Una playa invernal, desierta, neblinosa

Para buscar apoyo a esta reseña abrí un ensayo de Carmen Martín Gaite al azar, muy querido por el autor, cosa sabida entre quienes somos sus lectores, y también por uno, cuya página 78 tuvo a bien decirme: ‘El ingente material de que podemos echar mano para elaborar nuestras historias públicas o secretas, si bien yace amontonado en el impreciso recinto donde se van depositando el olvido y la memoria, puede prestarse a cierta ordenación, aunque se trate de tarea cuestionable y arriesgada. Toda selección previa al entendimiento de lo que se pretende analizar debe tomarse como labor provisional que es, y conviene tener presente que los apartados que resulten nunca van a quedar aislados por barreras definitivas. De tal manera que aunque se separe el material en montones, es mejor dejarlos sin atar y lo suficientemente cerca como para que los objetos que hemos adjudicado a cada uno —ya de por sí de naturaleza heterogénea— puedan mudarse a cualquier otro de los apartados de su vecindad, dentro del cual también podrían hallar acomodo. Pasa lo mismo con los cachivaches que se aglomeran en todos los desvanes, depende de que los ordenemos por brillos, por colores, por formas, por antigüedad o por tamaños.’

Una vez más, me ha dado las claves de todo. Lo que Víctor Colden (Madrid, 1967) ha pretendido en su último libro, Veinticinco de hace veinticinco (Newcastle Ediciones), publicado en enero, es la disposición de un año de su vida. 1988 sale de sus brumas y a lo largo de veinticinco estampas diferentes momentos, encuentros, lugares recordados, inexistentes ya, objetos, familia y amigos. Material ingente pero muy bien seleccionado, apartados los flecos sobrantes que empañarían su escritura dominada por la claridad, la serenidad, la ausencia de temor a demostrar su saber. Su sinceridad ha ido abriéndose camino a cada entrega desde la primera novela; la ficción —este librito no deja de ser, ya lo dice en su epílogo, un ‘artefacto literario’— ha dado paso a la confidencia, su prosa se tornó más íntima. No creo sea una vía definitiva, pues mucho le queda por contarnos, pero este Veinticinco… podría ser un apéndice a su reciente Gazeta de la melancolía por estar unidos en esa voluntad de revisitar literariamente aspectos de la vida. Aquí, es la colección de días lo que prima sobre los nombres de autores o lugares, también importantes, que en la Gazeta… fijaban y significaban cada capítulo. Como un diario depurado, ha elegido para que entendamos cómo era, y él mismo consigo en ese extraño esfuerzo que es siempre comprender nuestra vida ocurrida, todo lo celebrado y sin remedio, sin posibilidad de vuelta. Los sinsabores, las relaciones que se deslizaron hacia el olvido, el disfrute de un futuro que tampoco se llegaba a imaginar; no había capacidad ni tiempo porque se iba en lecturas, en canciones que atrapaban como al insecto el ámbar, pero la consciencia de que ‘no toda la vida iba a ser así’. 

Hay dos relevancias en Veinticinco… que convendría no pasar por alto. 

Una es la pasión por la escritura que Colden ya demostraba años ha, cuando los intentos se le caían de las manos pasados unos días de creer que había escrito algo de valor, como dice relatando ese tanteo en una estancia en Marbella, ‘por donde el hotel Artola’, con cuatro o cinco páginas que poco sirvieron y más valió como experiencia de soledad en conjunto —el frío, la lumbre solitaria, el miedo— frente a tan desagradecido oficio de vida. Pero sí dio resultado. De ese ímpetu, antediluviano, hasta el año 2013 que empezó la redacción de este librito y la actualidad, donde puede presumir de tener tres títulos publicados, a cada cual más interesante. 

La segunda relevancia es el homenaje al padre que recorre Veinticinco… La ternura y comprensión de su figura se cuelan rememorando la voz de un cantante grabada en cassette —‘grave y resonante’— o haciendo sonar una de sus flautas. Imagen esta última poderosa, de las mejores. 

Aquí va, pues, la nueva retahíla, la serie de apuntes que ha dejado sin atar pero lo suficientemente cerca para no sentirlos marchar tan pronto, traídos para disfrute de otros, de nosotros, sensibles a su soledad, sus pretensiones, con oído y ojos abiertos a lo mucho que sabe aportar. Labor provisional, e igualmente provisional es nuestra huella en suelo propio o ajeno, porque la memoria no es lucha entre olvido y recuerdo, sino transición silenciosa por ‘una playa invernal, desierta y neblinosa’. Permanecemos atentos, por suerte. Y en la solapa anuncia su trabajo en una novela ambientada en el Madrid de los ochenta. Seguiremos.

 

Cuadro de ©Carlos García-Alix

Acerca de Luis Bravo

Madrileño. Me gusta pasear y leer libros.
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