Amarillo

¿Quién garantiza las amistades? ¿Qué asegura la duración e importancia que tendrán en nuestras vidas? ¿Por qué llegan o se van? Despistan si quisiéramos inclinar la balanza hacia un lado más esperanzador u otro más pesimista. Haciendo recuento de las propias, cada persona sacará conclusiones variadas, todas validadas y cimentadas en su experiencia. Puntos en común o discutibles aparte, innegable que la amistad es una de las mejores ganancias que podemos sacarle a la vida. ‘Amigos. Nadie más. El resto es selva’, como el verso de Guillén. Pero a veces los amigos se vuelven selva infranqueable y deseamos escapar cuanto antes de allí, de ellos. 

Es la crónica de ese desengaño Amarillo (Plot, 2008, 2020), de Félix Romeo (Zaragoza, 1968 – Madrid, 2011), novela reeditada en su mismo sello el pasado diciembre. Un título realmente adecuado para enmarcar la mala suerte de quien se recuerda: el escritor Chusé Izuel, quien puso fin a su corta vida en el año 1992 tirándose por la ventana del piso que compartía junto a Romeo y el amigo en común Bizén Ibarra; los tres conocidos desde la infancia, los tres a la busca en Barcelona de una vida adulta trufada de proyectos y energía, cortada en su mitad de la veintena. 

Izuel, que dejaría una cantidad notable de colaboraciones en diferentes periódicos aragoneses y catalanes, reseñas y artículos, y los cuentos que dos años después verían la luz en el volumen Todo sigue tranquilo —editados en 1994 por mediación de Romeo y ahora en las librerías en la nueva edición de Caballo de Troya gracias a Jonás Trueba—, es la causa perdida de este libro, que califico novela e igual el autor en su momento, pero son de esa naturaleza hibridada que no encuentra sitio entre los perfiles de los géneros. Hay novela, diario, carta, crónica, virutas de reflexiones. Hay recuerdo y mucha amargura dejada reposar para que cada párrafo no supusiera una caída más de la que recuperarse. 

No convendría, uno se va dando cuenta según lee, empezar con Amarillo sin haber pasado antes por los cuentos de Izuel, pues las referencias y sinopsis son constantes hasta el punto de, en mi caso, tener la impresión de haber acabado dos libros a la vez. Más allá del diálogo vivo entre el de Romeo y el de Izuel, que laten gracias a estar ambos en los estantes compartiendo espacio como en su momento compartían vida y vivencias, despiertan escaso interés. Son cuentos ligados a una explosión fanática carveriana muy de la entrada de los 90, pero han envejecido como se puede temer: exabruptos de una persona leída, experimentalismo seco, imágenes crudas, feísmo, escritura automática poco digerida, buenas atmósferas y bisoños blablablás. Romeo muestra lo suficiente de ellos para hacerse la idea. Quienquiera más, no lo dude, a comprarlo. 

Amarillo, en cambio, es realmente honesto. No una honestidad que solemos entender como directa, hiriente, sin tapujos pero insistiendo en las menudencias que sonrojan, en lo truculento de lo privado en vida ajena que nos encanta saber si la persona ha muerto y no puede hacer nada por impedir que sepamos. Lo es porque ha reconstruido escenas, frases, ayudado por las cartas, con frialdad y distancia. El autor demuestra su cariño, pero consigue que no nos extrañemos cuando enuncia la liberación, la calma que supuso la muerte de su amigo. Dice: ‘Tu muerte fue una bendición para mí: no habría vuelto a escribir si tú hubieras seguido vivo. No paro de pensar que tu muerte es un siniestro crimen perfecto con un único beneficiario: yo. No te induje. Yo quería que te repusieras, que abandonaras esa tristeza, que a mí me parecía totalmente ridícula.’

Podemos pensar que era algo anunciado. Haciéndonos saber de su vida, cercanos a episodios de peligro o desfase, comprendemos que Izuel no tenía salvación. Era esa clase de personas bajo el signo del fracaso o el final, desde siempre. Insoportables llegado un punto en que la ayuda no dejan de pedirla pero tampoco de rechazarla. Qué hacer salvo la voluntad de protegerlos, como cuenta Romeo. Sal en la herida al fin y al cabo. 

A pesar de su personalidad cargante, me gusta la voracidad de Izuel. Es sorprendente cómo el estado anímico puede desbarrar pero la costumbre de saber y conocer que dan los libros no decae, o termina por ayudarnos a no caer. Él leía y leía, las reseñas en los medios ampararon que fluyera ese paso de un autor a otro. También las entrevistas. En una de las cartas que escribió a Romeo le dice que si se quiere escribir algo de verdad, ha de salir de las tripas. Aun siendo un comentario el de la veracidad del texto que en muchos otros podemos haber oído —el famoso don-látigo capotiano, aunque su acepción era distinta—, demuestra la preocupación por sacar a su narrativa lo mejor de sí. La página en blanco merece lo más potente de nosotros. Tal grado de exigencia sólo puede llevar a la genialidad o al aniquilamiento. 

No hay resolución para las incógnitas aquí. Amarillo recoge las dudas que Romeo puso a la sombra a lo largo de los años siguientes al suicidio de Izuel, con la confianza de algún día, quizá mediante la redacción del libro, conseguir explicarse por qué sucedió. Nada más lejos de la realidad: es imposible averiguar las razones exactas. Incluso los hechos de la mañana en que lo cometió suenan ridículas, una comedia mala de sobremesa. Nunca las conoceremos, nunca las conoció. La tarea del biógrafo no siempre es una deuda que pueda ser saldada con quien dejó huecos que, ilusos, creemos debemos rellenar. Hasta sería de mala educación intentarlo. 

Un libro que hará las delicias de los amantes de la memoria e introduce a los desconocedores de la obra de Romeo en su universo, reunidas también sus cuatro novelas en un volumen (Plot, 2020) con prólogo del periodista y escritor Daniel Gascón. 

Acerca de Luis Bravo

Madrileño. Me gusta pasear y leer libros.
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