Delicadeza malentendida

Quien escribe, sea iniciándose o al quite de una carrera que va forjando, no puede ser complaciente con el lector. Es un error que seduce y es muy fácil caer, pero conviene recordar siempre que el lector no es alguien mermado, y aun pecando de optimista, ha de otorgarle el beneficio de la duda y la inteligencia. Va a entender qué va a contarle. Será convincente el proyecto, compasivo cuanto menos, su justa medida, sin pasarse, pero jamás cederá a los caprichos, las modas o albedríos de la masa lectora. Quien escribe debería imaginar su lector ideal, que aparte de sí, no dejará de ser un objetivo esa persona anónima que lo leerá, que se sumará a su ‘pobretería y locura’, que diría Moreno Villa. A la visión de la vida que intentará desenredar de su madeja de afanes y sueños. 

En una entrevista reciente, en la tertulia video-literaria QTQH, la poeta leonesa Alba Flores Robla (Madrid, 1992) comentaba su gusto por escribir poemas que nacen tal cual, sintiéndose identificada con la naturalidad más pura, directa y sencilla, sin correcciones que alteren el poema original. Habida cuenta de su trayectoria, en apariencia breve pero rutilante —su anterior, Digan adiós a la muchacha, ganó el septuagésimo primero Premio Adonáis en 2017— unida a cierta popularidad por parte de sus seguidores, el que quisiera aproximarse a su lectura podría pensar que está ante una de las voces más interesantes de la actualidad y de un tiempo a esta parte. Que su poética, vistos los precedentes, sorprenderá gratamente.

Esto, en su nuevo libro aparecido en marzo, AZCA (Venera), no sucede.

Comenzaré con la nota positiva. Es verdad que Flores Robla no hace distinción a la hora de declarar cómo escribe que cuando escribe. Le honra su voluntad ecuánime. Gusta de los poemas sencillos y ella escribe los suyos buscando igual emoción. No hay más vueltas. Los poemas recogidos, de principio a fin y sin distinción por los capítulos que los dividen, guardan ese tono apagado de confidencia, huyendo de toda metáfora y rareza lingüística que haga dificultosa su comprensión. Las excepciones a los dos temas imperantes —el amor caducado con el fin del verano, la pérdida que supone crecer— aportan visiones surrealistas, propias de sueños, como ella misma ha contado, y despuntan del resto por traer frescura. ‘Te he visto pasar por todas las edades/ corriendo./ Un animal que huye de mis manos rojas/ cada vez que intento acercar a su boca/ el jugo dulce de las zarzamoras’, dice en Minipoema eterno. Uno de los dos o tres que podrían salvarse de la tala. 

Leo unas declaraciones de prensa en apoyo de la promoción. ‘Su poesía no busca la salvación, no tiene una función catártica o cicatrizante, son un decir salvaje y áspero, la respuesta más honda y honesta que busco en la escritura poética’. ‘Este poemario de Alba Flores es una de las mejores cosas que le ha podido pasar a la poesía reciente en España […] Con Alba Flores, pues, amamos, pensamos y, ante todo, sobrevivimos’. De Ángelo Néstore y Luna Miguel respectivamente. 

Uno no puede sino quedarse pasmado ante el éxtasis, ante el diamante de incontables quilates que parezco ignorar. Qué malas pasadas pueden causar esos sentimientos de protección y solidaridad respecto al trabajo de los demás. Esa necesidad de como todos estamos bajo idéntico palio, hay que ir a una, bendiciendo y celebrando todo lo publicado.  Pero si aquí hubiera trabajo estaría más que justificado el correr de hipérboles y alegrías. ‘De las mejores cosas que le ha podido pasar a la poesía reciente…’ ¿Es una broma? La discrepancia sale automáticamente en este caso. Dejando de lado que uno no es lector indicado para un libro así y los colores para los gustos, etc., no puede negarse que éste es malo, poco conseguido y mediocre. 

Los dos temas que fundamentan los poemas apenas presentan variación. La imagen del amado muerto entre los brazos, el deseo de su muerte, de la enfermedad que le postre y deje en total merced para su regodeo y satisfacción de quien tiene a alguien en su poder, son válidos, faltaría más, pero aquí están expuestos con lamentación infantil, quejicosa. Si Flores Robla tiende a exhibir un pensamiento romántico, más idealizado si cabe, y un porcentaje alto de realidad en sus creaciones, cuesta pensar que hayan sido escritos por alguien cercano a la treintena, tal es su grado de cursilería, aunque bien pensado ésta no entiende de edades. Donde se encuentre esa atinada visión honda, esa conciencia de clase, esos signos de supervivencia, no lo sabemos, no lo sabe uno. Escasean indicios. 

No faltaba a la verdad cuando en la entrevista rechazaba revisiones o segundas versiones de lo que escribiera porque en AZCA es la ausencia que brilla. Choca que un manuscrito así haya pasado los filtros de un editor, una corrección —por parte editora, claro—. Volvemos al dilema de los gustos, los colores, cada uno con su canon. Sí, pero no quita que determinados hundan una nave que, según avanzan las páginas, va de cabeza al iceberg. Bechopos, Manzana, Tu nueva amiga, Minipoema de invierno, Feliz dos mil algo. Estos tres últimos se llevan la palma. No es que necesiten un repaso, sino que no estuvieran. Si fuera AZCA un poemario humorístico, perfecto, daría pábulo a una meta de complicidad con el lector, pero la única risa que me temo pueda provocar es la que sigue a la vergüenza ajena. 

¿Cómo puede semejante libro sugerir, demostrar poso poético entre quienes sí han gustado de su lectura? Difícil de comprender. AZCA me suscita consideraciones más amplias. ¿Este tipo de poesía, tan rayano en la ñoñería, ha ido ganando adeptos como cualquier otra preferencia estilística que pueda existir, o es una consecuencia del exceso de influencias vagas de nuestra época? El cúmulo de ocurrencias, ¿valen para editarse, cuanto más blandas mejor? Más directamente: ¿Todo vale? ¿Todo es poesía? ¿Se ha malentendido hasta este nivel la delicadeza de la escritura lírica? No, hemos de ser cautos cuando la espuma de la tontería sube. Si damos a la imprenta cualquier suma de, por ejemplo, notas que guardemos en el móvil, ¿ya somos dignos de ser equiparados a nombres, más recientes o más posicionados, que sí han intentado esforzarse por hacerse valer? No. Quien escribe ha de tener un mínimo de conciencia crítica para saber si lo que quiere publicar es merecedor de pasar a segundas y terceras manos; a provocar, remover y largo etcétera sensacional del que es capaz la literatura. ¿Y el que lo edita? Tres cuartas partes de lo mismo. Trabajo y pudor, aquí dos grandes carencias.

La vida tiene muchas historias, como personas que las llevan. No todas valen para una novela, un poema. Hay que dejar de creer en ese mantra. La persona que decide escribir y publicar debe saber que las dosis de trabajo y ensueño han de equilibrarse. Después, bajo el filtro y el género y tono que se prefieran, tirar por la vertiente que más convenga a su sensibilidad. Lo importante es no caer en espacios fríos, impersonales, olvidables, sin nada que decir. Como lo es en Madrid el complejo AZCA. Como este libro. 

 

Foto de ©Rafael Trapiello

Acerca de Luis Bravo

Madrileño. Me gusta pasear y leer libros.
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