es un decir, pues si bien sólo unos pocos afortunados consiguen ver su trabajo encuadernado y distribuido a terceros postores igualmente fantasiosos que esperan encontrar un alma gemela de sus cavilaciones, el color original en el que son vertidos dichos escritos puede ser gris, o quizá marrón, bilioso, el más otoñal. 

Víctor Colden (Madrid, 1967) es el que prefiere, o cuanto menos, uno de sus predilectos a la hora de llenar esos cuadernos en los que han ido surgiendo esta Gazeta de la melancolía (Libros Canto y Cuento, 2020), recopilación de prosas ‘de evocación y evagación’, como reza bajo el título; recopilación de estampas, reflexiones, artículos que no buscan profesionalidad periodística, sino asegurarse su profesión elegida: he vivido, quede conmigo la escena, que no se vaya en sueños al anochecer. Es noble, cabe repetir, su persistencia, sí, y rara, pensarán muchos también. ¿La niebla, la nieve, merecen tanto? Si la prosa es bella y no quiere equipararse a lo que pretende reflejar sino buscar en ella, comprenderla, sí, desde luego merecen el esfuerzo. 

Ya en la solapa del anterior libro, Inventario del paraíso, nos adelantaba su aparición, detalle que no se me escapó y, ya teniendo este volumen entre manos, complace por recordarme esa práctica —desaparecida casi— de anunciar los venideros proyectos que aguardaban en las prensas, que su inminencia hacia los escaparates de las librerías era total, muy de la década de los 80 (donde más he visto estos avisos). Esa década es mencionada frecuentemente por Colden. Fue su juventud, su escuela en amplio sentido. No creo que tal pormenor fuera gratuito, su bagaje literario tendrá, estoy seguro. 

A diferencia de la luminosidad que emanaba su primera novela, Gazeta de la melancolía sorprenderá al lector sabedor de las obsesiones coldianas —seguidores de sus redes sociales, lectores de su blog y página web— por enseñarnos una sonrisa más amarga. Aquí prima con mayor fuerza la luz pálida de las estaciones frías y son enfrentadas con el tiempo estival. Del mismo modo los humores del escritor tratando según qué hechos, hablando de qué personas. Ganan terreno lo intermedio, lo esquinado de las apreciaciones, las penumbras. Colden, artículos mistificados aparte que puedan no estar a la altura de otros más conseguidos, dirige su mirada a las máximas de sus grandes maestros, unidos por la calidad de saber aprovechar el partido de lo simple, telúrico, cotidiano, profundo y no exento de fragilidad. Nombres como Azorín, Cunqueiro, Zambrano, Galdós, Gil-Albert, García Baena, son recurrentes.  Su cabo es la reafirmación de lo sustancial. Una patria de lo inmediato. La anciana que riega sus geranios ante el sol de la tarde castellana, los picos nevados de no importa qué hilera montañosa, el oro y el siseo de las arboledas cerca de un canal, los vinos y las castañas, la lluvia en Mondoñedo. Teselas de un mundo personal, por suerte disponible para cualquiera que sepa educar su mirada y no perder ocasión. También el regodeo de autores más secretos, amigos suyos o por los que no pero hay el mismo apego, como el misterioso bloguero Chimista o la recurrente atmósfera en los versos de Felipe Benítez Reyes. 

Confesiones. El silencio de rincones apartados en los que degustar la soledad buscada, escogida, sea por razones naturales o asimilación de las literaturas, las vivencias que nos acaban levemente afectando. ¿Se intuye una amargura de fondo? Probablemente, pero es que aquí nos habla el escribidor, no una voz narrativa que esconde o altera. Aquí es Víctor Colden el que se arrepiente, festeja cientos de instantáneas, felicidades, desencantos y otras cales y arenas. Moderado de principio a fin, es un libro que ha nacido viejo, y el autor encontrará un halago en esto, pues a sus palabras me remito. Nunca lo viejo, lo pasado, ha tenido tanta cabida en el presente, tanto enriquecimiento gratuito a quien decida guardar sus horas (ganará leyéndolo, lo aseguro) entre estas páginas. No desaprovechen este viaje inmóvil. 

Acerca de Luis Bravo

Madrileño. Me gusta pasear y leer libros.
Enlace para bookmark : Enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Límite de tiempo se agote. Por favor, recargar el CAPTCHA por favor.