Breves para M.S.O.

Me gusta que dé importancia a la lluvia cayendo sobre las duras hojas de un magnolio. Es una frase que te entrega el peso de ese sonido, ese olor denso que acalora y refresca; es una visión de la desolación para el alma sensible. Igualmente si se es un paseante ordinario, dejando a un lado todas las nimiedades de la naturaleza en la ciudad, que siempre estará algo desubicada.

Me gusta que no revele el nombre donde sucede la historia. Es un secreto a voces. Crees que llegará a soltarlo, pero ni hablar, lector, eso sería demasiado fácil; más propio de otras novelas que rendirán pleitesía al impaciente en cuanto ponga los ojos en blanco del adormecimiento. Peor para él.

Me gusta que el personaje protagonista, otro anónimo (más aún), se acabe comprando una estatuilla de tienda de suvenires: una casa de perro recubierta de conchas. Chabacano hasta decir basta. No porque sea algo fundamental, sino indicador de la cantidad de tiempo que tiene para perder y así sucumbir a su propia chabacanería, que es una búsqueda en la ciudad, hace quince años. Tiempo para perderte a ti mismo. Suficiente, como dice Modiano, para olvidar y hacer que desaparezca el rastro de una persona, se borre su cara. 

Me gusta que se sirva de la base detectivesca para abandonarla pronto y volverse una quest. No hay vuelta atrás entonces. Todo será fascinación, desasosiego e incrementada sensación de toparse nada más que con imposibles. 

Me gusta el título, Tánger Bar (Seix Barral, 1987), para vertebrar un lugar que no será significante pero obsesionará de igual manera, no sólo por ser un lugar

Me gusta el cuadro de Iturrino que es la portada, una odalisca de media sonrisa, turbadora, acostada en mullidos cojines. También el de la edición en Círculo de Lectores (hablando de viejos lugares desaparecidos, ay) del año siguiente, con una fachada de Dis Berlin más nocturna y ochentera, pero alejada de lo frívolo, a favor de reforzar esa sensación desangelada de la vida que ha quedado. 

Me gusta el cambio que supuso ésta en su trayectoria. En la década de los ochenta —esta reseña, si su autor la leyera, pensará seguro que se trata de trabajo arqueológico, tan lejanos quedan ya— Tánger Bar sería la segunda novela importante que daría a conocer. En realidad es su tercera: Los papeles del ilusionista fue la debutante, origen y mapa de rutas del que saldrían incluso hasta sus trabajos más recientes, con obsesiones tan tempranas como bien han aguantado y dado de sí; El pasaje de la luna fue la segunda y primera importante, pues a pesar de la distribución discreta que Trieste podía ofrecer, su lugar en la bibliografía se hizo. Y su diseño, exquisito. Posteriormente, con la salida de Tánger Bar, se editó de nuevo en Seix Barral. 

Si bien en la primera lo fragmentario, la sensación de multitud narrativa, te llevaba por las estancias de ese caserón familiar, y  la segunda, más armada y divertida con su afectación barroca de una Pamplona nocturna en plena farra, en esta tercera el tono que se adopta es centrado. Un único protagonista, sin nombre, frente a una ciudad, ídem. Sí, está el grupo de amigos buscado, pero sus figuras son brumosas. Viven más en el recuerdo que como posibilidad de ser corpóreas de nuevo. Los días que emplea son tanteos insatisfactorios. La primera persona del texto nos sumerge en la mezcla de puerilidad, valentía, cansancio, inutilidad. La pregunta de si su propósito tiene realmente llegada a algún cabo es constante. Una y otra vez se quita y pone los ánimos. Para qué el esfuerzo, para qué.

Me gusta el ambiente opresivo en el que acaban envueltos los personajes, sea por casualidad, sea porque —sin saberlo— es menester que cumplan con esas visitas. Librerías de saldo, tiendas de chamarileros, esta última alcanzando un clima de pesadilla, asfixiante. Advertimos ese polvo, la humedad de los periódicos superpuestos en el suelo, la locura que ha obligado a guardar tanto. Y aun así, inevitable embrujo. 

Me gusta que sea un libro que no todo el mundo conozca, sólo los ya lectores de su obra o quienes llegan accidentalmente. Feliz la causa, cualquiera que sea. Vayan estas líneas como invitación.

Me gusta que en él sople el viento del sur. 

Me gusta que su andadura comenzase en la poesía y que no la dejara. Incluso en su prosa, como brote verde, aparece ese ramalazo lírico haciendo redonda la oración. 

Me gusta éste y otros libros de Miguel Sánchez-Ostiz (Pamplona, 1950). El carácter de su prosa es bronco, incorregible, ansioso de libertad y libre, tendente a contrapelo, torrencial y rico. 

Me gusta porque no ha cesado en que viajemos al final de la noche. 

Acerca de Luis Bravo

Madrileño. Me gusta pasear y leer libros.
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Un comentario

  1. Miguel Sánchez-Ostiz

    Caramba, mil gracias, Luis, muy generoso por tu parte, un abrazo

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