Quizá debiera pensar la noche

Fácil es cómo empieza a contar todo; pierde importancia que hayas esperado tanto tiempo, mirándolo una y mil veces entre los demás lomos elegantes y anodinos que codiciaban su hueco en la estantería, como apresados trabajadores en cualquier metro del mundo, paquetes dóciles, no malolientes o peor humorados que estos, que tampoco, hay que ser justos, hombre, pero sí pudiendo adivinar que cada uno tiene su momento de salir a unas manos y sentirse realizado, útil. ¡Leer tanto, se va la vida en ello! Y nunca será suficiente y nunca alcanzaremos la meta. Pero ese derrotismo viene a pasar por un inocente lacito en comparación con las apretadas correas que son cada frase de Viaje al fin de la noche, de Louis-Ferdinand Céline. Es cierto que este libro enseña que somos monstruos. Todos. Se salvan los afortunados, sí, que pueden ser unos pocos pero, ay, qué rápido se les cae la cara quedando la carota y se ponen nerviosos apretándose las cintas de nuevo como si nada hubiera sido puesto de relieve. Con este libro quiso demostrar que todas las gentes son malvadas. Su pareja por entonces, cuando le vino tal revelación, intentaba despejarle diciendo que debía confiar, que no tenía razón y no era posible, pero él erre que erre, claro que todo el mundo es malo, con estas páginas lo iba a demostrar. ¿De qué modo se llega a tal empeño? ¿Qué beneficio puede sacarse aparte del acomodo en un papel de cascarrabias, de sulfuroso, contra los demás y ellos contra ti y tú tan complacido por darte ese privilegio de estarlo con reciprocidad absoluta? Ninguno. El máximo posible. Nada bueno. Lo mejor que podría pasarte. Un tiovivo de dientes apretados y medias sonrisas que huellan la piel de tan perpetuas se van quedando en el rostro, ya parte indivisible de la persona. Y no es sencillo buscar esas energías, ni siquiera imitándolas burdamente como quiere esta reseña con el tono de éste y otros títulos del autor. Sánchez-Ostiz dejó escrito en Celiniana que la voz de Céline no es la del cabreo que a cualquiera le brota a la buena de Dios en la calle, en el uso del argot, no; no es ‘mira cómo cuenta sus cosas en plan bárbaro’ que incita a hacer lo mismo. Puestos al tajo, se verá que sale chapucera la emulación. Es un motor que posee la persona, el tiempo, las circunstancias con sus perrerías. La guerra. Van a ella porque gusta. Las personas tienen una fuerza inquebrantable en su interior que las empuja a morir, aniquilarse de tanto en cuando. Viene bien. Como el frío, activa el cuerpo y la mente. Hace sentir vivo, qué ironía. No habría si repugnaran en serio y no como propalan quienes están en contra. Pero, ¿y los que siempre faltan entre esas voces alzadas, los gritos pelados de los que no salen a la calle significan que están a favor, por ser silencio en vez de unos más en la algarada? Dudoso. Poca explicación encontraríamos. Aun así, sucede. Estás en la mesa de un café y en un pestañeo desfilas camino de las trincheras, a cargo de otros desgraciados igual que tú, bajo las órdenes de un sádico incompetente. Con suerte explotará o lo haréis todos. Puedes entretenerte mientras observando la naturaleza, el campo, lo que pueden llegar a asquearte, a prometer (para no cumplir) que jamás habrá más paseítos ni mañanitas de niebla en las tierras del norte, observando las piezas de carne que serán rancho, el hedor de esos cuerpos con los de tus filas, toda la sangre mezclada con hiel junto al barro, tus pies, mientras te es inevitable vomitar apoyado en troncos de álamos que no van a detener su bisbiseo, con los cañones de fondo. Y después el amor y sus barracas de tiro, y las colonias africanas convertidas en un vodevil carioso, espeluznante, mordaz, y Nueva York con hormigueantes riadas y el metro y una despedida que dolerá (la única), y luego de vuelta, aquí otra vez, rodeado de los fantasmas, los viejos camaradas sin los cuales nada de esto hubiera sido igual, los enfermos, la suciedad, las conversaciones, ‘hablar es una suciedad’ conviene resaltar, los locos, nosotros, vosotros y ellos. Revelar la cobardía como única manera de supervivencia, ¿es lícito habiendo aceptado el peligro de vivir y relacionarse? Constantemente se pide, se desea, estar solo, pero no sirve más que para pensar en nosotros. También hay paz y hermosura lejos de nuestro control, por suerte. La inacabable lista que queramos seguir añadiendo asoma en el pábilo que es dicha novela. Ardió, sigue haciéndolo, arderá. Su lectura es una sacudida demorada y paulatina. No se puede ser el mismo, pasa con muchas, después de acabarla. Nos ha erosionado, fatigado su nihilismo. Lo menor deviene una montaña, con sorna de ya habernos advertido pero ha sido pasado por alto. No hay treguas, ya se verá. Él en su prólogo confiesa que lo borraría todo, ha hecho mucho daño. Quizá debiera pensar la noche, trasteando entre los reflejos y unas gabarras soñolientas, cuando nada es serio, las amistades nunca sirvieron y la vida se excedió de polvorienta. Pide venganza y perdón ese silencio que llega cansado a nuestra orilla. No cesemos aun cubriéndonos el limo de la misantropía, no. Tengamos ánimo, sigamos, queda trecho. Compruébelo cada uno, tú, amigo. Lee.

Acerca de Luis Bravo

Madrileño. Me gusta pasear y leer libros.
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