De la brisa que se llevó el verano

Suele repetirse por estas fechas. El comienzo de septiembre ―y según donde uno viva puede notarlo con anticipación― trae ese momento que quiere pasar desapercibido, o quizá es coquetería, pero que resulta imposible no darse cuenta: el final del verano.

En Twitter, las cuentas del bloguero Chimista (visitad en un rato libre https://lamelancoliadelosrios.blogspot.com), Retablo de la Vida Antigua (ídem con su https://retablodelavidaantigua.blogspot.com), y a ellos llegué gracias al escritor madrileño Víctor Colden, que es compañero de los dos mencionados en esto de las sanas voluntades por la añoranza, han publicado la foto del inicio de un capítulo, desconozco todavía a qué libro pertenece, escrito por Edgar Neville en el que la siguiente frase es remarcada por lo adecuada al tiempo que acontece: 

‘De repente, sin pensarlo acaso, una brisa, una simple brisa, se ha llevado el verano. Y se lo ha llevado en pleno estío, el último día de agosto.’

Finales de agosto, principios de septiembre… Importa poco el dato calendario exacto. Lo relevante es, sabiendo que esto lleva ocurriendo toda la vida, hacerse partícipe de ese segundo que todo quiebra. No tiene por qué significar algo negativo. Melancólico es, sin duda, y un hecho que hasta nulo protagonismo podría dársele, pero hay gente que es afortunada, y así nos lo contagian, que repara en dichos instantes. ¿Cómo hacerse partícipe? Bueno, no pienso sea requerido ningún manual o norma fija. Juega bastante a su favor que pille desprevenido. ‘Sin pensarlo acaso’, dice la frase. El sentir golpea más fuerte si no se espera, esto ya lo dijeron otros; Pessoa, por ejemplo. La espera puede ser mejor aliada, la atenta espera en cada término de mes, siendo unos más significativos que otros. Un paseo campestre despeja cualquier sospecha. Los privilegiados para este cometido dan cuenta de ello, como el escritor navarro Miguel Sánchez-Ostiz en una entrada reciente, Está en el aire… ‘Hace días que el otoño viene anunciándose en la espesura, de manera sutil sobre todo. De lejos se advierte un cambio en el color de las hayas, un matiz que va del verde al amarillo. Los viejos castaños son más rotundos y están cuajados de frutos.’. Ahí la introducción, para abrir bocas si quisieran leer el resto. Para los que somos de ciudad, los parques y sus velocidades servirán de apaño, como versión de bolsillo.

Pleno estío. ¿Qué se hace con él y por qué molesta tanto cuando releva el mando a la estación caediza? Me ha gustado siempre que en el inglés americano se llame al otoño con ese término, Fall. Se supone que en verano el alargamiento de horas solares y el ambiente festivo nos inyectan unas ganas locas de salir, viajar, conocer gente, esas abundancias sociales y sensitivas que ya sabemos y practicamos, aun con lo limitado de esas acciones ―más incluso desde la pandemia―. Vendrá septiembre y volveremos a las rutinas y nuevos cursos. No seré ingenuo, cualquiera prefiere disponer de tiempo para uno y sus quehaceres que atender las vicisitudes del trabajo. Lo único bueno que tiene, optimizando, es el salario. Pero se supone que hemos tenido un lapso, más o menos amplio, para expandirnos en nuestras deliciosas vagancias o vigoréxicos planes ocupando las veinticuatro horas de un día, sin extenuación, porque es verano y hay que aprovechar, claro. El corte que supone septiembre, su brisa de viento sur que alterará los ritmos, desploma toda la felicidad hinchada por la vitamina D. Molesta, indudablemente, pero hay que saber empaparse de ese aire dulzón que acrecientan los higos abriéndose, las ideas perezosas de reencontrarse con ánimos aparcados, con amigos que te contarán sus experiencias si no os habéis visto en dos meses, etcétera. Agosto es una bisagra, me parece. Lo sobresaliente del verano ya ha tenido lugar, y no actuará sino de apacible transición hacia lo otoñal. No pensemos que duele, no hay razón. O sí. En cada uno va la facilidad para saborear la celebración o la elegía, y pudiendo ir de la mano. 

Durante el verano he podido disfrutar de ciertas oportunidades que hasta ahora no había prestado atención. Pasar por una calle del barrio que en veintiséis años no había recorrido, subir uno de los montes frente a mi pueblo, a un mirador desde el que se extienden las serranías cubiertas de encinas y pinos, tener un camaleón al hombro, citarme con un escritor famoso antes que el calor apretase para charlar e intercambiar dedicatorias. Escribo lo destacable de entre otras sensaciones y momentos que no requieren de mucha vistosidad pero fueron igualmente placenteros. También las lecturas, naturalmente. El primer libro de Guillermo Carnero, Dibujo de la muerte, con esas visiones empapadas de rococó novísimo; unos poemas de Galgos, y algunos inéditos, de María Martínez Bautista, en un folleto amarillo mostaza; la relectura de Huir del invierno, de Luis Antonio de Villena, sus postulados dandis y fervorosos deseos de apartarse de todo y marcharse a un Sur idealizado, oliente a dátiles y humo de cigarrillos rubios, sea a orillas de las riberas de Nubia o en el tramo último de la barra de bar…

Ya empezó. Mientras acabo este artículo, espero que lo justo sentimental, las cortinas entran y salen de las ventanas entreabiertas, las nubes se atropellan con el sol y la calle se ocupa orquestando mal que bien sus ruidos de obras y vecinales de otros edificios, instituto incluido. Falta todavía para que el verano sea ido completamente, pero tenemos suficientes indicios. Como novedad, la Feria del Libro en El Retiro las primeras semanas de septiembre. ¿Acaso hay mejor recibimiento para los tonos ocres y verdioscuros que las cubiertas de las novedades de cara al riesgo de chaparrones imprevistos o manos que comprarán movidas por la curiosidad o recomendación de quienes los acompañen, cuchicheando, pasando de largo? Bien está que se lleven el verano, su descanso es merecido.  

 

Fotografía de ©Yusef Sevinçli

 

Acerca de Luis Bravo

Madrileño. Me gusta pasear y leer libros.
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