Fiebre y hielo de pimienta

Dice el soneto que quien lo probó lo sabe, bien cierto, pero nadie avisa del dolor que es su ausencia. Un dolor lesivo. El hueco que deja no puede sino acariciarse, al principio con rabia, queriéndolo borrar, después con la misma ternura que se quiso demostrar para que la otra parte entendiera lo que nos estaba provocando. Ese hueco, en el mapa físico donde sucede el enamoramiento y desenamoramiento (curioso y doliente lo que se parece a desmoronamiento), tiene algo de sumidero que atrae y hace temer lo que disfrutamos y queremos sea eterno. En la película de Minghella se llamaba Bósforo de Almasy. Para Miguel Rual (Oviedo, 1992) no es sino un espacio por el que se cuela un cortante frío.

Así el título de su primer poemario, que llegó a las librerías y manos de lectores que lo esperaban, o se sorprendieron por el silencio roto, este abril: Compartir el frío (Hidroavión), extenso y variado, con su cierta contundencia tras haberse hecho de rogar.

Dividido en tres partes —La primera sed, Tierras raras y Cartas de cumpleaños— la intención del autor ha sido conseguir una totalidad de su biografía. Abarcable, ya que se centra en su descubrimiento, experiencia, constatación y posterior final de un amor. Resulta ambicioso para el primer libro, no cabe duda, pero Rual, finalizada uno la lectura, parece no temer los lances. De todos modos, el libro con el que el autor se estrena suele ser siempre muestra de capacidades y hoja de ruta para hacer saber a los lectores quiénes son los adecuados y quiénes no para su trabajo, aunque todo libro es de cualquiera, por supuesto.

Miguel Rual ha sido un poeta secreto y disperso entre publicaciones clandestinas, páginas web que mostraban tímidamente dos o tres poemas o la más notoria antología de Luna Miguel Tenían veinte años y estaban locos (La Bella Varsovia, 2011), amén de las redes sociales, donde su interés poético marchaba, continúa, parejo al de los dibujos. Ilustraciones a rotulador, una tinta muy oscura la que delinea los cuerpos desnudos, siempre pareciendo un boceto, hechos mayoritariamente sobre hojas en sucio, borradores de apuntes, sobre texto que no importa y es anegado por una capa negra o azul. Ha conservado ese secretismo, su manera escueta en la información que maneja con los demás. El texto de autor bajo la foto de solapa lo demuestra: ‘Nació en Oviedo y es médico’. 

Donde más conseguida está la suma de tono, la intensidad y el ritmo es en La primera sed. Repasa el nacimiento del deseo, y éste, siempre habitual en los años adolescentes, quema y hace destapar una fuente que no causará más que una sed ingente. ‘¿Oyó tu cuerpo —que desnudo/ es casi como un río— mi sed?’. Las imágenes nocturnas, las búsquedas esquivas y reincidentes de que prenda aquello que todavía no entendemos pero nos arde sobremanera nos conducen a un imaginario que debe mucho a las lecturas del poeta J.A. González Iglesias, autor apreciado por Rual. La sensualidad es como la estatuaria grecolatina, como los dibujos anteriormente citados. ‘Todas las frutas cuelgan de tu cuerpo./ Todas las fuentes nacen en tu vientre./ Tu sonrisa es una roca’. Rodean estos poemas que abren el libro un desengaño temprano, raro, siempre latente cuando la definición no había alcanzado el horizonte del sentimiento inclusive. ‘Bajo luces “amarillas desnudos”/ […] Pasamos mucho frío aquella noche./ Pero ninguno se atrevió a decirlo’. 

El paso siguiente en un libro construido de menos a más como la tópica montaña rusa que se diría, Tierras raras es la progresiva dislocación entre mente y corazón, los propios y los de quien se ama. De una estampa que está entre las mejores o más vistosas para uno —el poema Noche en la Riviera, seguido de Berliners, igualmente poderoso—, los esquemas, ya la vida siendo en pareja, que van cayendo. La frase faulkneriana de alumbrar una cerilla en mitad del bosque para avistar el alrededor pero no conseguir de ese modo más que enlutar las sombras es exactamente lo que aquí acontece. Entre pena y nada, quien recorre los poemas dice escoger la pena, cual fuese el precio. ‘Pero tú leyendo que yo/ soy una flecha/ que está atravesando la noche/ no vas a creerte nada de lo que te diga a continuación…’ No sirve hacer literatura con lo que estamos perdiendo. Con lo que hemos perdido sí, pero en gerundio tenemos poca capacidad, estamos demasiado enajenados intentando entender, queriendo algo que es cada vez más y más negado. ‘¿Por qué amo todo lo que desaparece?/ tú que te fuiste, tú que te estás yendo/ ¿nos queda algo permanente?/ […] preserva mi ausencia. ya estoy muerto’, escribe en The Guardian. El futuro. El otro a quien hemos entregado todo no nos comprende: ‘a estas alturas puedo decir/ soy una flecha que atraviesa la noche/ hacia el vacío y sé/ que al menos/ dudarías’. Esa incerteza es el pecio que sujetamos para que no sea llevado por la corriente, una que es más fuerte y no permite futuro alguno. ¿De quién es la culpa? ‘Verdugo tú/ de toda sed’.

Salta todo por los aires en las Cartas de cumpleaños. El fin de fiesta es inminente y dejamos a la suerte decidir lo que de nosotros fue escapado. La repartición en cartas de Tarot y actos con respectivos intermedios y epílogo evidencia el desorden que lo recorre. No tiene la persona desamada control alguno. ‘La cronología no existe en el tiempo del recuerdo’, dice una cita de Silvina Ocampo recogida en La rueda de la fortuna. Va dando tumbos y acumulando fechas, anécdotas concretas, agravios desinflados —’¿es cómo te hago daño/ quien realmente soy?’, ‘es cómo nos hacemos daño/ quien realmente somos’—, la tragedia de verse solo inevitablemente y aun así tentar a la suerte de acabar siendo reconocido de nuevo en el tacto del otro. La sombra de Anne Carson o Berta García Faet es alargada en este último tramo, disparatado a veces, mezcolanza de todo lo puesto por delante, arramblado el corazón, enterrado ese juntos en frío y silencio. 

Un libro particularísimo este Compartir el frío, y así Miguel Rual, atravesado de clasicismo y entregado a lo puntero, atado y dispuesto como el dibujo de su portada en negro lápida. Un libro que recomiendo. 

 

Dibujo de ©Miguel Rual

Acerca de Luis Bravo

Madrileño. Me gusta pasear y leer libros.
Enlace para bookmark : Enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Límite de tiempo se agote. Por favor, recargar el CAPTCHA por favor.